- Los nacidos en 1956 celebraron ayer juntos su 70 cumpleaños en el Restaurante El Roble, en una reunión marcada por la nostalgia de aquella infancia en las calles de Tábara y la alegría de volver a casa cada verano

Hay encuentros que sirven para celebrar un cumpleaños y otros que, sin pretenderlo, terminan celebrando toda una vida.
Eso ocurrió ayer en Tábara. Los quintos del 56 que todavía permanecen en el pueblo disfrutando de las vacaciones estivales volvieron a reunirse, como manda una bonita costumbre que se mantiene entre generaciones, para celebrar una cifra redonda y especial: 70 años.
Siete décadas han pasado desde aquel 1956 en el que comenzaron unas vidas que después tomarían caminos muy diferentes. Pero hay algo que permanece intacto pese a los años y la distancia: el lugar al que siempre apetece regresar.
Y ese lugar es Tábara.
Una mesa para celebrar 70 años de historias
El encuentro tuvo lugar en el Restaurante El Roble, alrededor de una mesa que terminó convirtiéndose en una pequeña máquina del tiempo.
Porque una reunión de quintos nunca es solamente una comida.
Basta que alguien pronuncie un nombre, recuerde una calle o rescate una vieja anécdota para que los años comiencen a desaparecer.
Y entonces regresan aquellos niños que recorrían Tábara cuando el pueblo era su universo entero.
Las calles eran el lugar de encuentro. Allí estaban los amigos, los juegos, las carreras y las pequeñas aventuras que entonces parecían insignificantes y que 70 años después se han convertido en algunos de los recuerdos más queridos.
«¿Te acuerdas de aquello…?»
Seguro que la frase apareció más de una vez durante la comida.
«¿Te acuerdas…?»
Y detrás llegaron las historias.
Unas provocaron carcajadas. Otras despertaron esa sonrisa tranquila que acompaña a los recuerdos felices. Y algunas, inevitablemente, llevaron el pensamiento hacia personas y momentos que pertenecen ya a la memoria.
Porque cumplir 70 años significa haber acumulado un buen equipaje.
Trabajo, familias, hijos, quizá nietos, dificultades superadas, alegrías inesperadas, despedidas, reencuentros y miles de pequeñas historias que han ido construyendo la vida de cada uno.
El destino llevó a muchos lejos de aquellas calles de su infancia. Cada cual construyó su camino allí donde las circunstancias lo fueron llevando.
Pero ninguno terminó de marcharse del todo.
Tábara siempre acaba recogiéndolos
Esa quizá sea una de las imágenes más bonitas de estas reuniones estivales.
Durante buena parte del año cada uno vive su vida lejos del pueblo. Pero llega el verano y Tábara vuelve a convertirse en punto de encuentro.
Se abren las casas.
Regresan los hijos del pueblo.
Las calles recuperan voces conocidas.
Y durante unos días parece que las distancias acumuladas durante décadas importan un poco menos.
Tábara vuelve a recogerlos a todos.
Quizá solamente durante unas semanas. Quizá durante unos días. Pero el tiempo suficiente para volver a caminar por aquellos lugares que forman parte de su historia y comprobar que, aunque muchas cosas hayan cambiado, algunos recuerdos permanecen exactamente donde los dejaron.
De aquellos niños de Tábara a los 70 años
Ayer no se reunieron únicamente hombres y mujeres que cumplen 70 años.
También estuvieron, de alguna manera, los niños que fueron.
Aquellos que corrían por las calles sin imaginar siquiera dónde acabaría llevándolos la vida.
Ninguno podía saber entonces qué profesión tendría, dónde viviría, qué familia formaría o qué alegrías y dificultades encontraría por el camino.
Mucho menos podían imaginar que siete décadas después volverían a sentarse alrededor de una mesa para recordar juntos aquellos días.
Y ahí reside precisamente la magia de una reunión de quintos.
Poder mirar a quien tienes enfrente y saber que compartió contigo el principio de la historia.
Una tradición de Tábara que merece conservarse
Las reuniones de quintos forman parte de esas pequeñas costumbres que dan personalidad a los pueblos.
No necesitan grandes escenarios ni programas multitudinarios. Basta una mesa, buena compañía y tiempo para hablar.
Porque cuando pasan los años, lo importante deja de ser dónde se celebra la reunión y comienza a ser quién sigue sentándose alrededor de esa mesa.
Los quintos del 56 lo hicieron ayer en El Roble.
Celebraron sus 70 años, recordaron viejas historias, intercambiaron las nuevas y volvieron durante unas horas a aquella Tábara de su infancia.
Y seguramente, cuando terminó la comida y cada uno emprendió el camino de regreso, quedó esa agradable sensación que dejan los buenos encuentros: haber recuperado por unas horas un pedacito de juventud.
Porque podrán pasar diez, veinte o cincuenta años.
Podrá llevarte la vida muy lejos.
Cambiarán las calles, las casas y hasta la forma de vivir.
Pero existe algo difícil de borrar: el recuerdo del lugar donde fuimos niños.
Para los quintos del 56 ese lugar sigue siendo Tábara.
Y ayer, 70 años después, volvieron a casa para celebrarlo juntos.




















