almeida – 12 de  noviembre de 2016.

Era un trío muy peculiar, estaba formado por dos peregrinos jóvenes, uno norteamericano, el otro alemán y un peregrino mayor que casi les triplicaba la edad y venía de Irlanda.

            Supongo que coincidieron en las primeras etapas y como los tres se entendían perfectamente en inglés fueron trabando esa amistad que con el paso de los días les estaba haciendo inseparables.

            Era el peregrino norteamericano el que llevaba la voz cantante ya que dominaba algunas palabras en castellano y cuando llegaron al albergue fue quién se encargó de formalizar los trámites del registro.

            El peregrino norteamericano era el que en peores condiciones venía de los tres. Según se iba acercando vi como arrastraba literalmente la pierna derecha y nada más llegar me interesé por su estado. Tenía una tendinitis y comenzaba a inflamársele la rodilla, por lo que fui a la nevera a buscar una bolsa de gel helado para que se la pusiera en la zona que más le dolía.

            Parece que el frío hizo su efecto y sintió enseguida el alivio, llevaba caminando treinta kilómetros, la mayoría por asfalto y se había ido cargando el pie de una manera importante produciéndole mucho dolor.

            Después de coger su litera, les perdí de vista, no sé si fueron a hacer una visita a la media docena de bares que había en la localidad o se marcharon directamente a la playa. El caso es que les volví a ver cuando regresaban al albergue antes de cerrar y se fueron directamente a la sala que hace las veces de lugar de reunión y de pequeño comedor del albergue.

            He de confesar que estuve a punto de llamarles la atención ya que los dos más jóvenes tenían algunas ampollas que se estuvieron curando y no me gustó que comenzaran a hacerlo en las horas de silencio cuando habían dispuesto de toda la tarde para ello, además fueron poniendo las cosas que utilizaban en las curas encima de la mesa lo cual no me parecía bien, pero como vi que no transgredían ninguna norma de higiene, dejé que terminaran y esperé a que se fueran al cuarto a dormir.

            Habían sido tres de esos peregrinos que pasan sin pena ni gloria por el albergue y cuando transcurran unos días se habrán ido como tantos otros al archivo del olvido.

            Por la noche, cuando me levanté al baño, me di cuenta que uno de los peregrinos había dejado el cuarto donde están las literas y se había ido a la sala sin pedir permiso a nadie. Allí hay una camilla que en ocasiones se utiliza para dar masajes y sobre ella se había tumbado el peregrino irlandés. Estuve a punto de despertarle, pero no lo hice, pensé que podía alterar el sueño de todos los que se encontraban durmiendo y era mejor pensar en el interés general, por la mañana, antes que se marchara se lo diría para que se acostumbre a que no puede hacer lo que quiera en los albergues, al menos debe pedir permiso por si está contraviniendo alguna norma clara.

            Por la mañana, a la hora del desayuno, había cuarenta peregrinos que pasaron por el comedor, más del doble de la capacidad que tiene habitualmente el albergue.

            Fueron terminando con todo lo que les serví para el desayuno y tuve que reponer varias cosas (pan, leche, mermelada,..), daba la sensación que todos querían cargar bien las pilas antes de comenzar a caminar.

            El trío, fue de los últimos peregrinos que bajaron a desayunar y se sentaron en la mesa más grande con capacidad para una docena de personas y casi no me percaté de su presencia, cuando no estaba en la calle despidiendo a los peregrinos indicándoles por donde tenían que continuar el camino, me encontraba en la otra mesa donde se habían sentado algunos con los que la tarde anterior tuve más relación.

            Cuando terminaron de desayunar, el peregrino irlandés, el más mayor de todos y también el que más desapercibido había pasado, salvo por el detalle de cambiarse de cuarto cuando nadie el veía, cogió los vasos y los cubiertos que los tres habían utilizado en el desayuno y los llevó a la fregadera para lavarlos. Luego, pacientemente fue fregando lo que otros peregrinos habían dejado al lado de la fregadera y recogió todas las cosas que había en su mesa, ya no había en ese momento en ella ningún peregrino desayunando y cuando terminó, dejó todos los tarros recogidos en uno de los extremos de la mesa.

            Cuando finalizó, tomó un paño de cocina y fue secando todo lo que había fregado, colocando cada plato, cada vaso y cada cucharilla en el lugar en el que suelen guardarse.

            He de reconocer que aquel detalle me sorprendió ya que sería una de las últimas personas que hubiera imaginado que podría hacer aquello.

            Me acerqué a él y le di las gracias ya que fue de los pocos que sabían cómo comportarse en el albergue, si todos hubieran hecho lo mismo, la labor del hospitalero sería más que cómoda, muy fácil.

            Lógicamente, no le dije nada de lo que pensaba comentarle por haber cambiado el lugar para dormir. Aquel gesto, subsanaba cualquier error en el que hubiera podido caer por la noche. Quise imaginarme que le había tocado al lado algún peregrino de esos que produce tanto ruido que no dejan conciliar el sueño a los que están a su lado.

            Está visto que hasta en estas cosas el camino no deja de sorprendernos, de quien menos esperas, es aquel que sabe comportarse como los demás debieran hacerlo.