almeida – 30 de marzo de 2016.

 

     SAF 150607 0073       El contacto con la naturaleza, nos da la oportunidad de ver y estar en ocasiones junto a animales que resulta muy difícil verlos de cerca en su hábitat natural, si no es procurando hacerlo de tal forma que casi no delatemos nuestra presencia ni alteremos la tranquilidad en la que se encuentran.

            Todos los caminos nos ofrecen ese momento tan especial que puede llega

r a ser mágico, al menos así lo vivimos y sobre todo con el paso del tiempo lo recordamos.

            Mi primer contacto con uno de estos seres, se produjo cuando transitaba por la vía de la plata, fue el segundo día de camino cuando estuve a unos pocos metros de un toro bravo que observaba mi paso con esa seguridad de que él era el más fuerte y yo quien había invadido su terreno. Ante mi miedo, el siguió rumiando sin tan siquiera inmutarse. Según iban pasando los días, me fui acostumbrando a esta presencia aunque he de reconocer que nunca logré superar ese miedo inicial que sentía.

            En otra ocasión, por el camino aragonés, al atravesar la Foz de Lumbier, puede contemplar sobre mi cabeza la mayor reserva de buitres leonados que jamás había pensado que existiera. Sin quererlo vino enseguida a mi mente esa película del genio del suspense en la que las aves atacaban a las personas, pensé que en ese momento con solo el ataque de dos de esas aves de tanta envergadura, me hubieran hecho trizas si ven que mi presencia amenaza su territorio.

            En el Sanabrés, tuve la suerte de poder contemplar durante casi un minuto a una pareja de jabalíes que estaban con sus crías, eran seis pequeños jabatos integrados perfectamente en su hábitat y al olfatear mi presencia huyeron en perfecta formación. Lo que más me llamó la atención era que todos seguían el mismo rumbo y cuando el que iba en cabeza se desviaba, el que cerraba el grupo lo hacía exactamente por el mismo lugar que lo había hecho el primero que abría la manada.

            El primitivo, un camino virgen donde los haya ya que por momentos transitamos por lugares en los que apenas se ve a seres humanos, está dominado por todo tipo de animales. Tuve la oportunidad de ver cómo un joven corzo invadía el camino hasta que se percató de mi presencia y con un fuerte y ágil impulso, de dos saltos regresó de nuevo al bosque que era su hábitat natural donde se sentía más seguro.

            Pero, cuando comencé a escribir esta historia, no lo hice pensando en estos animales que en contadas ocasiones la naturaleza nos permitió poder contemplar. Estaba pensando en esos otros animales que en ocasiones padecemos en los caminos y los sufrimos en los albergues. Ellos son los que se encuentran fuera de su hábitat natural y enseguida llaman la atención de quienes nos encontramos junto a ellos y también llegan a causarnos sorpresa y en muchas ocasiones llegamos a sentir vergüenza ajena.

            La primera vez que observé este caso fue en mi primer camino. Antes de la subida al Cebreiro, me encontré con cinco animales  que caminaban con un asno. Los animales eran lógicamente cinco que se definían como peregrinos y llevaban al pobre burro como animal de carga. Habían puesto sobre él una gran tienda de campaña que utilizaban para dormir cada día y de una forma casi circense por el equilibrio que habían conseguido, pusieron sobre el animal sus cinco mochilas de tal forma que el asno apenas era visible y caminaba de una manera muy forzada mientras los animales que iban a su lado le azuzaban para que no bajara en ningún momento el ritmo que llevaban.

            También, de forma más frecuente me he encontrado a peregrinos que caminaban con sus perros. Imagino que con la compenetración que tenían lo habrían comentado antes y el animal les habría dado a sus dueños el consentimiento para recorrer casi mil kilómetros, gran parte de ellos por el abrasivo asfalto. Me viene siempre a la mente la imagen de un perro que tenía destrozadas las cuatro patas, estaban quemadas por el calor que desprendía el asfalto por el que había estado caminando casi todo el día. Habían tenido que llevarle al veterinario y el pobre animal deambulaba por el albergue con sus patas vendadas y cojeando de una manera ostensible.

            Aunque la mayor animalada que he podido observar en el camino y ha sido en más de una ocasión, es la que cometen esos padres que van haciendo el camino con criaturas que apenas han cumplido el año.

Recuerdo especialmente un niño al que su madre llevaba en una pequeña mochila pegada a su pecho. Era un día frio de otoño y llovía de forma considerable. Por más que tratamos de cubrir el cuerpo de la criatura, imagino que el agua, el viento o el frio, acabaron por buscar un hueco por el que penetrar y llegar hasta su delicada piel.

Cuando se marcharon no podía borrar de mi mente la imagen de la pobre criatura en lo alto de Mostelares, llorando porque no podía expresar de otra forma su rebeldía ante la injusticia que estaban cometiendo con él.

Ojala cada día, veamos más de esos animales con los que nos obsequia la naturaleza y vayamos desterrando a los inconscientes que suelen afrontar el camino, sin pensar en la compañía que llevan a su lado.