almeida – de mayo de 2016.

            El día amaneció gris, la lluvia que había caído durante la noche, aún permanecía en las hojas de los árboles y en los arbustos que estaban al lado del camino. Las nubes daban la impresión que de un momento a otro iban a descargar toda la humedad que acogían en su interior, pero de momento estaban respetando a los peregrinos.

            La primera etapa de un largo camino, siempre es especial y suele marcar el resto del camino, por lo que agradecí que el chaparrón hubiera caído durante la noche y ahora nos respetara a los que cargados de ilusión lo comenzábamos.

            Los senderos en Navarra son espectaculares y, si como este día la climatología aporta un poco de su parte, los convierten en únicos, por lo que me dispuse a afrontar la jornada con todo el ánimo que podía y sobre todo con los sentidos muy abiertos para que pudieran captar todo lo que la naturaleza estaba dispuesta a obsequiarme.

            Fue la vista lo primero que se quedó extasiada con todo lo que se me ofrecía hasta que el horizonte no permitía dejarme ver más, los paisajes son de ensueño con unos montes altos pero suavizados por la erosión y unos valles que solo el paso de millones de años han podido convertir en algo tan hermoso.

            Pero según iba avanzando el olfato fue agudizándose más, primero fue ese aroma que desprenden los bosques tras una fuerte tormenta donde la acumulación del agua caída va humedeciendo los matorrales y extrae de ellos toda su esencia, los troncos podridos que yacen en el suelo, las ramas de los árboles, las hojas y sobre todo el olor que va desprendiendo la tierra húmeda. No era capaz de distinguir tantos aromas ya que trataba de imaginarme qué era lo que los había producido y también mi mente se veía bloqueada por toda la información que constantemente le estaba enviando. Los aromas nuevos se confundían con los que ya había experimentado en otras ocasiones y no era capaz de que recepcionara tanta afluencia de aromas como los que estaba recibiendo.

            De vez en cuando me detenía a contemplar el paisaje y a aspirar todo lo que el bosque me estaba regalando, me estaba retrasando de forma considerable, pero no me importaba ya que estaba disfrutando plenamente de cada instante.

            La humedad que tenían los árboles hacía que se mezclara con la savia y la clorofila de las hojas y memorizaba ese momento en que el nuevo aroma se quedaría para siempre en mi mente.

            Casi en la parte final de la etapa, el terreno se iba suavizando y de vez en cuando, si veía un tramo liso y recto, cerraba los ojos para recorrerlo y dejar que fuera el asfalto el que me guiara.

            Estaban saliendo algunos rayos de sol que al calentar la tierra extraen de ella todos los aromas que ésta ha ido guardando, confiriéndoles una esencia muy especial que daba gusto aspirar.

            Así me encontraba, caminando por un bosque, rodeado de pinos, hayas y robles, en un tramo llano del camino saboreando toda esa esencia que me estaba regalando el bosque. Iba caminando con los ojos cerrados, lo hacía muy lentamente cuando de repente llegó hasta mi nariz un aroma que me resultaba conocido pero era bastante desagradable. ¿Qué hacía un Chanel del número cinco en medio de la naturaleza? Pensé que mis sentidos comenzaban a traicionarme haciéndome sentir cosas que no eran o que al menos allí no tenían ningún sentido ni una razón de ser.

            Casi veloz, pasó a mi lado una peregrina que caminaba con muy buen ritmo. Era una mujer de mediana edad, cabello rubio y una figura estilizada y fibrosa que la delataba como una persona físicamente bien preparada. Toda la ropa que llevaba era de marca y las etiquetas que daban nombre a cada prenda se mostraban muy visibles.

            No sé qué me dijo cuando me sobrepasó, todos los sentidos se me habían atrofiado por la impresión, únicamente pude pensar y lamentar aquel adelanto que me había hecho, porque la fragancia del perfume que llevaba fue inundando todo el bosque mezclándose con lo que la naturaleza había preparado para obsequiarnos ese día y hasta que finalicé la etapa, maldije a aquella peregrina que no había sabido respetar a los demás, estropeándonos una jornada que hubiera resultado mágica pero que al final se vio inundada por ese aroma tan extraño en el camino