almeida – 22 de abril de 2014.

Los cuatro, habían pasado ya la década de los sesenta y procedían de diferentes lugares del país, pero el Camino se había ido encargando de agruparlos y después de varios días caminando juntos parecía que se conocieran de toda la vida.

Congeniaban a la perfección porque además del Camino había muchas otras cosas que tenían en común y se les veía disfrutar de lo que estaban haciendo.

Cuando llevaban más de la mitad del Camino, un día se encontraron con una mujer al menos veinte años más joven que ellos. Procedía de Australia y era la primera vez que estaba recorriendo el Camino y además de novata, era muy despistada y la primera jornada que coincidieron en varios sitios caminando, la joven llegó dos o tres horas más tarde que ellos al albergue porque se había perdido en varias ocasiones.

Para todos, el nombre de la joven, resultaba excesivamente complicado de pronunciar, por lo que uno de ellos la bautizó como Maripili y todos la llamaban familiarmente de esa forma y a la joven le encantaba el nuevo nombre que le habían puesto.

Desde que decidieron adoptarla, Maripili caminaba como una reina, no tenía que llevar el agua en la mochila porque siempre había un voluntario que se ofrecía de forma desinteresada a hacerlo y cuando se encontraba excesivamente cansada siempre encontraba en uno de ellos ese porteador que la aliviaba unos cientos de metros del peso que llevaba encima.

Maripili, estaba feliz y en pocos días, su vocabulario se había ampliado de una forma extraordinaria aunque muchas de las palabras que decía no estuvieran recogidas precisamente en el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Cuando llegaron al albergue de Tábara, los cuatro venían caminando al mismo paso y lo hicieron juntos y cuando fui a invitarles a pasar al interior, me comentaron que esperaban la llegada de Maripili y no entrarían hasta que ella llegara.

Durante la tarde que pasaron en el albergue, las atenciones se prodigaban constantemente para Maripili y cada vez que uno de ellos se excedía un poco más de lo preciso en el celo de las atenciones, los otros a coro comentaban en voz alta ¡Aquí hay tema, vaya que si hay tema!

Maripili que se sentía el centro de las atenciones de los peregrinos sonreía y me imagino que el resto de la peregrinación hasta que llegaran a Santiago se le pasaría mucho más rápido de lo que ella deseaba porque seguro que muy pocas veces se había encontrado tan cuidada y protegida como lo había estado durante el tiempo que duro su camino desde que encontró a sus ángeles protectores.