Pienso, luego digo – 14 de febrero de 2019.

 

                Nos consideramos animales de costumbres que según vamos progresando y en ocasiones, algunos también vamos evolucionando, asimilamos aquellas cosas y situaciones que nos hacen sentirnos bien y las hacemos nuestras y cuando ese equilibrio se va quebrando, comenzamos a sentirnos incómodos y tratamos de obtener otras cosas que nos hagan sentirnos mejor.

                Es algo natural y en ocasiones cíclico, que casi sin darnos cuenta va pasando en algunos momentos que llegan a ser cruciales en nuestra vida en la que es necesario dar un giro importante, para que todo comience de nuevo y podamos tener esa tranquilidad que consigue que sintamos cada día el bienestar que estamos buscando.

                Así suele ocurrir en las relaciones personales que se van fomentando a lo largo del tiempo, hasta que llega ese momento que acaban truncándose o en la relación laboral cuando lo que estás haciendo, no te satisface del todo y es necesario romper, para que todo vuelva de nuevo a la normalidad.

                Esa ruptura que para unos puede representar el final de algo hay otros que lo ven como un principio, forma parte de la evolución del ser humano.

                También ocurre algo parecido en las relaciones sociales que hemos elegido o nos ha tocado vivir, en una sociedad que vamos moldeando a nuestro gusto y en función de nuestras necesidades.

                En este caso, las decisiones para cambiar las cosas ya no dependen de uno solo, estamos inmersos en un colectivo en el que también los demás cuentan y al final es la voluntad de todos la que consigue dar una vuelta a aquellas cosas y situaciones que no nos agradan.

                Convivimos en la menos imperfecta de las formas de autogobierno que conocemos, porque somos cada uno de nosotros los que periódicamente tenemos la opción de elegir a aquellos que nos van a representar y cuando depositamos nuestra confianza en los que elegimos, es porque sus esfuerzos, su conocimiento y saber hacer, suponemos que lo van a dedicar a que la sociedad que van a dirigir, progrese y con ella también se cumplan las expectativas de cada uno de nosotros.

                La experiencia nos dice que hay palabras que cuando se pronuncian, se mezclan con el viento y éste, se encarga de diluirlas consiguiendo que al final queden en papel mojado, pero al final, todos somos rehenes de lo que decimos y de lo que hacemos y en ese ciclo periódico, podemos dar la vuelta a la tortilla.

                Son situaciones generalmente personales y en eso reside la fuerza de la democracia, que si vemos que no se cumplen las expectativas que habíamos puesto en la persona que habíamos depositado nuestra confianza, podemos cambiar de criterio y siempre nuestra conciencia va a sentirse satisfecha.

                Hay ocasiones en que estas decisiones de cambio, no son personales sino de un colectivo muy amplio y cuando muchas personas dicen y sienten lo mismo, es difícil que todas estén equivocadas.

                La pertenencia a una región, una provincia, una comarca o un pueblo, suelen ser motivo de orgullo, porque generalmente pensamos que lo nuestro es lo mejor, son nuestras raíces, que nos hacen sacar el orgullo y defenderlo casi de manera incondicional.

                Por eso, llama la atención que un pueblo de la Zamora vacía lamentara su pertenencia a la provincia de la que debían sentirse orgullosos y públicamente manifestaran que deseaban pertenecer a la comunidad vecina de Galicia en la que se iban a encontrar más a gusto, porque sus pretensiones de prosperidad iban a encontrar más comprensión con los problemas que estaban padeciendo.

                Seguramente fue un hecho aislado y por eso tuvo el eco que deseaban conseguir los que formularon aquella propuesta que para algunos resultaba cuanto menos, descabellada.

                Pero, recientemente, otro pueblo de esta provincia ha manifestado su deseo de depender administrativamente de la vecina Valladolid, porque también sentían que sus necesidades no estaban suficientemente cubiertas en la actualidad y esperaban encontrar más consideración y respeto en la provincia vecina.

                Son dos casos puntuales, que pueden representar la punta del iceberg, porque cuando el desánimo y la incomprensión van cundiendo como ejemplo, algo nos indica que hay un problema importante que debe ser resulto cuanto antes por aquellos que están para eso, de lo contrario puede llegar a enquistarse y entonces la solución se antoja más complicada y tenemos ejemplos de esto en la actualidad y lamentablemente vemos que está dividiendo la sociedad en la que se produce.