• Los nacidos en 1945 han vuelto a reunirse entre recuerdos, risas y emociones y han tomado una decisión importante: a partir de ahora habrá encuentro cada verano, porque cumplir años después de los 80 merece siempre un brindis
Los quintos del 45 vuelven a casa: 81 años, una mesa compartida y muchas ganas de seguir celebrando la vida

Hay edades que se cumplen y edades que hay que celebrar. Y cuando el calendario marca 81 años, cualquier excusa es buena para sentarse alrededor de una mesa, levantar la copa, mirar a los viejos amigos y decir: «Aquí seguimos».

Eso es precisamente lo que han hecho hoy los quintos del 45, que han vuelto a encontrarse para compartir una jornada cargada de nostalgia, alegría y, sobre todo, muchas ganas de vivir.

El escenario elegido para comenzar la celebración fue El Roble, donde disfrutaron de una buena comida. Pero el menú, por rico que estuviera, era casi lo de menos.

Lo verdaderamente importante estaba alrededor de la mesa.

Allí había 81 años de historias, recuerdos, caminos recorridos y amistades que han conseguido sobrevivir a las distancias y al paso del tiempo.

Cuando había poco de casi todo, menos ganas de ser felices

Los protagonistas de esta historia nacieron en 1945, en aquella España difícil de la posguerra.

Su infancia no estuvo rodeada precisamente de abundancia. Eran tiempos en los que había que aprovecharlo todo, en los que las cosas costaban mucho conseguirlas y en los que la vida cotidiana exigía esfuerzo desde muy temprano.

Pero había algo que, visto desde la distancia de más de ocho décadas, ninguno parece haber olvidado: las ganas de jugar y de ser felices.

Porque para un niño no hacían falta grandes cosas.

Las calles eran el mejor parque de atracciones. Los amigos aparecían detrás de cualquier esquina. Un juego improvisado podía llenar una tarde entera y cualquier pequeña aventura terminaba convertida en una historia que contar.

Hoy, más de ochenta años después, aquellos recuerdos tienen un valor imposible de medir.

Y seguramente por eso, cuando vuelven al pueblo y recorren de nuevo aquellas calles, los ojos de los hombres y mujeres de 81 años todavía son capaces de encontrar al niño que un día fueron.

La vida los llevó lejos, pero nunca se fueron del todo

Los años pasaron y la vida hizo lo que suele hacer: llevar a cada uno por su propio camino.

Todos terminaron fuera de su terruño. Llegaron el trabajo, las responsabilidades, las familias, las alegrías y también esos golpes que inevitablemente acompañan a una existencia tan larga.

Pero marcharse nunca significó olvidar.

El pueblo permaneció guardado en algún rincón de la memoria, esperando cada regreso.

Porque uno puede vivir durante décadas lejos del lugar donde nació y descubrir, al volver, que todavía reconoce una esquina, una fachada o un camino y que, de repente, ochenta años desaparecen durante unos segundos.

Una sobremesa para viajar en el tiempo

La comida dio paso a una de esas sobremesas que nadie tiene demasiada prisa por terminar.

Aparecieron las anécdotas.

Los «¿te acuerdas de…?».

Las historias que unos recuerdan de una manera y otros aseguran que sucedieron de otra.

Los nombres de quienes compartieron aquellos años.

Y seguramente también alguna travesura que, después de ocho décadas, ya puede confesarse sin miedo a recibir reprimenda.

Entre conversación y conversación fueron repasando los diferentes avatares que la vida ha deparado a cada uno.

Hubo nostalgia, naturalmente. Pero una nostalgia bonita, de esa que no entristece, sino que hace sonreír porque recuerda que todo aquello sucedió y que tuvieron la suerte de vivirlo juntos.

Y después de El Roble… a La Zona

Pero a los 81 años tampoco había ninguna necesidad de marcharse pronto a casa.

Así que la celebración continuó en la terraza de La Zona.

Allí, al calor de una copita, las conversaciones siguieron creciendo, los recuerdos volvieron a saltar de década en década y la tarde continuó con el mejor ingrediente posible: el buen humor.

Porque hay algo maravilloso en contemplar a una generación nacida en una época tan difícil disfrutando ahora de una terraza, de una conversación tranquila y de la compañía de aquellos con quienes comparte los primeros capítulos de su vida.

Después de tantos años, seguir teniendo motivos para reunirse es ya un pequeño privilegio.

«El próximo verano, otra vez»

Y entre recuerdos y brindis llegó probablemente la mejor decisión de toda la jornada.

Los quintos del 45 han decidido que esto ya no puede quedarse en una celebración puntual.

A partir de ahora quieren reunirse cada verano.

Porque alcanzar los 80 fue importante.

Cumplir 81 también.

Y llegar a los 82 será otro motivo extraordinario para volver a sentarse juntos.

Después vendrán los 83, los 84, los 85…

Que sean todos los que tengan que ser.

Porque ellos lo tienen claro: pasar de los 80 es todo un reto y cada nuevo año merece su propia celebración.

Brindar por los años que quedan por delante

Quizá la fotografía de esta jornada diga mucho más dentro de unos años de lo que dice hoy.

Será una imagen para guardar.

Una de esas fotografías en las que cada rostro encierra una historia y donde, detrás de unas cuantas sonrisas, aparecen ocho décadas de vida.

Los quintos del 45 nacieron cuando España atravesaba tiempos difíciles. Crecieron con pocas comodidades, aprendieron pronto el significado del esfuerzo, tuvieron que marcharse de su tierra y construyeron sus vidas lejos de aquellas calles donde fueron niños.

Pero 81 años después han vuelto a encontrarse.

Han comido juntos.

Han recordado.

Han reído.

Han brindado.

Y, lo más importante, han hecho planes para el próximo verano.

Porque quizá ahí esté el verdadero secreto de hacerse mayor: tener muchos recuerdos a los que regresar, pero conservar siempre alguna ilusión esperando por delante.

Así que queda hecha la promesa.

El próximo verano, otra mesa.

Otra sobremesa.

Otra copita.

Otros cuantos «¿te acuerdas?».

Y un nuevo brindis de los quintos del 45 para celebrar lo verdaderamente importante:

seguir aquí, seguir juntos y seguir disfrutando de la vida.

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