
Eran las 17.30 horas. Un 13 de agosto que nunca olvidaremos. Con el sonido de las sirenas y el contacto directo con los vecinos, la guardia civil daba la orden de desalojar Sesnández. El fuego rodeaba un horizonte lejano, aunque apenas perceptible por la intensa nube de humo. El descontrol se mascaba en las casas y en las calles. Afloraban siniestros recuerdos del fuego que arrasó la Sierra de la Culebra en 2022 y que tantos estragos produjo. No haremos mención a las situaciones límite que vivieron todos los sesnandinos y a las escenas dramáticas que ya forman parte de la historia. Sin duda alguna, tristes recuerdos, grandes hazañas y el asombroso y agradecido reconocimiento de un altruismo insospechado.
Secundando las órdenes de la guardia civil, sobre las 18 horas aterrizábamos la mayoría de los vecinos en Tábara. A la entrada del pueblo estábamos todos expectantes. Nadie sabía cuál sería nuestro destino. En cuestión de segundos aparecieron varias tabaresas y tabareses señalando el lugar al que podíamos dirigirnos. Era el auditorio Leticia Rosino, cuya memoria es imborrable para todos.
Al llegar, nos encontramos con que un número considerable de voluntarios activaban todos sus sentidos para ofrecernos la mejor hospitalidad imaginable y todos los recursos, tanto humanos como materiales, a su alcance. Algunos recordábamos el sentido poético del paisano León Felipe y refrescábamos estos versos del poeta tabarés que siguen invitando a todos a romper todas las fronteras y a construir vínculos de solidaridad:
“Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.
Tras refrescar nuestras gargantas, pasamos el rato en amenas conversaciones; también con mucha intranquilidad y alguna que otra dosis de ansiedad. Una vez más, la cordial y empática cercanía de las voluntarias y de los voluntarios, distendían el ambiente y creaban un estado de complacencia. Nunca olvidaremos que este equipo, graduado en la excelencia humana, ha sido capaz de olvidarse del jolgorio festivo de su pueblo para acogernos sin condiciones. Hasta lograron la talla precisa del pañal que necesitaba un niño. Sinceramente, el altruismo tabarés nos lleva a reconocer que no hay instinto más profundo en la condición humana que el instinto de vinculación. Solo falta desarrollarlo. El voluntariado tabarés lo ha hecho con creces. GRACIAS de corazón.
Quienes no habíamos vivido una experiencia de este calado, siempre tendremos en el recuerdo la sentencia de García Lorca: “hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse como a una ventana llena de sol”.
Llegó la hora de la cena. Entidades diversas, peñas festivas y familias se habían esforzado en facilitarnos recursos que calmaran las necesidades gastronómicas. Cumplida esta necesidad, y, tras las consiguientes muestras de agradecimiento por nuestra parte, dormíamos en el auditorio, en otros lugares habilitados o en casas particulares. Probablemente, los sueños fueron interrumpidos, en muchos casos, por razonables preocupaciones y pesadillas inconfesables.
Al amanecer, algunos nos hemos despertado entonando el “gracias a la vida que me ha dado tanto”. Puede parecer extraño en un contexto de evacuación. La experiencia de la cultura de la gratuidad experimentada en Tábara, nos había enseñado a comprender lo que es esencial para el ser humano y, esta experiencia, siempre es gratificante. Se ha convertido en la mejor escuela de humanidad. Impulsa a valorar lo poco que se necesita para vivir dignamente, el potencial posible a desarrollar y lo mucho que está al alcance de las voluntades buenas.
Este grato amanecer invitaba a desenmascarar el estado del bienestar y a construir la lógica del bien ser, del bien pensar, del bien actuar y del bien agradecer. Como reconocen grandes humanistas de la actualidad, nuestra crisis fundamental no es de carácter económico, sino de comprensión de la realidad. Los sentimientos más profundos promueven la solidaridad.
Pues bien, esta mañana, y todos a una, los sesnandinos decimos: Tábara, GRACIAS.
Nunca os olvidaremos.
Antonino Rodríguez Fínez




















