almeida – 21 de junio de 2017..

            Mil kilómetros, en ocasiones es una distancia que dependiendo como se realice puede llegar a convertirse en una pesadilla.

Los peregrinos que la recorren caminando en los meses de verano cuando las temperaturas en algunos parajes desérticos llegan a alcanzar los cuarenta grados a veces se convierte en una verdadera prueba de supervivencia.

            Muchos peregrinos lo que hacen es adelantar su salida de los albergues y en ocasiones empiezan a caminar varias horas antes que el sol comience a despuntar por el horizonte para que cuando lleguen las horas de mayor intensidad del sol, se encuentren ya en el albergue o muy cerca de donde darán por finalizada su jornada.

            Carmen y Andrés, eran un matrimonio que cada año dedicaban un mes a recorrer alguno de los caminos que conducían a Santiago y después de caminar por los más concurridos se habían decidido por la soledad de esta dura ruta.

            También ellos soportaban muy poco el calor, por lo que en las jornadas donde éste se hacía más insoportable, lo que procuraban cada día era salir del albergue a las cinco de la mañana y comenzaban a caminar como ellos solían decir, con la fresca de la mañana.

            Andrés era siempre el que iba abriendo la marcha y solía ayudarse de una pequeña linterna cuyo haz de luz en más de una ocasión le permitió ver las señales que estaban en el suelo o marcadas en un tronco o en una roca.

            Llegaron a un punto en el que el camino se dividía en dos y vieron una chapa de metal en el que había unas señales en rojo que precian diferentes a las del camino. Pensó que quizá la luz artificial que llevaba, distorsionara un poco los colores por lo que inicialmente los dio por buenos y supuso que eran las señales que venían siguiendo desde tantos kilómetros atrás.

            Pero se dio cuenta que la chapa se encontraba doblada, no estaba en la posición original en la que fue colocada y cuanto más la tocaba, más veía que podía indicar cualquiera de los caminos que desde allí partían, dependía de cómo pusiera la chapa movible y estaba convencido de que otros antes que él habían pasado por allí y también la habían movido dejándola en cualquier posición que era imposible adivinar cuál de ellas era la correcta.

            Como su intuición tampoco le decía nada, decidió sacar de su bolsillo una moneda y dependiendo de la posición en la que ésta se encontrara cogería uno u otro camino.

            La moneda salió cara y siguieron el camino de la izquierda que era bastante bueno hasta que entraron en una zona asfaltada. Se trataba de una carretera local con apenas tráfico, pero no sentían bajo sus pies la comodidad del camino, a ninguno de los dos les gustaba ir caminando sobre el asfalto.

            Cuando comenzaba a clarear vieron a lo lejos un pueblo y al penetrar en su interior preguntaron a la única persona que se encontraron y éste les ratificó que estaban por el buen camino, por allí también estaban pasando peregrinos, eso tranquilizó a Andrés, a pesar que se encontraba bastante despistado porque el nombre del pueblo no le sonaba nada ni se encontraba en la ruta que él había planificado, pero pensó que quizá hubieran hecho algunas modificaciones recientes que les conducían por un lugar nuevo que todavía no se encontraba recogido en las guías del camino.

            Cuando salió el sol, los dos sentían que había algo diferente en aquel amanecer, no estaba saliendo por el lugar que todas las mañanas lo hacía. Siempre amanecía por su derecha y en esta ocasión lo estaban viendo casi de frente, el instinto les estaba diciendo que en aquello estaba habiendo alguna anormalidad.

            A unos kilómetros vieron un nuevo pueblo, estaban seguros que como ya era más tarde se encontrarían a más personas y allí podrían salir de dudas. Vieron un bar abierto y entraron a desayunar y al hostelero que les atendía Andrés le hizo todo tipo de preguntas desplegando sobre el mostrador toda la información que disponía.

            El camarero les dijo que el camino antes iba por donde decían los papeles que Andrés llevaba, pero era un tramo de más de veinte kilómetros por el campo sin ver ningún pueblo y por eso, algunos habían pensado que era mejor desviar a los peregrinos por el lugar que ahora estaban recorriendo, solo eran nueve kilómetros más, pero por este nuevo camino encontrarían sitios en los que poder tomar algo y no se iban a perder como les había ocurrido a algunos peregrinos que seguían el camino original.

            Andrés se maldijo de la suerte que había tenido al lanzar la moneda y el del bar le trató de calmar diciéndole que habían hecho lo correcto, pero la mirada de Andrés le hizo abstenerse de seguir haciendo comentarios que al peregrino no le estaban gustando nada, eran al menos dos o tres horas las que habían estado caminando por un sitio sin sentido y ahora a saber cuántos más debían hacer para enlazar de nuevo con el camino.

            Andrés trató de hacerles comprender a aquellas personas lo que estaban haciendo con los peregrinos pero se dio cuenta que era inútil cualquier explicación que tratara de darles. Para ellos nueve kilómetros no eran los mismo que para un peregrino y cuando para éste representa la mitad o la tercera parte de su jornada, ellos lo hacen en unos minutos en coche.

            Debieron caminar por caminos sin señalizar para acceder de nuevo al camino que debían seguir y perdieron mucho tiempo en conseguirlo, además el cansancio se estaba haciendo cada vez más perceptible lo que obligó a los dos peregrinos a hacer numerosas paradas retrasándoles esa jornada mucho más de lo habitual.

            Estaban pasando por una zona en la que las ganaderías abundan y no solo hay reses para el consumo, también se crían algunas para los festivales taurinos de la comarca y son algo más peligrosas dependiendo el lugar y el momento en el que uno se las encuentre.

            El sol se iba ocultando ya por el horizonte y presentían que el pueblo al que se dirigían no debía encontrarse muy lejos, pero los dos se sentían perdidos, aunque seguían viendo las flechas amarillas, no sabían el lugar en el que se encontraban ni tenían ninguna referencia del sitio en el que estaban en esos momentos.

            La noche se iba echando encima y a lo lejos estaba viendo la referencia de las luces del pueblo, ahora se encontraban algo más tranquilos, ya sabían la dirección que debían tomar para llegar pero en esos momentos, entre la maleza escucharon un ruido extraño que les daba la impresión que estaba siendo producido por algo muy grande y quizá fuera el subconsciente el que les hacía escuchar pasos que se acercaban aunque no conseguían distinguir de quien eran los pasos.

            Los dos comenzaron a gritar de una forma un tanto exagerada, querían por una parte asustar al supuesto animal que merodeaba por los alrededores y de paso soltar lo que les estaba encogiendo sus estómagos.

            El grito en medio de la noche que los dos profirieron consiguió que una vez que cesó se produjera una calma completa, pero el miedo que los dos sentían no se había ido del todo ni se marcharía hasta que llegaran a la seguridad del pueblo.

            Durante el resto del día, maldijo la suerte de aquella moneda que había salido por el lado equivocado y les había hecho pasar una de las peores etapas de su camino solo por la inconsciencia de quienes queriendo mostrar su pueblo a los peregrinos cambiaron la señalización con el perjuicio que a éstos les estaban provocando.