- (Serie: Tábara y los Beatos. La luz del Scriptorium I)

El siglo IX fue un tiempo de cambios, de conquistas y de fe. En aquellos días, las tierras a ambas márgenes del Duero vivían momentos convulsos. Los musulmanes, recién asentados en Al-Ándalus, se extendían con rapidez hacia el norte, y su presencia llegó a inquietar incluso a reinos tan poderosos como el de Carlomagno. Fueron años en los que la historia se escribía al ritmo de espadas… pero también de libros, oraciones y esperanza.
En medio de aquella incertidumbre, los monasterios se convirtieron en auténticos refugios de paz y conocimiento. Los reyes cristianos, conscientes del papel del clero en la consolidación de sus dominios, impulsaron la fundación de estos centros religiosos. Así, mientras en los campos sonaban las herramientas de los repobladores astures, en los valles del Tera y del Esla surgían monasterios que serían el alma espiritual y cultural de la región.

Tras la batalla de la Polvorosa, en el año 878, comenzó una nueva etapa para estas tierras. Se asentaron nuevas comunidades y florecieron monasterios en lugares que hoy nos resultan familiares: Camarzana de Tera, con su antiguo cenobio bajo la advocación de San Miguel; Santa Marta, con su centro religioso de importancia; y, por supuesto, Tábara, que pronto se convertiría en un referente espiritual y cultural de toda la zona.

Las crónicas mencionan un Monasterio de San Miguel de Moreruela, que muchos historiadores identifican como el germen del futuro Monasterio de San Salvador de Tábara, fundado a finales del siglo IX bajo el patrocinio del rey Alfonso III el Magno. Su construcción fue encomendada a San Froilán, futuro obispo de León, con la colaboración de San Atilano, que más tarde ocuparía la sede episcopal de Zamora.

Un antiguo documento recoge que “edificó el Monasterio Tabarense, donde se congregó a más de seiscientos monjes de uno y otro sexo al servicio divino”. Aquella comunidad, dirigida por el abad Arandisclo, vivió pocos años, pero dejó una huella imborrable. Hasta que las tropas de Almanzor, en su avance hacia Compostela, arrasaron el monasterio a finales del siglo X.
Siglo y medio después, sobre sus ruinas, se levantó una iglesia dedicada a Santa María, utilizando parte de la torre original que aún hoy domina el paisaje de Tábara. Esa misma torre aparece representada en una de las miniaturas del célebre Beato de Tábara, uno de los manuscritos iluminados más importantes del medievo europeo, creado en su propio Scriptorium.

Hoy, cuando uno pasea por las calles de Tábara y alza la vista hacia su torre románica, puede imaginar a aquellos monjes copiando códices, mezclando pigmentos y dejando en cada trazo la fe y el conocimiento de toda una época. No es casualidad que este rincón zamorano sea considerado cuna del arte y la escritura medieval.
Tábara guarda en sus piedras, en sus libros y en su memoria colectiva un legado que va mucho más allá del tiempo. Porque aquí, en el corazón de la Sierra de la Culebra, la historia no se cuenta: se respira.
Breve historia de un largo camino hasta el museo actual

La cooperación entre el Centro de Estudios Benaventanos “Ledo del Pozo” y Tábara se remonta a más de tres décadas, desde aquel primer artículo de Hermenegildo García-Aráez sobre El Scriptorium de Tábara en la Alta Edad Media y los códices de Beato de Liébana. Desde entonces, artículos, investigaciones y publicaciones han ido tejiendo una sólida relación que culmina hoy en el renovado Centro de Interpretación de los Beatos.

En 2001, la exposición Scriptorium. Tábara visigoda y mozárabe marcó un antes y un después. Más de 13.000 visitantes se acercaron a descubrir, muchos por primera vez, la singular importancia del Scriptorium tabarés. Aquel entusiasmo dejó huella: una cafetería, un queso y hasta una asociación juvenil llevaron el nombre del Beato o del Scriptorium, testimonio del orgullo local despertado.

Años después, la colaboración entre el investigador norteamericano John Williams, Ledo del Pozo y el Ayuntamiento de Tábara consolidó el vínculo académico y emocional con este legado. Williams visitó Tábara en numerosas ocasiones, impartió charlas, presentó libros y rodó escenas de su documental Beatus: Spanish Apocalypse, estrenado en Nueva York. Tras su fallecimiento en 2015, sus cenizas fueron depositadas en la iglesia de Santa María, que hoy alberga el centro.
El camino hasta la creación del actual museo no fue fácil. Entre proyectos, exposiciones y esfuerzos locales, la perseverancia de vecinos, estudiosos y autoridades permitió finalmente inaugurar, en 2015, el Centro de Interpretación de los Beatos de Tábara. Un espacio que recoge siglos de historia y tres décadas de trabajo compartido.

+ OB ONOREM ET SALVATOREM DNI IHU XRI […]
LICET INMERITO ABBA HIC EGO ARANDISCLO […]
NON COPIA RERUM FRETUS SED DIVINO IUBAMI [NE …]
Epígrafe de Arandisclo en la iglesia de Santa María de Tábara
En su estado actual de conservación es difícil precisar la naturaleza de esta inscripción: ¿dedicación?,¿fundación?, ¿edificación?, ¿restauración?, ¿consagración? En la parte perdida debía constar la fecha, y seguramente algún dato significativo sobre la finalidad del acto conmemorado. Lo único claro es la dedicación de un templo a El Salvador en el que el abad Arandisclo tiene un destacado papel, tal vez como fundador o restaurador.
Rafael González Rodríguez




















