Había una vez, en un pueblo llamado Tábara (Zamora) dos niñas, dos amigas, se llamaban Leticia Rosino y Cristina Ramos, eran alegres, educadas, estudiosas y muy divertidas.

Crecían felices en su pueblo, les gustaba ir al colegio, jugar con sus amigos y participaban en todas las actividades que tenían a su alcance.

Leticia era como un Hada inquieta, le gustaba viajar de un sitio a otro, conocer culturas diferentes, seguir las tradiciones de su gente, de sus pueblos y sentía curiosidad por todo lo que le rodeaba.

Tanto es así, que cuando se hizo mayor, se fue al extranjero para trabajar, ver cosas nuevas, ampliar sus conocimientos, y aprender otro idioma diferente, en definitiva, recorrer el mundo.

A la vez que estudiaba y trabajaba, vivía con una familia hindú y cuidaba de sus hijas Neha y Reeha que la adoraban, se sentía una más de esa familia.

Estaba muy contenta, todo le iba muy bien, pero extrañaba lo más importante para ella, su familia, y decidió regresar a su país.

Para vivir eligió un pueblo pequeñito, Castrogonzalo, que era tranquilo y además cerca de su trabajo, en él estaba construyendo una casita, que sería su hogar donde formaría una familia con la persona que amaba.

Todo iba bien, ¡era tan feliz!

Un día salió de paseo por el campo, pero con tan mala suerte, que se cruzó en su camino un monstruo malvado, una persona sin escrúpulos y con muy malas intenciones. Se enamoró de ella, y tanto le gustó que quería que se fuera con él a su reino encantado. Ella se negó, no lo aceptaba y, entonces el monstruo se enfureció tanto, que la raptó, y aunque ella luchó y luchó con todas sus fuerzas, no lo consiguió y se la llevó a otro reino, EL REINO DE LA ETERNIDAD.

Cristina por su parte, era más tranquila, aunque el gustaba pasarlo bien y divertirse, no tenía esa inquietud de explorar lo desconocido, y moverse de un sitio a otro. Estaba bien en su pueblo.

Pasó el tiempo… Conoció a su príncipe azul, un chico alto, guapo, del que se enamoró locamente. Tanto lo quería, que en muy poquito tiempo, formó una familia. Tienen un hijo, un niño travieso, movido, que alegra su palacio, estaba muy feliz y ella se sentía la reina de su casa. Cuando Leticia, su amiga, se fue, Cristina lloró amargamente, no entendía tanta maldad, era injusto, y estaba triste.

Pasó el tiempo… y todo cambió, comenzaron los problemas en el hogar, esos problemas que cada día eran más grandes y Cristina se agobiaba, se martirizada… No le encontraba solución. Todo se fue agravando para peor, su cabeza estaba mal, muy mal, la bola cada día se hacía más grande y sufría demasiado en secreto.

No tenía ayuda de nadie, pues nunca la pidió, estaba SOLA.

Por su cabeza pasaban mil ideas, pero ninguna valía.

Una noche, tuvo un sueño, vio a su amiga Leticia, en un lugar maravilloso. Lleno de colores, rodeada de gente que charlaba sin gritos, sin violencia, había paz, mucha paz y eso a ella le gustaba. Todos sonreían y se divertían, no había prisa para nada ¡todo era perfecto!

Cuando despertó, se llevó una gran desilusión, comprendió que todo había sido un sueño, que no era real, y eso la entristecía. Volvió a la cruda realidad. Pasaban los días, y en su mente, estaba la imagen de aquel mundo maravilloso, y tenía que conocerlo, quería ir allí, lo necesitaba, deseaba esa paz cuanto antes.

Una mañana, cogió su bicicleta, salió de casa y se fue.

Corría, corría y corría, cada vez más fuerte, tenía prisa, necesitaba llegar cuanto antes donde estaba su amiga.

Tal era su insistencia por llegar, que Leticia cuando la vio, corrió hacia ella ¡tenía que ayudarla!

Le tendió su mano y le dijo: Cristina, bienvenida a este Reino Espiritual, ven conmigo, conocerás a mis amigos y te enseñaré un lugar que nunca imaginaste, no habrá llanto ni dolor, encontrarás la paz y el sosiego que necesitas.

Desde aquí veremos y cuidaremos de nuestros seres queridos, los ayudaremos a sobrellevar ese dolor tan grande que les ha tocado vivir.

Mamá, papá, no estéis tristes, por favor, no queremos ver más lágrimas de dolor en vuestros ojos. Nos hemos sentido queridas a vuestro lado, y os damos las gracias.

Cuidad de mi niño, abrazarlo y decirle que siempre lo amé, darle el apoyo y cariño que yo nunca podré darle, que no extrañe mi ausencia ¡sé que lo haréis bien!. Yo desde el cielo lo protegeré y velaré por él.

No dejéis que el odio y el rencor invadan vuestro corazón, sabemos que es duro aceptarlo.

Mamá quiero cobijarme cada noche en tu regazo, oír mi corazón latir en tu pecho y darte fuerza para empezar un nuevo día.

Seremos esa mariposa que revolotea siempre a vuestro lado.

Sonreír siempre cuando vengan todos esos recuerdos felices que hemos compartido.

Disfrutar cada momento en esta vida, porque nuestro mayor deseo es veros felices.

Desde ese día Leticia y Cristina caminan juntas, ya nunca se han separado.

MORALEJA: en este cuento, el príncipe no despierta con un beso a su princesa.

QUEREMOS príncipes educados, valientes, que nos respeten, nos valoren como personas y nos quieran como princesas.

Tábara 5 de junio de 2021

Inmaculada Andrés