almeida – 10 de marzo de 2016.

            Algunas etapas del camino se hacen excesivamente duras. Sobre el trazado no lo parecen, pero las circunstancias que concurren ese día, pueden convertirlo en una jornada diferente que difícilmente podremos olvidar.

            Pude vivir uno de estos días cuando en pleno invierno me encontraba recorriendo el camino de Madrid. La climatología era muy dura y tenía por delante una cómoda etapa de poco más de veinte kilómetros.

            Únicamente tenía que pasar por un pueblo en el que, según había leído en una guía, disponía de un bar. Se encontraba a unos quince kilómetros del lugar de donde salía. Eran algo menos de cuatro horas de caminata antes de afrontar las últimas dos horas que me dejarían en el final de la etapa. El plan que me había propuesto resultaba muy cómodo para mí, llegaría hacia las doce a este pueblo, comería algo en el bar, descansaría y reiniciaría el camino cargado de energía.

            No contemplé los imprevistos y estos son más frecuentes de lo que a veces nos imaginamos y como pasa con las meigas, haberlas siempre haylas y en esta ocasión no iba a ser diferente.

            Cuando llegué al pueblo, fui directamente hasta el bar, pero se encontraba cerrado. Como era un mes muy frío, la gente no salía de sus casas hasta bien avanzado el día y como por allí, apenas pasaba gente, el dueño del bar consideraba que mantenerlo abierto era un gasto innecesario y en los meses que no tenía clientela no lo abría hasta las cuatro de la tarde cuando algunos paisanos después de comer se acercaban hasta el local para jugar la partida de cartas diaria. Pregunté por otro sitio donde pudiera comprar alguna cosa, pero en el pueblo no había más establecimientos abiertos al público.

            Aquello era un contratiempo, ese bocadillo que había soñado comer para que saciara el hambre que estaba comenzando a hacerse notar y sobre todo para reponer las energías que había perdido y sin las cuales me iba a resultar más difícil terminar esa jornada que se iba a hacer más larga que de costumbre porque cuando el cansancio comienza a hacerse patente el ritmo va descendiendo de forma proporcional.

            El camino me estaba resultando muy largo, ahora mi pensamiento más que en terminar la etapa, estaba obsesionándose con ese bocadillo que comería incluso antes de buscar el albergue. Compraría una barra de pan, la llenaría de embutido y disfrutaría con cada bocado que le diera. A veces pensaba que en lugar de embutido la llenaría de panceta, como el albergue disponía de cocina la freiría y comería algo caliente acompañándolo con una cerveza. Solo pensarlo parece que me animaba y el paso se agilizaba para llegar cuando antes.

            De vez en cuando dejaba mis pensamientos y me recreaba observando el terreno por el que iba caminando hasta que me percaté que los cultivos que había en la zona eran diferentes a los que venía observando los últimos días.

            Me acerqué hasta una de las plantaciones que se estaban recolectando en esos momentos, era una gran extensión de varias hectáreas y el cultivo que veía era verde por lo que me extrañó su recolección. Cuando llegué al límite de la tierra, vi que era una gran plantación de zanahorias que estaban recogiendo con una maquinaria especial que iba llenando los remolques de varios tractores.

            Aquello podía ser un manjar de no haber sido porque las zanahorias no me gustan, bueno más bien no las he probado nunca. En casa siempre las hay y en algunas ocasiones las he probado cocidas cuando las añado a la purrusalda que como de vez en cuando. Pero, así en crudo, no recordaba haberlas probado nunca o si alguna vez lo hice no llegaron a agradarme. Pero me encontraba en una situación límite y aquello era alimento y su ingestión me ayudaría a recuperar las fuerzas que habían desaparecido ya de mi cuerpo.

            Llamé la atención de uno de los trabajadores que estaban haciendo la recolección y le pedí permiso para coger dos zanahorias, él me respondió que podía coger todas las que quisiera ya que no se iba a notar nada en el resultado final de la cosecha.

            Extraje de la tierra media docena de zanahorias y saqué de mi bolsillo la navaja con la que las fui pelando para extraer la primera capa y la tierra que estaba adherida a ellas.

            He de confesar que el primer bocado que di no fue precisamente nada agradable para mí, aquello no era el soñado bocadillo de panceta, pero cuando la necesidad aprieta, no queda más remedio que hacer cosas que en condiciones normales nos parecerían inverosímiles, pero cuando llevaba comida la mitad de la hortaliza, comprobé como las fuerzas volvían a mi cuerpo y me encontraba mucho más ágil y el ritmo con el que caminaba comenzaba a incrementarse.

            Según iba caminando las fui consumiendo una tras otra hasta que divisé el pueblo donde finalizaría la etapa y al llegar, como había pensado fui directo a la tienda a comprar lo que durante tanto tiempo había soñado.

            Reconozco que este bocadillo me supo a gloria, pero con el paso del tiempo, mi subconsciente aún sigue recordando el sabor que las hortalizas llegaron a producirme y sobre todo la energía que me dieron.