Inicio Buen Camino Buen Camino

Buen Camino

0
0

almeida – 21 de agosto de 2015.

bodenayamayo2012134

            Para todos los peregrinos, sea cual sea su procedencia, su lengua o su estado de ánimo, una sonrisa y la palabra buen camino, son dos manifestaciones que todos comprenden porque son las que más consiguen unirles en el Camino.

            Antiguamente era Ultreia el saludo que se intercambiaba entre los peregrinos, pero ha ido cayendo en desuso con el paso del tiempo y son muy escasos aquellos que siguen manteniéndola.

            Para Eva, que siempre va con la sonrisa al Camino, cada vez que se cruza con algún peregrino, le gusta desearle buen Camino, no importa si es solo uno el que se encuentra o una docena a todos les desea lo mismo aunque tenga que repetirlo un centenar de veces.

            En ocasiones le respondían con el mismo deseo y Eva adaptaba su ritmo al de la persona que había saludado y caminaba durante un rato a su lado y de esa forma intercambiaban algunas sensaciones que les estaba aportando el Camino, aunque en ocasiones los ritmos eran los que cortaban esta conversación como una vez que fue corriendo durante unos minutos al lado de uno que estaba haciendo de esa manera su Camino.

            Fue de esta forma como conoció a Isaac cuando en compañía de su inseparable Sara abandonaban Roncesvalles. Al joven le gustó aquella expresión y sonreía cada vez que la escuchaba en labios de Eva.

            Isaac se sentía seguro caminando al lado de las dos hermanas y juntos recorrieron una buena parte de ese Camino hasta que él tuvo que dejarlo para otra ocasión en la que dispusiera de más días.

            Como siempre solía hacer, Eva caminaba a un ritmo más alto que su hermana y generalmente iba por delante y la esperaba en cualquier cruce de caminos o en un lugar emblemático que se encontraran y el joven que llevaba un ritmo similar al de Sara, la mayor parte del tiempo estuvo caminando a su lado.

            Cuando iba a superar a algún peregrino que caminaba delante de ella, mientras se iba acercando, contemplando únicamente su espalda, Eva iba imaginándose como podría ser físicamente, de que país procedería y esas cosas con las que vamos ocupando la mente mientras vamos caminando.

            A unas docenas de metros por delante iban dos peregrinos a los que superaría en unos minutos y en ese tiempo la mente de la peregrina comenzó a trabajar tratando de imaginarse como eran aquellas personas.

            Uno daba la sensación de tener unos sesenta años y el otro era más joven, calculó que algo más de treinta años y Eva se imaginó a ese padre y ese hijo que van haciendo juntos el Camino y por los atuendos que llevaban no le parecían extranjeros y no debía ser la primera vez que se encontraban en el Camino, todo esto lo pensaba sin haberles visto todavía la cara, pero para ella iban a un ritmo alto porque se les veía fuertes y preparados por lo que esperó ese momento en el que llegaría a su lado para saludarles.

            Como siempre hacía les deseó buen camino y ellos mirándola le respondieron con el mismo saludo, pero faltaba en la respuesta esa sonrisa con la que los peregrinos suelen acompañar a los buenos deseos y la expresión seria de sus caras extrañó a Eva.

            Unos kilómetros después se detuvo y esperó la llegada de Isaac y Sara que siempre venían unos centenares de metros por detrás y mientras esperaba, los peregrinos serios pasaron y volvieron de nuevo a saludarse manteniendo la misma expresión en sus rostros.

            Cuando se reagruparon los tres, comentaron este detalle que a todos les había llamado la atención y extrañado por ser algo infrecuente en el Camino.

            En la parada que hicieron para reponer fuerzas volvieron a encontrarse a los peregrinos y en esta ocasión Eva se acercó a ellos para ofrecerles algo de lo que llevaba pero ellos rehusaron la invitación porque tenían las provisiones que necesitaban y durante el tiempo que permanecieron en aquel lugar, Eva no perdió ni un solo detalle del comportamiento de aquellos peregrinos que no solo no hablaban con el resto, tampoco lo hacían entre ellos y el semblante era el mismo que les había visto la primera vez.

            Era una situación un tanto extraña lo que le hizo pensar a la peregrina el motivo por el que estarían haciendo aquel camino y sobre todo el peso que llevarían en su interior para comportarse de aquella forma tan poco frecuente en el Camino donde la sonrisa es lo primero que se percibe en el rostro de la mayoría de los peregrinos, independientemente de los problemas que cada uno lleve que siempre son muy personales, intransferibles y en ocasiones representan un peso muy grande y de eso Eva, por desgracia, sabía tanto como el que más.

            Era un comportamiento que mantuvo ocupada la mente de la peregrina durante casi toda la jornada y por más que lo intentaba no podía abstraerse de ella para percibir otras sensaciones que seguramente se estaba perdiendo del Camino.

            Cuando dieron por finalizada esa jornada, después de hacer lo que cada día acostumbraban y sobre todo, después de un merecido descanso tumbada en la litera, con sus compañeros de Camino, salió a dar un paseo para conocer aquel bonito pueblo navarro y fueron encontrándose con la mayoría de los peregrinos con los que habían coincido ese día caminando, que como ellos, daban por finalizada allí su jornada y también vio a los peregrinos que tanto habían ocupado su mente, pero en esta ocasión observó algo diferente en su semblante y Eva lo percibió enseguida y se acercó a ellos.

            Ahora veía brillo en sus ojos, parecía que la sonrisa que estaban mostrando había cargado de luz aquellos dos apagados ojos con los que les había visto en las ocasiones que se había encontrado con ellos y Eva pensó que por fin les estaba entrando esa magia del Camino porque el saludo en esta ocasión hasta le pareció un poco más sonoro al venir acompañado por aquella sonrisa.

            Pasaron una o dos jornadas y de nuevo se los volvió a encontrar, en esta ocasión se encontraban a cierta distancia de donde Eva estaba, lo que le permitió observarlos con más detenimiento.

            Además de la sonrisa que ya le habían mostrado anteriormente, Eva vio como conversaban con otros peregrinos y cuando se encontraban los dos solos, también hablaban entre ellos. En un par de días, el camino había conseguido cambiarlos de una manera muy importante.

            Eva se alegró de aquella transformación, porque ahora no destacaban como antes entre el resto de los peregrinos y Eva estuvo analizando porqué se podía haber producido este cambio y lo achacó a esa magia del Camino pero también a la magia que desprende una sonrisa y ese buen deseo que se comparte con todos porque ella era consciente que son tan contagiosas que acaban por llegar siempre a todos.

            Por eso, ahora con más razón que nunca desde que vio el efecto que las sonrisas y los buenos deseos hicieron en aquel padre y su hijo, Eva las comparte con todos los peregrinos con los que se cruza porque sabe que no es algo mecánico sino que cuando lo hace las carga con esa magia tan especial que llega a contagiar a todos.

            No volvió a ver más en aquel camino a esta pareja, pero Eva se los fue imaginando el resto de su camino conversando entre ellos mientras caminaban juntos y compartiendo con los demás peregrinos las sensaciones que la jornada les estaba aportando, pero sobre todo, se los imaginaba con su rostro iluminado por esa sonrisa con la que les vio la última vez.