En nuestros recuerdos, casi siempre vamos buscando esos sabores que nos recuerdan a nuestra niñez, sabores perdidos que durante mucho tiempo, no hemos podido volver a percibir, pero el poso que fueron dejando, nos permite reconocerlos inmediatamente en el momento que nos encontramos.

En lugares como esta tierra, cada sabor se encuentra inevitablemente ligado a una época del año. Esos aromas de la matanza, las pastas y los dulces que con paciencia nuestros mayores elaboraban para los días más señalados del año y aromas que nada más reconocerlos, nos trasladaban a esa fecha que resultaba tan especial.

Reconozco que muchos de ellos los tenía ya olvidados, ahora casi no disponemos del tiempo necesario para dejar que los buenos platos se vayan cocinando con el tiempo que cada uno de ellos requiere y aunque en el fondo de la memoria, todavía se mantenía el poso de algunos de estos sabores, resultaba difícil conseguir saborearlos de nuevo.

La cocina de esta tierra elaborada siempre sin prisa, también se ha caracterizado por su sobriedad, cada época del año proporcionaba lo característico de esa temporada, pero no había la posibilidad de contar con lo que se deseara en cada momento. Las necesidades que había en cada casa para sacar adelante una familia, también resultaban en ocasiones apremiantes y por eso, la sabiduría de nuestros mayores para sacar de productos a veces muy básicos, platos que resultaban exquisitos, resultaba algo muy especial e impagable en esa cocina de subsistencia, en la que muchas veces el único objetivo era cubrir una necesidad, aunque el sabor que nos dejaba en el paladar, por el mimo con que había sido elaborado, permanecería para siempre.

Después de muchos años sin un contacto directo y permanente con esta tierra, en ese retorno que siempre acaba llegando en el momento preciso, he tratado de recuperar algunos de aquellos sabores y siempre que disponía de tiempo libre, peregrinaba por infinidad de pueblos de toda la provincia, buscando esos aromas y esos sabores, que sin quererlo consiguieran trasladarme a la niñez.

En los últimos años, he vuelto a valorar el buen saber hacer de manos diestras que consiguen que la tradición todavía se mantenga en algunos lugares de nuestra tierra, únicamente hay que saber encontrarlos y me gusta cada vez que llego a un pueblo en el que nunca había estado, buscar esa especialidad que cada uno conserva en su establecimiento de hostelería, porque estoy convencido, que el buen saber hacer, se va heredando y algunos lo conservan con el paso de los años y aunque se introduzcan nuevas técnicas en su elaboración, siempre quedará ese poso, que se fue aprendiendo con el paso de los años.

En cierta ocasión, cuando pasaba por Benegiles, casi de forma inconsciente, me dirigí hasta el bar la Plaza que se anunciaba en las afueras del pueblo. Había reservado en un pueblo de las cercanías una mesa para degustar unos platos que me habían recomendado y como disponía de tiempo suficiente me acerqué con la intención de degustar únicamente un malvasía, pero al ver cómo María, la propietaria del bar la Plaza, servía unas generosas raciones de callos a cuatro recién llegados, estuve tentado de probarlos, para ver si el sabor resultaba tan apetitoso como lo que la vista me estaba mostrando.

Pensé con buen criterio que no era el momento más apropiado y pospuse estimular mis sentidos en otra ocasión ya que de lo contrario tampoco iba a disfrutar de la comida que me estaba esperando.

Unos días después, regrese con la intención de disfrutar lo que había visto en aquella cazuela y reconozco, que muy pocas veces he conseguido estimular mis pupilas gustativas como en aquella ocasión, porque lo que estaba saboreando, me trasladaba a aquellos recuerdos que mantenía casi olvidados desde hacía mucho tiempo, pero que también durante, quizá demasiado tiempo, me había visto privado de ellos.

Aquella ración tan generosa de unos callos guisados con maestría, consiguió trasladarme a esos recuerdos de la infancia que creía ya perdidos, porque muy pocas veces sentado en la mesa, puedes disfrutar como lo estaba haciendo con aquella comida que estaba resultando exquisita, porque además del punto de cocción perfecto que tenían, la salsa que acompañaba al producto, invitaba a mojar en ella el rico pan de la tierra de Campos, hasta dejar la cazuela completamente limpia.

Había resultado todo un descubrimiento encontrar en un pequeño pueblo esos sabores que tanto estaba buscando y desde aquel hallazgo, no dejaba transcurrir muchos días, para volver a disfrutar de esos sabores tan añorados.

Con el tiempo fui conociendo a María, una mujer que desde los 18 años lleva dedicada a la hostelería y desde hace casi cinco años, con un buen saber hacer, está convirtiendo el bar la Plaza de Benegiles, en un lugar de obligada peregrinación para los buenos gastrónomos o al menos los que disfrutamos con la buena comida y los sabores auténticos.

En este tiempo, además de los callos, he ido disfrutando de esas raciones de morro que cuando son tratados con unas manos como las de María, con ese  buen saber hacer de toda la vida, te das cuenta que a veces la gran cocina surge de las cosas más básicas y con productos que durante mucho tiempo habían sido descartados de las cocinas que se consideraban de nivel.

Cada una de las cazuelas que sale de los fogones del bar la Plaza, resultan un estímulo para las sensaciones y los sentidos y, cada vez procuro descubrir y disfrutar de algunos nuevos sabores que María consigue elaborar con un resultado que parece inigualable.

Lengua, oreja, carne guisada, carrilleras,….. se encuentran entre los platos que surgen del conocimiento y la tradición con la que María realiza cada uno de ellos y sin duda, consiguen trasladar a esos sabores que ya parecía que estaban perdidos.

Pero además, también elabora con menos sabías un pulpo con patatas que difícilmente puedes rechazar, porque cada vez que lo tiene entre los productos que sirve a sus clientes, no queda otro remedio que disfrutar de este sabroso manjar.

Las tostas, son otra de las debilidades a las que no puedes renunciar, bien sean de pulpo, gambas, salmón, bacalao o ibéricos, que además de estimular el sentido del gusto, también realzan el de la vista por la presentación que María suele darles.

Cada vez que me acerco hasta Benegiles, trato de probar esa cocina que con tanta sabiduría María sabe preparar, desde los embutidos y tablas de productos de la tierra a los platos combinados, chuletas de esta tierra, o esos huevos fritos, que cuando cierras los ojos, consiguen trasladarte irremediablemente al campo en el que las gallinas han estado alimentándose.

María trata de potenciar los productos de la tierra, esos que también conoce y de los que se siente tan orgullosa y prácticamente todo lo que ofrece a sus clientes, lleva una buena parte de esos sabores que nunca deberían perderse.

Sin duda, el descubrimiento del bar la Plaza de Benegiles, ha sido uno de los mejores hallazgos en estos últimos años, porque, aunque siga investigando por numerosos pueblos de la provincia para encontrar lugares que siguen manteniendo la tradición y el sabor de siempre, en Benegiles he encontrado ese sitio, en el que cuando cierro los ojos, consigo retrotraerme a esa niñez que me resulta algunas veces tan añorada.

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