almeida – 26 de octubre de 2015.

albergue

            Cuando los kilómetros se van acumulando en las piernas, no todos los peregrinos lo acusan de la misma manera. Algunos comienzan a languidecer haciendo su caminar monótono y cansino. Otros que están más preparados físicamente, llega un momento en el que entran en calor y es cuando la distancia recorrida no significa nada para ellos. La mayoría es consciente de sus fuerzas y las va racionando de forma que le permitan finalizar con garantías la etapa que tienen por delante.

            Cuando llegan al albergue, todos necesitan ese descanso que les permita que la magia del camino se introduzca en ellos, entonces, sin saber cómo, a pesar de los calambres que pueden tener en los pies, las rozaduras y las ampollas al día siguiente todos los males han desaparecido para afrontar una nueva jornada.

            Para que se produzca el milagro, solo ha sido necesario encontrar esa hospitalidad que se ofrece en los albergues. Cada uno es diferente, por lo que pueden llegar a encontrarse más o menos a gusto, pero ese descanso que necesitaban, estirar su maltrecho cuerpo y dormir sobre un colchón en una litera o hacerlo en una colchoneta en el suelo, se encuentra en cualquiera de los muchos lugares de acogida que hay a lo largo del camino.

            Pero en todos los casos, los peregrinos además de la fatiga de su cuerpo, en ocasiones también arrastran una fatiga del alma que los llega a angustiar más que el cansancio físico.

            Esa hospitalidad que en ocasiones tiene que recibir el alma, no se encuentra en todos los lugares de acogida del camino, pero los peregrinos saben aquellos sitios en los que los hospitaleros o las personas encargadas del albergue también saben atender esas necesidades que el cuerpo no sabe mostrar pero que se perciben a través de la mirada.

            Quienes han recorrido en ocasiones el camino y se encuentran ofreciendo sus servicios en estos albergues, tienen la experiencia suficiente para saber llegar a través de los ojos al alma de los peregrinos y algunos poseen la virtud de saber con dulces palabras masajear esas almas atormentadas.

            A la mañana siguiente, en la hora alegre de la despedida, es cuando se puede percibir los efectos de la hospitalidad que se ha ofrecido a los peregrinos que han estado alojados en el albergue. Todos muestran en su rostro la ilusión por la nueva jornada que van a comenzar, se les veía eufóricos y radiantes, han desaparecido todas las fatigas que su cara presentaba cuando llegaron al albergue.

            Pero la mayor satisfacción que puede tener el hospitalero es cuando ve marchar a un peregrino que el día anterior llego con la mirada triste y perdida y ahora le obsequia con una sonrisa, no solo la sonrisa que sale a través de los labios, sino esa sonrisa que hace brillar los ojos y que es incapaz de mentir.

            El peregrino que ha recibido la hospitalidad a su alma, siempre recordará ese lugar como un sitio con la magia suficiente que le ayudó a afrontar el problema que estaba arrastrando cuando llegó y en muchas ocasiones consiguió superarlo.

            A lo largo de los caminos hay muchos lugares en los que esto ocurre, generalmente están impregnados de ese saber hacer que un día le dio una persona y quienes continúan su labor son unos dignos alumnos de quien institucionalizó la práctica de acoger y dar hospitalidad al alma de los peregrinos.