almeida – 11 de enero de 2016.

Al finalizar cada etapa, los siete peregrinos que estábamos en el camino, coincidíamos en varios puntos y siempre terminábamos en el mismo lugar donde después de asearnos solíamos compartir las vivencias de ese día generalmente alrededor de una mesa.

Esa jornada, la etapa era una de las más duras de esa ruta y al día siguiente estaba la etapa reina, la gran prueba de este camino.

Cuando llevábamos tres horas caminando, nos fuimos agrupando en el lugar que habíamos quedado para almorzar, un alto en el que los peregrinos suelen detenerse para recuperar fuerzas y planificar el resto de la jornada, ya que las subidas y bajadas son constantes y también un auténtico suplicio cargado de belleza por los parajes que vamos recorriendo.

Planteamos donde finalizaríamos la etapa, el albergue se encuentra en el comienzo de la ascensión al puerto del Palo, tres kilómetros después de Pola de Allande, la población en la que podemos encontrar todo tipo de servicios. Según las guías en el hostal la Allandesa dan un trato exquisito a los peregrinos, por lo que decidimos llamar por teléfono para ajustar un precio por la cena y el alojamiento. Me tocó a mí hacer las gestiones y después de hablar con el dueño del establecimiento, realicé la reserva.

         Pero con una condición – le digo – que en la cena tiene que haber fabes y sidra.

         En eso no hay ningún problema – me dice Antolín – no podréis terminar lo que os pongamos para cenar.

Así quedamos y cerramos el trato, iremos llegando en función de las fuerzas de cada uno y como el último tramo es muy duro no solo por las subidas que te dejan sin aliento, también en las bajadas temes que las rodillas en algún momento se puedan romper.

Fui el último en llegar, ya los seis compañeros se encontraban en las habitaciones aseándose. Lo primero que tengo que hacer es buscar con quien me han dejado para compartir la habitación y como no podía ser de otra forma, me corresponde dormir con el único guipuzcoano del grupo, un vizcaíno y un guipuzcoano son como un cóctel que cuando están bien avenidos pueden hablar de muchas cosas, el problema es cuando tocan algunos temas de conversación que pueden provocar algunas chispas.

Cuando mi compañero de habitación y yo bajamos al hall del hostal para ir agrupándonos con el resto, preguntamos la hora en la que podemos comenzar a cenar, desde el almuerzo, solo hemos comido alguna cosa que llevábamos en la mochila y hemos dejado muchas energías que debemos reponer. Como aún faltan dos horas y media para la cena pedimos unas cervezas y un plato de embutido. Cuando sirven lo que hemos solicitado, en lugar de un plato, nos sacan una fuente con (jamón, queso, salchichón, chorizo, lomo y no sé cuántas cosas más), según van bajando el resto de los integrantes del grupo, se unen a la merienda y van cayendo las botellas de cerveza hasta que ocupan toda la mesa y la fuente se queda sin contenido.

Cuando estamos terminando, llega el dueño del hostal que al ver que estamos comiendo se enfada con nosotros ya que tiene una cena estupenda y como nos había asegurado, no vamos a terminar con lo que nos ha preparado.

         No te preocupes – le digo – venimos con mucha hambre y hoy nos comemos todo lo que nos pongas.

A la hora establecida, entramos al comedor, somos los primeros clientes, ocupamos una mesa ya dispuesta para los siete en un rincón del comedor sobre la que el camarero pone dos botellas de sidra de las que damos cuenta en pocos minutos.

Nos trae dos grandes recipientes en los que hay un caldo asturiano, no era lo que habíamos encargado, pero está estupendo por lo que algunos nos servimos dos platos bien colmados. Son muchas las energías que debemos recuperar. He pensado que como el precio era muy ajustado, quizá las fabes son más caras y por eso nos ponen el caldo, no digo nada, ya que yo he sido el encargado de la reserva y no tengo ganas de pasar un mal rato discutiendo.

En ese momento se acerca Antolín, nos pregunta que si nos está gustando lo que nos sirven y le digo que el caldo esta exquisito, por eso hemos repetido algunos.

         Es el segundo mejor que se hace en el mundo – me confiesa.

         ¡El segundo! – digo yo – ¿Y cuál es el primero?

         El primero es el que hace la madre de cada uno de los clientes que tengo en el restaurante – explica muy serio.

Me pareció un marketing muy bueno para agradar a todos sus clientes y de paso alabar las excelencias de su cocina.

A continuación, otros dos recipientes con las fabes. Entonces me arrepiento del segundo plato de la ración anterior. Las fabes tienen todos sus sacramentos (morcilla, chorizo, costilla, oreja,…), están estupendas, pero ya tenemos el estómago lleno y solo podemos ingerir unos cazos y alguno pasa de servirse más ya que apenas tienen un hueco donde poder alojarlo.

Casi a punto de reventar, nos sacan dos bandejas con carne de vacas locas, una de las especialidades de la casa. Se trata de unas verduras que recubren una carne de estas tierras y está hecha al horno con una salsa exquisita. Le decimos al camarero que ya no podemos ingerir nada más pero él insiste en que está muy buena, por no hacer un desprecio a lo que nos ofrecen, algunos decidimos probar una ración, con el riesgo de que nuestros estómagos puedan explotar.

Cuando ya estamos saciados nos ofrecen un nuevo plato, pero al ver las caras que ponemos no insisten, se hacen cargo que por mucha hambre que tuviéramos es imposible seguir ingiriendo más cosas.

Entonces llega el remate final, sacan una gran fuente en la que hay siete tipos de postres (tartas, arroz con leche, cuajada, pastelitos,….), aquello ya es una gula irresistible. Cada uno vamos probando de uno de los postres y si uno está bueno, el otro resulta mejor, por lo que vamos comiendo de todos hasta que tenemos que desabrochar el cinturón para que al menos la circulación no se vea imposibilitada de llegar a algunas partes vitales de nuestros cuerpos.

Cuando ya hemos saciado el hambre de los próximos tres días, van dejando unas botellas de orujo de al menos seis tipos diferentes de maceración que nos ayudan a que los estómagos se vayan asentando o quién sabe, quizá les estemos metiendo una bomba que no sabemos cómo va a digerirse.

Cuando viene Antolín, le felicitamos por la buena cocina que tiene y le damos la razón en lo que nos decía que no podríamos terminar lo que nos servirían.

Hacia las diez de la noche, comenzó a llover y no había ningún alma por las calles del pueblo, solo estaban siete peregrinos paseando que después de una dura jornada, a pesar del cansancio, estaban tratando de hacer la digestión antes de irse a la cama ya que de lo contrario no iban a poder dormir porque se encontraba a punto de reventar después de aquella suculenta y pantagruélica cena.