• A pesar del calor, el alma de Tábara volvió a latir con fuerza este domingo en torno a una de sus fiestas más queridas y simbólicas: el Corpus Christi. Las calles se llenaron de color, solemnidad y emoción, con un pueblo entregado a una celebración que va mucho más allá de lo religioso: es identidad, es infancia, es memoria y es futuro.

Este año, la procesión estuvo marcada por un emotivo protagonismo infantil. Nueve niños, cuidadosamente repartidos entre dos majestuosos altares, acapararon las miradas y el cariño de los asistentes. Para sus familias, fue un orgullo verlos participar en un acto tan cargado de significado, donde la inocencia de la infancia se convierte en símbolo de esperanza.

Desde primeras horas del día, dos familias tabarésas, la familia Pernía Bernardo y la familia Romero, junto a dos grupos de vecinas, se volcaron con mimo en la elaboración de los altares. Con flores frescas, detalles religiosos y una sensibilidad estética que solo nace del amor por las tradiciones, crearon verdaderas obras de arte efímero, testigos mudos de la fe de un pueblo que no olvida quién es.

La Santa Misa, presidida por el párroco D. Samuel, fue el preludio de una procesión solemne y cargada de emoción, con el Santísimo Sacramento bajo palio, recorriendo las calles, acompañado por la comunidad en recogido silencio y oración. Junto a él, brilló con luz propia el ancestral grupo de Danza de Paloteo de Tábara, en esta ocasión representado por los más pequeños, que con sus coloridas coronas de flores y sus palos de madera mantuvieron vivo un legado que se remonta a siglos atrás. Una tradición que sigue firme gracias al trabajo constante de personas como Carlos Fresno Gago, alma del grupo.

Una de las novedades más celebradas este año fue la incorporación de los recientemente estrenados Gigantes y Cabezudos, que presidieron la comitiva en todo su recorrido, arrancando sonrisas y aplausos entre pequeños y mayores.

Pero si hubo un momento especialmente cargado de ternura fue la bendición de los niños nacidos desde el último Corpus. En cada uno de los altares, el sacerdote bendijo a los pequeños, siete en uno y dos en el otro, en un gesto que simboliza la protección divina sobre las nuevas vidas y que pone de manifiesto la fuerza de una comunidad que celebra la vida con fe, alegría y unión.

La Fiesta del Corpus en Tábara no es solo una celebración litúrgica; es una manifestación de amor por la tierra, por las raíces y por el futuro. Es la imagen viva de un pueblo que no se detiene en el pasado, sino que lo honra con gestos que abrazan el presente y siembran esperanza en cada nueva generación.

Tábara habló con su voz más profunda este Corpus, y lo hizo con flores, con niños, con danzantes, con gigantes, con fe. Y, sobre todo, con alma.

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