Pienso, luego digo – 15 de febrero de 2019.

                Generalmente, tenemos casi siempre la tentación de echar la culpa de los fracasos que vamos cosechando a los demás y tenemos la debilidad de apropiamos de los logros, es algo innato del ser humano que resulta muy difícil poderlo cambiar.

                Cuando se asume un puesto de responsabilidad en cualquiera de los ámbitos de nuestra sociedad, una de las primeras cosas que generalmente se suelen hacer, es dar un giro a muchos de los asuntos que hasta ese momento se estaban realizando, porque consideramos que las ideas y los proyectos que llevamos, van a conseguir que todo cambie a mejor.

                Pero esa herencia que hemos adquirido, hay que asumirla y en caso de no hacerlo, cuando se rompe con todo, es conveniente explicar claramente cuáles han sido los motivos que han originado esa ruptura, decirlo sin tapujos, porque de lo contrario, el tiempo puede exigirnos responsabilidades por lo que no hemos hecho.

                Somos conscientes, que hay muchas personas que buscan llegar a determinados puestos de poder con la única pretensión de medrar y utilizar los medios que tienen a su alcance para el beneficio y el lucro propios, sin tener en cuenta el beneficio y la prosperidad de los demás.

Llega ese momento en el que quienes realizan estas prácticas se llegan a sentir inmunes, porque piensan que no habrá nada ni nadie que vaya a poder exigirles que rindan cuentas de cada una de las tropelías que han ido cometiendo, se van endiosando hasta hacerse corruptos porque se han acomodado en su pedestal, de tal forma que ya se encuentran por encima del bien y del mal.

Afortunadamente, tarde o temprano, a lo largo de nuestra vida, debemos rendir cuentas de cada uno de nuestros actos, primero ante nuestra conciencia y aquellos que parecen carecer de ella, ante los demás, porque como suele decir el refranero; a todo cerdo acaba por llegarle su San Martín.

Cada vez son más frecuentes los casos que se van aireando sobre estos comportamientos que nos parecen miserables y que solo consiguen empobrecer a la sociedad que tiene la desgracia de contar entre sus miembros con estos seres depravados.

Cuando una parte de nuestro organismo se encuentra enferma, hay síntomas que enseguida delatan la dolencia que estamos sintiendo, también en un colectivo o en una sociedad enferma, los síntomas se perciben en el ambiente, todo se sabe y hay situaciones y comportamientos que resultan muy difíciles de poder ocultar.

De nada sirve hacer borrón y cuenta nueva si el problema no se ha cercenado de raíz y sigue latiendo hasta que los síntomas ya no se puedan ocultar y si esto ocurre, nos estamos convirtiendo en cómplices de todo lo que ha sucedido.

La honestidad de las personas se demuestra no solo apartando de la sociedad a los que son capaces de hacer las cosas más deplorables, también hay que denunciar y dar a conocer cada una de las irregularidades que estas personas han cometido y que están en boca de todos.

Por eso para conseguir una sociedad cada vez más justa y sobre todo, más sana, no solo hay que asumir la herencia que hemos adquirido, o convertirnos en cómplices de ella, de lo contrario, de muy poco valdrá el buen legado que vayamos dejando, si éste se ha cimentado sobre comportamientos de los que tarde o temprano deberemos avergonzarnos.