
Me llamo Silvana Di Liberto y soy hija del Mediterráneo. Fue una corazonada la que me animó a poner pie por primera vez en la famosa ruta jacobea y, desde entonces, casi veinte años después, muchas puertas se han entreabierto. Gracias a esta revista, hoy puedo relatar un fragmento de ese destino que ya está escrito y, sin embargo, sigue desplegándose. Todo comenzó con mi voz. Cantaba a bordo de un barco privado, prestando melodías al vaivén del mar, cuando una pasajera —entonces desconocida— se dejó conmover por unas canciones en francés que interpretaba. Al despedirse, me hizo una propuesta: recorrer juntas el trayecto Francés, casi 800 kilómetros. No supe por qué acepté. No existía lógica ni razón, solo aquella certeza —propia de la juventud— de no tener nada que perder.

Recuerdo la subida por los Pirineos como un desafío que transformó mi manera de estar en este planeta. Era otro tiempo, anterior a la dictadura de las redes sociales, cuando aún se podía estar sin un móvil en la mano. Peregrinar es una forma de exilio voluntario: te arranca de lo conocido, te despoja de rutinas, de etiquetas y rostros familiares, y te lanza a lo incierto. Es un acto radical que obliga a abrirse al otro, a descubrir tus defectos y tus límites, y a dejarse proteger por el mismo reto. Todo lo estable se tambalea: el idioma, los hábitos, incluso la percepción del pasado, del presente y del futuro, realidades que coexisten simultáneamente, aunque no lo sepamos. Y en esa ausencia de referencias aflora lo esencial: la atmósfera que nos envuelve, el silencio del descanso, los sueños sin coordenadas, la naturaleza sin fronteras, una sonrisa sostenida, el cielo que nos iguala. Cada mirada se vuelve espejo sin juicio. En el simple acto de oler una flor sin saber su nombre, de ver al sol desperezarse o seguir el vuelo libre de un ave sin preguntarnos adónde va… ahí reside lo sagrado. Andar —como sabían estoicos, místicos y nómadas— nutre cuerpo y mente: aquieta, ordena, devuelve. Se renuncia a la prisa, a la lógica de la productividad. Y entonces aparece el dolor: en los pies, la espalda, las piernas. Pero no como enemigo, sino como maestro paciente. Hablábamos con personas de distintos lugares sin compartir idioma; aun así, los gestos decían todo lo necesario. Este laberinto de la vida no exige respuestas. Enseña a conocer la soledad sin miedo, y a convertirla en un hogar suficiente. A confiar en esa sombra que se mueve contigo, adelante y atrás, fiel compañera que nunca traiciona. Después vinieron catorce años errantes por las calles de Barcelona y cinco más en un remoto pueblo andaluz, al borde del confín portugués.

Fue bajo el influjo de la pandemia —ese paréntesis inesperado— cuando tomé el pulso de mi creatividad y la convertí en palabras. Así nació El Camino de Santiago (a mi manera), una obra íntima que hoy respira en italiano y francés, disponible en Amazon. No es un manual ni un álbum de imágenes. En sus páginas confluyen sentimientos sin filtro, temores nacidos del diálogo, conexiones que surgen como destellos en medio del polvo, anécdotas, historia y leyendas de cada recodo. No pretende convencer ni enseñar. Apenas quiere sembrar preguntas. De esas que germinan lento, como las verdades que no necesitan alarde. Cada quien es soberano de su brújula interior. El aprendizaje no se impone: se revela, se cultiva, se edifica desde dentro. El final deja la sensación de que todos avanzamos hacia el mismo horizonte: con humildad, sensibilidad y la cabeza en alto. En un mundo acelerado que repite moldes y sigue tendencias, estos 39 capítulos apuestan por la diferencia. El lector ha reído, llorado y sudado la experiencia conmigo.
Del 20 de septiembre al 13 de noviembre arrancaré la Vía de la Plata. Hay infinitos modos de visitar un país: surcarlo de punta a punta, perderse en sus campos, saborear sus acentos y su comida… Pero quizá el mayor privilegio sea pisarlo con los zapatos adecuados y el alma abierta a lo que venga. Aún no he estudiado cada desvío —lo haré con atención antes de partir—, pero la ruta está trazada: saldré de Sevilla y me dirigiré hacia Zamora, donde enlazaré con el Camino Mozárabe Portugués. Esta aventura no fue elegida al azar: es una promesa a mi querida amiga, del País Vasco. Fue María quien plantó en mí la sugerencia de recorrer estos mil kilómetros. Por motivos de salud no podrá acompañarme, pero su energía permanecerá en cada etapa. Me esforzaré por llegar a la meta también por ella. Al completar el último tramo en Galicia, le enviaré ese documento, sellado con fe, esfuerzo y alegría, y con ello ejerceré la vicaría pro —en su nombre y representación. Porque cuando se cumple algo con propósito, la mochila se vuelve ligera y el corazón, firme y bondadoso. Gracias a esta mujer luminosa, mi paso será testimonio. Durante el trayecto deseo entablar un intercambio con el paisaje humano: personas, oficios, memorias que laten en cada rincón. Quiero documentar cada pueblo, aldea y ciudad, y dar forma a un segundo libro. Aspiro a contribuir a visibilizar un turismo respetuoso y sostenible, y a honrar el patrimonio histórico, cultural y gastronómico que vibra desde el sur hasta el norte. Finalmente, agradezco a los patrocinadores que, desde la mágica Sicilia, han creído en este proyecto. Los logotipos viajarán conmigo, impresos en mis camisetas, fusionándose con el entorno como parte esencial de este recorrido.




















