almeida – 15 de noviembre de 2014.

Comenzamos caminando casi al nivel del mar y según fueron pasando las jornadas, sin darnos cuenta, fuimos ascendiendo. Primero fue Extremadura, luego la meseta y al final los montes gallegos. El tránsito de las tierras castellanas a las gallegas por los montes sanabreses se hace por un terreno muy escabroso. Cuando por fin pisas tierras gallegas imaginas que ya solo queda un prolongado descenso hasta Compostela.

En la primera jornada por tierras gallegas se continúa ascendiendo y por momentos se llega a pensar que no se va a terminar nunca. El ascenso es suave pero permanente, vas superando los mil metros de altitud y parece que la cima es inalcanzable.

Ese día había amanecido con un cielo plomizo. Era uno de los clásicos días con los que siempre identificas las tierras gallegas. Una niebla permanente te impide admirar todas las bellezas que encierra esta bonita tierra.

Según vamos llegando a la cima, el camino se va estrechando. Ahora ya no vamos por una carretera ni tan siquiera por un camino. Este se ha ido transformando en un sendero que va zigzagueando por la cresta de la montaña.

A nuestros pies en el fondo de uno de los valles percibimos un gran embalse pero sólo logramos imaginarlo por haber leído sobre su existencia. La visibilidad va haciéndose ca­da vez más difícil. Únicamente atinamos a seguir el sendero y no salirnos de él porque desconocemos lo que hay unos me­tros a cada lado de él.

La niebla va dando paso a unas nubes bajas que nos van dejando en el rostro la humedad que llevan. Se las nota suaves y, sobre todo, muy frescas. Están cargadas de agua que seguramente unas horas antes se ha evaporado del em­balse del valle.

A unos metros de la cima comienza a despejarse y ya podemos contemplar la parte más alta del monte. A nuestro lado solo hay grandes masas que parecen algodón, miles y miles de metros de un suave y blanco algodón.

Nuestra mente comienza a divagar. Ya hemos perdido las referencias del sendero y nos vemos caminando por las nubes. Es una visión mágica que nos traslada a un camino celestial, ¿será cierto que este camino nos lleva directamen­te hasta el cielo?

Ensimismados en los sueños continuamos caminando. Las nubes van amortiguando cada paso y comienza un sua­ve descenso que nos lleva de nuevo a la realidad. Pero se­guimos soñando cuando volvemos a darnos cuenta de que nuestros pies continúan sobre el camino.