• La emoción marcó una jornada en la que cientos de tabareses volvieron a reunirse alrededor de una devoción nacida del amor de Emilia y Manuel hace casi ocho décadas. Este año, su propio hijo, José María Casas Fresno, ejerció como mayordomo de una cofradía que supera ya los 600 hermanos
Tábara abraza a su Virgen del Carmen: 78 años de fe, memoria y una promesa que sigue viva

Hay fiestas que figuran en el calendario y otras que están escritas en la memoria de un pueblo. La Virgen del Carmen pertenece a estas últimas en Tábara. Ayer domingo, bajo un sol espléndido y con las campanas rompiendo el silencio de la mañana, la villa volvió a vivir uno de esos días en los que pasado y presente parecen caminar juntos.

Han transcurrido 78 años desde el nacimiento de la Cofradía de Nuestra Señora la Virgen del Carmen. Casi ocho décadas después, aquella pequeña semilla se ha convertido en una hermandad de más de 600 hombres y mujeres, la cofradía mixta más numerosa Tábara.

Pero para comprender por qué esta celebración despierta tantos sentimientos hay que regresar a 1948. Y, sobre todo, hay que recordar una historia de amor, miedo, esperanza y una promesa.

Emilia, Manuel y una promesa hecha hace 78 años

Manuel Casas Jorge, conocido cariñosamente en Tábara como «Roblico», atravesaba entonces un momento dramático. Su salud se había deteriorado y debía someterse a una operación cuyo desenlace era incierto.

Su esposa, Emilia Fresno Moráis, profundamente devota, se encomendó a la Virgen y realizó una promesa: si Manuel sobrevivía, donaría a la parroquia de la Virgen de la Asunción una imagen de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

La intervención, realizada por el prestigioso cirujano José Luis Gómez Maroto, salió adelante.

Y Emilia cumplió su palabra.

Con los ahorros del matrimonio, ambos sufragaron la adquisición de aquella imagen de la Virgen del Carmen que, 78 años después, continúa recibiendo el cariño y las oraciones de generaciones de tabareses.

En torno a aquella devoción se constituyó una primera junta directiva encabezada por Jesús Morán López, como presidente; Manuel Casas Jorge, vicepresidente; Manuel Sierra de Castro, secretario; José Andrés San Román, tesorero, y Matías Fresno Casas y Lorenzo Fresno Andrés como vocales.

Lo que difícilmente podían imaginar entonces era hasta dónde llegaría aquella historia.

El hijo de Manuel y Emilia, mayordomo 78 años después

Y precisamente este año la tradición ha querido regalar una de esas coincidencias capaces de emocionar especialmente.

El mayordomo de 2026 ha sido José María Casas Fresno, elegido por roda, siguiendo el tradicional orden de entrada en la cofradía.

José María es hijo de Manuel Casas y Emilia Fresno, aquel matrimonio cuya historia estuvo en el origen de la devoción y de la propia cofradía.

Setenta y ocho años después de aquella operación, de aquellos temores y de aquella promesa, el hijo de Emilia y Manuel ha sido el encargado de ejercer como mayordomo de la Virgen que sus padres regalaron a Tábara.

Una historia familiar que terminó convirtiéndose en patrimonio sentimental de todo un pueblo.

Entre las funciones del mayordomo se encuentra además una de las costumbres más sencillas y cercanas de la hermandad: recorrer las casas para recoger personalmente la cuota anual de los cofrades.

Las campanas anunciaron el gran día

La celebración había comenzado el sábado con el rosario y la novena y continuó por la noche en la Plaza del Reloj con DJ Blin, donde el mayordomo invitó a los presentes a un refresco donde no faltó la tradicional limonada.

Pero fue ayer domingo cuando Tábara despertó sabiendo que era un día diferente.

Los integrantes de la Asociación de Campaneros de Zamora hicieron hablar a las campanas. Sus repiques volvieron a anunciar ese esperado tercer domingo de septiembre en el que buena parte del pueblo se reúne alrededor de la Virgen del Carmen.

Después llegaron los sonidos de siempre: la flauta pastoril y el tambor.

La Junta Directiva, integrada por Emma Peña Pérez, Berta Rodríguez Vara, José Alonso Alonso y Tania Ratón González, cumplió con el antiguo ritual de acudir primero a casa del mayordomo, José María Casas Fresno, y posteriormente a buscar al sacerdote Samuel Pérez Prieto.

Todos juntos emprendieron el camino hacia la iglesia de la Virgen de la Asunción.

Allí esperaba una iglesia llena de recuerdos y sentimientos para celebrar la misa de acción de gracias, cantada por la coral «A Nuestro Aire», ya estrechamente ligada a muchas celebraciones de Tábara.

La Virgen vuelve a recorrer las calles a hombros de las mujeres

Terminada la misa llegó uno de los instantes más esperados.

Las puertas de la iglesia se abrieron y Nuestra Señora la Virgen del Carmen salió nuevamente a las calles de Tábara.

Fueron las mujeres quienes volvieron a llevarla a hombros sobre unas andas cubiertas por cientos de flores, acompañadas por numerosos vecinos y devotos.

Es una imagen que se repite generación tras generación, pero que nunca parece exactamente la misma. Hay quienes caminan recordando a sus padres o abuelos; quienes regresan al pueblo para estar ese día; quienes cumplen una promesa y quienes simplemente quieren acompañar durante unos metros a la Virgen que han visto salir por esas mismas puertas desde niños.

Al terminar la procesión volvió a cumplirse otra hermosa tradición: las flores que habían acompañado a la Virgen fueron repartidas entre los devotos, que se las llevaron a sus casas como recuerdo de la jornada.

El paloteo bailó también por quienes ya no están

Y si las campanas forman parte del sonido de esta fiesta, también lo hacen la flauta, el tambor y el golpear de los palos.

La Danza del Paloteo Tabaresa volvió a interpretar sus lazos acompañando a la Virgen y ofreciendo uno de los momentos más queridos de la celebración.

Este año, sin embargo, había una ausencia imposible de ignorar.

Por primera vez en muchos años faltaba Carlos Fresno Gago, fallecido recientemente. Tabarés, folclorista y devoto, durante años puso el sonido de su flauta y su tambor a una tradición que forma parte de la identidad de Tábara.

La danza continuó. Tenía que continuar.

Pero seguramente hubo momentos en los que, entre el sonido de los palos y las melodías tradicionales, muchos recordaron a quien tantas veces estuvo allí.

Porque las tradiciones sobreviven precisamente así: los que llegan aprenden de quienes estuvieron antes y, cuando estos faltan, continúan caminando con su recuerdo.

Mucho más que sentarse juntos a comer

Después de la solemnidad religiosa llegó esa otra parte de la fiesta que también explica por qué el Carmen ocupa un lugar tan especial entre los tabareses: el encuentro.

El Auditorio Municipal Leticia Rosino acogió una multitudinaria comida de hermandad preparada por Maite de Dios, del Centro de Turismo Rural El Roble de Tábara.

Arroz a la zamorana, pollo con patatas panaderas y tarta de chocolate con galleta conformaron un menú que, sin embargo, fue casi lo de menos.

Porque estas comidas tienen algo que no aparece escrito en ningún menú.

Son mesas en las que vuelven a encontrarse familiares que no se ven todos los días, amigos que recuerdan otros años y vecinos que comparten conversación sin prisas. Son abrazos, fotografías, anécdotas y ese sencillo placer de volver a estar juntos.

El tradicional tren se encargó de recoger a los cofrades para trasladarlos hasta el Auditorio, aportando otra de las estampas más alegres del día.

Hasta el próximo tercer domingo de septiembre

La celebración regresó después a la Plaza del Reloj, donde DJ Blin puso música a las últimas horas de la jornada.

El mayordomo volvió a invitar a los asistentes a un refresco y, como manda la tradición, la limonada tampoco faltó hasta bien entrada la noche.

Así terminó otro tercer domingo de septiembre en Tábara.

Han pasado 78 años desde que Emilia, angustiada ante la enfermedad de su marido, hiciera aquella promesa. Probablemente ninguno de los dos pudo imaginar entonces que su gesto llegaría tan lejos.

Hoy aquella Virgen continúa saliendo a las calles. Las mujeres siguen llevándola sobre sus hombros. Los palos siguen chocando al ritmo de la música. Las flores continúan pasando de las andas a las manos de los devotos. Y cientos de personas siguen encontrándose cada septiembre alrededor de una misma imagen.

Cambian las generaciones, faltan rostros queridos y llegan otros nuevos. Pero la promesa de Emilia y Manuel sigue viva.

Y quizá ahí esté el verdadero significado de esta fiesta: en comprobar que, después de 78 años, Tábara continúa reuniéndose como una gran familia alrededor de su Virgen del Carmen.

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