almeida – 22 de enero de 2015.

No resulta tan lejano, cuando en algunos pequeños pueblos de la meseta castellana, los peregrinos eran algo habitual pero poco frecuente y

cuando uno entraba por las calles de cualquier pequeña población, enseguida se corría la voz anunciando la llegada de un peregrino y todos salían a las puertas de sus casas para ver cómo caminaba aquel extraño personaje, mientras los cuchicheos se percibían como un fuerte susurro:

 

-¿Desde donde vendrá?

-¿De que sitio será?

Era una novedad para el pueblo y mientras el peregrino iba avanzando por la calle principal del pueblo debía corresponder a los numerosos saludos con los que era obsequiado.

En uno de estos pueblos, vivía Pablo, tenía un pequeño mesón que había heredado de sus antepasados y siguiendo la tradición aprendida de su padre y éste de su abuelo, ofrecía la hospitalidad de su casa al peregrino. Era una costumbre, que aunque no estaba escrita en ningún sitio, ni se había impuesto en ningún momento, estaba convencido que esta acción era la que se esperaba de él y su gesto hacia el peregrino le iba a servir como una de esas buenas acciones que cuando fuera a otra vida se colocarían en su balanza entre las virtudes que había tenido en ésta.

Cuando Pablo se enteró que llegaba un peregrino, salió de su mesón y se plantó en medio de la calle esperando su llegada, lo hacia siempre y los que se encontraban en la cercanía esperaban la reacción del peregrino.

-Bienvenido – le dijo Pablo – ¿viene desde muy lejos?

-Si – respondió el peregrino con un acento que delataba su procedencia extranjera – vengo caminando desde Suiza.

-Mi nombre es Pablo.

-Yo me llamo Charles y creo que me voy a quedar a comer en este pueblo y luego decidiré si sigo caminando – dijo el peregrino.

-En mi casa – dijo Pablo señalando el mesón – es costumbre obsequiar a los peregrinos que llegan al pueblo con unas sopas de ajo y unos huevos fritos, es nuestra forma de mostrar nuestra hospitalidad.

-Gracias – dijo Charles – pero no es necesario que me invite, puedo pagar la comida.

-Insisto – dijo Pablo de una forma enérgica que no admitía ninguna excusa.

-Bueno, como usted diga – afirmó el peregrino mientras seguía a Pablo que ya había comenzado a caminar en dirección al mesón.

En una pequeña cazuela de barro le sirvieron unas humeantes sopas de ajo, era una comida que Charles no había probado nunca y cuando ingirió la primera cucharada el sabor del ajo y el picante del pimentón le desagradaron al contacto con sus pupilas gustativas, pero estaba caliente y le sentó bien por lo que fue ingiriendo mas cucharadas y ahora ya no le sabían tan desagradables, al contrario, el sabor le estaba encantando y cuando terminó, ante la insistencia de Pablo se sirvió una nueva ración.

De una jarra de vino, Pablo escanció parte de su contenido en dos vasos y levantando uno de ellos, brindo con el peregrino porque terminara su camino felizmente.

Enseguida trajeron un nuevo plato con dos huevos fritos con chorizo, al romper la yema del huevo con un trozo de pan, la yema se desparramó como si un radiante sol hubiera explotado inundando el plato de un amarillo intenso.

Charles no recordaba haber probado algo tan sabroso, o quizá fuera el hambre que tenía, el caso es que le supo delicioso, un inesperado manjar que no había previsto encontrar en aquel pequeño pueblo.

Cuando dejó el plato limpio, ya que apuró las rebanadas de pan candeal empapándolas en la exquisitez del jugo que antes inundaba el plato, le sirvieron un cuenco con un arroz con leche que también le supo a gloria.

Cuando termino de comer, Charles le dijo a Pablo que recordaría aquella comida el resto de su vida, ya que nunca había probado algo tan sencillo y a la vez tan exquisito. Quiso de nuevo abonar el servicio que le habían dado, pero al ver la cara que puso Pablo cuando saco de la mochila su cartera decidió que era mejor no seguir insistiendo.

-Esta es mi forma de ofrecer hospitalidad a los peregrinos, como lo hizo mi padre antes que yo y mi abuelo antes que mi padre y seguramente, mi bisabuelo también lo hacia.

-¿Qué hora es? – pregunto el peregrino.

-Pues no lo se – respondió el mesonero – pero calculo que deben ser las dos o dos y media.

-Como todavía es pronto, creo que voy a seguir caminando – dijo el peregrino.

Se despidieron en la puerta del mesón, como todavía quedaban bastantes horas de luz, el peregrino siguió su camino para avanzar una docena de kilómetros más antes de finalizar su jornada.

Fueron pasando los días y al cabo de dos o tres meses, una furgoneta de tamaño mediano se detuvo delante del mesón y de ella salieron dos operarios de una compañía de transportes.

-¿El señor Pablo dueño del mesón?- preguntó uno de ellos.

-Soy yo – dijo Pablo – pero yo no he pedido nada ni estoy esperando nada.

-Es un paquete para usted que viene pagado y solo tenemos que dejarlo.

-Bueno, si no hay que pagar nada, pero ¿está seguro que es para mí y no se trata de un error? – siguió insistiendo Pablo.

-No hay ningún error – dijo el operario – es un envió para el señor Pablo el del mesón y en este pueblo no hay ningún mesón más y usted se llama Pablo.

Los dos operarios se introdujeron en el interior del furgón y después de maniobrar y mover lo que había en el interior, sacaron una gran caja de madera de al menos dos metros de altura y medio metro de ancho.

A pulso fueron caminando hasta el interior del mesón y cuando estuvieron dentro preguntaron a Pablo dónde dejaban la caja y éste hizo señas a varios que se encontraban en el interior para que apartaran una mesa  y media docena de sillas que había cerca de la chimenea y lo dejaron de pie como indicaban las flechas que había en el exterior de la caja.

Pablo se quedó mirando aquel paquete pensando qué podía contener, ya que para él aquello era algo inesperado  y nada en el exterior delataba su contenido.

Cuando por fin se animó a quitar las maderas, vio un hermoso carillón, en el cristal que había delante de las agujas había una nota pegada con celo. Pablo la desprendió y cuando la desplegó vio unos sellos de una cadena de hoteles de Suiza y comenzó a leer las líneas que había escritas con una caligrafía clara:

-Soy Charles, cuando pasé por su casa compartió una suculenta comida conmigo y no quiso cobrarme nada, como le dije, podía permitirme pagar lo que me sirvieron ya que soy propietario de varios hoteles de lujo, pero usted quiso compartir su comida conmigo y ahora es mi deseo compartir algo de mi país con usted, así cuando los peregrinos le pregunten la hora, podrá decírsela con exactitud. Gracias”

Pablo se emociono al leer aquella nota, él que nunca había esperado nada de lo que amablemente ofrecía ahora recibía la cosecha de lo que un día había sembrado.

Ahora, cuando los peregrinos pasan por el mesón, mientras escuchan la armonía con la que regularmente da las horas el hermoso carillón, algunos que preguntan a Pablo cómo aquel lujoso reloj se encuentra en el mesón en lugar de tenerlo en su casa, los que tienen suerte escuchan esta historia de labios de Pablo.