almeida – 18 de junio de 2015.

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                Al entrar en la pequeña capilla donde todas las noches se hacía una reflexión sobre el camino con los peregrinos y una pequeña oración, Antonio nada más acceder al interior se acercó hasta donde me encontraba y me dijo:

                -Ahora entro de forma diferente a como lo hice el año pasado, entonces no creía, pero ahora sí, no sé en qué todavía y espero descubrirlo, pero creo en algo.

                No comprendí nada de lo que me estaba diciendo, pero era algo habitual, algunos peregrinos te hacían determinadas confesiones como si estuvieran convencidos que estabas al corriente de sus problemas y con solo una frase, estaban convencidos que comprenderías perfectamente lo que en esos momentos estaba pasando por sus cabezas.

                Durante ese momento estuve observando a Antonio que parecía comportarse con una devoción superior a la de los demás y también participaba en todo lo que se hacía poniendo mucho interés y entusiasmo en cuanto estaba haciendo.

                -Cuando me encontraba en esos minutos para mí, que solía regalarme cada día en la puerta del albergue, mientras repasaba mentalmente todo lo que había ocurrido a lo largo de esa jornada, se acercó el peregrino llamando mi atención.

                -¿No eres el hospitalero que estaba el año pasado? – me preguntó.

                -¿Depende en qué fecha?, el año pasado estuve unos días echando una mano, pero fue en otro mes.

                -¡No, sobre estas fechas! – respondió él.

                -Pues no, en estas fechas no estuve aquí.

                -Ya me lo parecía cuando te he escuchado en la meditación, tu voz no me sonaba. ¿Imagino que te habrá sorprendido entonces lo que te dije al entrar?

                -La verdad es que no le he dado la mayor importancia, en ocasiones se reciben confidencias que no son comprensibles en ese momento y más tarde les encuentras un sentido.

                -Pues si me lo permites y me concedes unos minutos, te lo cuento, así podrás comprenderlo.

                -Encantado – le respondí – tú me dirás.

                Comenzó contándome cómo el año anterior había recorrido el camino en compañía de su mujer, era una promesa que le había hecho años atrás a ella y no le quedaba más remedio que cumplirla, pero al estas cosas de la religión, no le atraían mucho, por lo que lo estaba haciendo a gusto por dar satisfacción a su mujer, pero un poco a regañadientes.

                Cuando llegaron al albergue, después de la cena, el hospitalero les invitó a que voluntariamente, los que lo desearan subieran hasta la pequeña capilla para mantener una reflexión sobre lo que les estaba aportando su camino.

                De nuevo, por satisfacer a su mujer, subió con la mayoría de los peregrinos, pero antes de entrar en la capilla, le aseguró al hospitalero que él no era ni creyente ni practicante, que lo hacía para dar gusto a su mujer y para que ésta no se encontrara sola.

                Pero desde que traspasó la pequeña puerta, percibió que allí había una energía especial, era algo que no podía explicar porque no lo había sentido nunca, pero una sensación de paz y de serenidad se apodero enseguida del peregrino.

                Antonio, comentó esta sensación que había sentido con su mujer y ella le dijo que le estaba ocurriendo lo mismo, por lo que desde ese instante, la predisposición de los dos fue cambiando de una manera muy significativa.

                En uno de los momentos de la meditación se solían pedir deseos por la situación por la que cada uno estaba atravesando o por esos seres queridos por los cuales se encontraban realizando la peregrinación, el hospitalero les decía que la energía de todos ayudaría sino a solucionar el problema al menos a hacerlo más llevadero.

                En la mente de Antonio y de su mujer, la imagen que apareció al unísono, fue la de su nieta, un ángel de apenas dos años que todavía no había comenzado a disfrutar de la vida y le habían detectado un cáncer. Pidieron por ella pensando que era injusto que la desgracia se hubiera cebado de esa forma con un ser inocente que no había hecho ningún mal en su corta vida.

                Como les había asegurado el hospitalero, salieron de aquel lugar muy reconfortados, no se habían encontrado ningún lugar parecido en los días que habían estado recorriendo el camino y desde que salieron de aquel lugar, fueron viendo y disfrutando del camino de una manera muy diferente, apreciaban más los pequeños detalles y sobre todo se quedaban con la bondad y la generosidad que reciben cada jornada de quienes caminaban a su lado.

                La estancia en aquel albergue había propiciado que el peregrino experimentara un cambio que jamás pensó que se iba a producir, porque sus creencias y su forma de ver las cosas a la edad que tenía, difícilmente pensaba que iba a cambiarlas.

                Pero las cosas no terminaron allí, cuando finalizaron el camino y regresaron a su casa, a los pocos meses recibieron la agradable noticia de que el cáncer que padecía su nieta, había sido tratado a tiempo y la pequeña se había recuperado.

                Aquella noticia, representó la dicha completa, Antonio se negaba a pensar en cualquier mediación que la razón no consiguiera explicar, pero por más vueltas que le daba, tampoco encontraba esa lógica, el caso es que su nieta se había curado y eso para él era suficiente.

                Su mujer en cambio estaba convencida que algo sobrenatural había ocurrido y fue desde el momento que estuvieron en aquel lugar cuando comenzaron a ver las cosas de una manera diferente, pero Antonio se negaba a aceptarlo, aunque de vez en cuando le surgían poderosas dudas.

                Su mujer le había vuelto a convencer que debían de nuevo recorrer el camino, si la vez anterior lo hicieron para pedir, ahora era preciso hacerlo para agradecer y en esta ocasión, Antonio no puso la menor objeción a lo que su esposa le planteaba, al contrario, estaba más animado que nunca a disfrutar de cada una de las sensaciones que había tenido el año anterior.

                Habían planificado su camino y las fechas en las que lo recorrerían, pero surgió un contratiempo, a su esposa le detectaron unos días antes una contractura en la espalda que le iba a impedir recorrer largas distancias y mucho menos hacerlo con una mochila a su espalda.

                La primera idea de Antonio fue aplazar ese Camino, cambiaría las vacaciones, aunque no iba a resultar nada sencillo porque en su empresa ya se había hecho toda la planificación de los turnos y su decisión trastocaría la de algunos compañeros, pero si no se podía, siempre quedaba la opción de dejarlo para el año siguiente.

                Pero su mujer se negó rotundamente, le dijo que debía ser él quien lo recorriera solo, ya tenía la suficiente experiencia para hacerlo y estaba convencida que en ningún momento se iba a encontrar solo.

                Antonio no supo oponerse a todos los argumentos que le estaba dando su mujer, porque como siempre suele ocurrir, aunque no queramos reconocerlo, las mujeres tienen ese sexto sentido que suele estar cargado de razón e hizo lo que ella le estaba diciendo.

                Ahora, Antonio, de forma voluntaria y además con un fervor que para é resultaba desconocido un año antes entraba en aquellos lugares emblemáticos del camino en los que agradecía la curación de su nieta y de paso también pedía por la recuperación de su mujer, para que ella pudiera acompañarle la próxima vez que recorriera el camino, porque estaba convencido que no sería la última que se encontrara peregrinando.

                -Por eso – me dijo- es que cuando fui a acceder a la pequeña capilla, hice el comentario de que antes no creía, pero ahora, no sé en qué es lo que creo, pero estoy comenzando a creer en algo.

                -Pues me alegro mucho – le dije – esa es una de las cosas que he aprendido del camino, que nos enseña a ver las cosas de una manera diferente, independientemente de las creencias de cada uno que en muchas ocasiones son exageradas, pero hay algo en el camino que nos permite ver esas cosas que llevamos dentro y no las habíamos descubierto antes.

                -La pena – me respondió Antonio – es no haber podido esta vez de nuevo hacerlo con mi mujer.

                -No lo veas así – le respondí – si una cosa he aprendido del camino, es que él selecciona a quienes quiere que en cada momento estén sobre él, piensa que igual tu mujer no necesitaba esta reafirmación en algunas convicciones que tú si las necesitas y por eso lo mejor era que lo recorrieras solo.

                -No te falta razón, no había pensado en eso – me respondió.

                -Pues en el camino, una de las cosas buenas que tiene, es enseñarnos a meditar y reflexionar, contamos con mucho tiempo para ello y tú ya tienes algo sobre lo que reflexionar.

                Creo que aquella conversación fue buena para los dos, sobre todo para Antonio que le vi más pensativo que cuando llegó y estoy convencido que las siguientes jornadas, muchas cosas nuevas pasarían por su cabeza.