almeida – 12 de noviembre de 2015.

Ese camino, estaba resultando para mi compañero excesivamente exigente. Afrontar la vía de la Plata en el mes de julio era una temeridad y los dos éramos conscientes de ello antes de comenzar. Pero en ocasiones no estamos en condiciones de poder elegir la fecha más idónea y debemos adaptarnos a las circunstancias.

            La erosión y el desgaste que se fue originando en nuestros cuerpos y en el ánimo con el que afrontamos este reto, era ostensible cuando llevábamos el setenta por ciento del camino recorrido, a partir de ahora debíamos afrontar las duras etapas que separan Castilla de Galicia y cuando ya caminas un poco maduro es más fácil que el cuerpo llegue a decir basta aunque la mente desee continuar.

            Carlitos se encontraba en peores condiciones que yo, terminaba las etapas excesivamente cansado y le costaba mucho recuperar las fuerzas, siempre comenzaba con la desventaja de no encontrarse al cien por cien, pero nunca de sus labios salió la más mínima queja, siempre asumía con resignación los kilómetros que cada mañana nos separaban del destino de esa jornada.

            Ese día dábamos por finalizada la jornada en Puebla de Sanabria, la penúltima etapa castellana antes de comenzar a caminar por tierras gallegas, la sola idea de pisar Galicia, parecía que hacía más liviano cada paso que nos separaba de ella.

            Los últimos días caminábamos juntos cinco peregrinos, aunque Carlitos y yo siempre llegábamos los últimos al albergue. No solía haber problemas ya que en todos los sitios había más literas que peregrinos, siempre encontramos un colchón sobre el que descansar cada noche y recuperar las fuerzas que habíamos dejado durante la jornada.

            Comprobé en la guía que llevaba de esta ruta que el albergue de Puebla de Sanabria solo contaba con dos literas dobles, por lo que el resto de peregrinos que llegaran debían dormir sobre unas colchonetas en el suelo.

            Pensé que, aunque llegáramos tarde, no había ningún problema, Carlitos dormiría en la cuarta plaza y yo lo haría sobre la colchoneta. Así lo comentamos previamente a pesar del rechazo de Carlitos, pero conseguí que mi decisión se acabara imponiendo.

            Cuando llegamos al albergue, incrédulos comprobamos que las cuatro literas estaban ocupadas. Una persona joven a la que no se le puede denominar peregrina según me enteré más tarde. Había dado por finalizado su camino dos días antes y se encontraba ocupando un espacio que necesitaba un fatigado peregrino.

            La joven no hizo ningún ademan de ceder su sitio por lo que la desprecié toda la tarde con mi indiferencia, no concebía que una peregrina actuara de aquella manera en un tramo muy exigente del camino donde el descanso resulta fundamental.

            Extendí las colchonetas sobre el duro suelo mientras observaba como el semblante de mi compañero se iba transformando, no era la mejor opción ya que su cuerpo no saldría muy bien parado de aquella experiencia por el cansancio que llevábamos encima.

            Para tratar de solucionar el problema, fui preguntando por el pueblo si había algún sitio alternativo para los peregrinos y me confirmaron que en un convento de monjas se solía acoger a los peregrinos cuando ya no había sitio en el albergue, por lo que me dirigí hacia este lugar solicitando hospitalidad.

            Me abrió la puerta una monja bastante anciana, al explicarla la situación en la que nos encontrábamos, me dijo que la decisión debía tomarla la madre superiora por lo que requerí su presencia para exponerle nuestro problema.

            Cuando se presentó la madre superiora, pensé que ella sería receptiva a nuestra demanda ya que se trataba de una persona más joven y seguro que entendería nuestra situación y nos facilitaría lo que le pedíamos. Le expliqué la situación en la que se encontraba mi compañero, un hombre mayor que estaba caminando con mucha dificultad y únicamente la fe en llegar era el combustible que movía su cuerpo, pero si no le daba el descanso que necesitaba, ni esa fe podría moverle.

            La buena monja, se hizo cargo de nuestra situación, pero nos explicó que esos días tenían alojados en el convento a un grupo de adolescentes, había entre ellos algunas jóvenes y no le parecía muy correcto alojar a dos peregrinos estando el convento con adolescentes. No sé qué pudo pasar por la imaginación de aquella mujer, quizá no comprendió que las pocas fuerzas que aún conservábamos eran para seguir el camino y eso para nosotros era más que suficiente. Le propuse que nos quedaríamos en el cuarto que ella nos dijera, si lo deseaba cerrados con llave ya que lo único que deseábamos era descansar y dormir, pero aquellas palabras no consiguieron ablandar el corazón de quien debía tenerlo para aplicar las enseñanzas que un día pregonó el Maestro, ése al que se habían ligado para toda la vida.

            Maldije en esos momentos la hospitalidad cristiana, creo que mis pensamientos salieron de mi boca para que fueran bien oídos, no concebía cómo quién estaba obligada por sus votos no cumplía fielmente los evangelios, era la primera vez que me ocurría algo parecido.

            Me imaginé a algunos colegas de ese gremio; Blas, José Ignacio, Don José María y tantos y tantos religiosos que amparan y dedican una parte de su existencia a los peregrinos, si ellos supieran lo que estas monjas habían hecho, se sentirían avergonzados de pertenecer a la misma empresa.