SAF –10 de diciembre de 2015.

bordon

Como todas las mañanas, Luisa, después de hacer la limpieza del albergue, se sentó en el comedor junto a su compañera hospitalera ante una humeante taza de café. Ese era su momento, eran los minutos en los que comentaban todo lo que les había aportado la última jornada y las sensaciones que les habían transmitido los peregrinos a los que habían dado acogida. También aprovechaban para planificar ese día. Primero darían el paseo diario al que estaban acostumbradas y luego harían las compras de las provisiones que necesitarían esa jornada.

                Decidieron acercarse hasta un monasterio que había a poco más de tres kilómetros del pueblo. Contemplarían los restos de esa obra medieval y de paso saludarían a los hospitaleros que allí se encontraban. Era hora y media de camino en la que además de hospitaleras, se sentirían también peregrinas ya que a la vuelta caminarían junto a algunos peregrinos que habían comenzado una nueva jornada del camino en el pueblo anterior cuando el sol franqueaba el horizonte.

                Antes de llegar a las primeras casas del pueblo, había una zona con abundantes matorrales. Las cañas de casi dos metros de altura, se encontraban secas por los efectos que el sol había estado aplicándole todo el verano extrayendo toda la humedad que meses antes tuvieron hasta que alcanzaron su máximo desarrollo.

                Algo llamó la atención de Luisa, vio entre las cañas un palo que sobresalía y destacaba y no sabía lo que era, se acercó hasta donde se encontraba lo que llamó la atención de la hospitalera.

                En medio de las cañas, se encontró un bordón, estiró su mano y lo cogió. Comprobó que se trataba de una vara normal de avellano, aunque había algo que lo hacía diferente ya que quien lo había utilizado se dedicó a hacer algunas muescas con una navaja y le conferían una personalidad y las muescas le hacían distinto de los demás.

                Luisa cogió el bordón y fue apoyándose en él hasta que llegó al albergue. En la puerta ya había algunos peregrinos que se encontraban esperando a que se abriera para poder asearse y descansar de la jornada que acababan de terminar.

                Las hospitaleras accedieron al interior por una puerta lateral y acondicionaron el albergue antes de abrir la puerta para que los peregrinos pudieran utilizar todas las instalaciones una vez que se encontraran en su interior.

                Siguiendo el turno en el que fueron llegando, accedieron al interior y una vez que las hospitaleras les iban tomando los datos, eran acomodados en el amplio cuarto en el que se encontraban las literas.

                Cuando ya habían pasado media docena de peregrinos, entró a la sala de recepción Alejandro, era un peregrino joven de poco más de veinte años, bien parecido y que daba la impresión de ser uno de los muchos estudiantes que frecuentaban en los meses de verano el camino de las estrellas. Al ver el bordón junto a la hospitalera exclamo:

-¡Ese es mi bordón!

-Pues cógelo, yo te lo he traído para ti – dijo Luisa.

-Es que no quería llevarlo y por eso lo he dejado en el camino.

-Quizá haya sido él, quien no deseaba abandonarte y por eso ha permitido que yo lo viera y te lo trajera – dijo la hospitalera.

-Pero si lo he abandonado, era porque no lo quería.

-Bueno, pues si no lo quieres, lo dejamos aquí e igual hay alguien que sí lo quiera – dijo Luisa.

-¡Pero es mío!, nadie tiene que llevarlo, ni yo quiero que lo lleve ningún peregrino.

-Pero si lo dejaste abandonado, ya no te pertenece, ahora es de quien lo encuentre o del que lo coja. Mira, vamos a hacer lo siguiente, dejamos el bordón con el resto que van dejando los peregrinos a la entrada del albergue. Mañana si deseas que él siga acompañándote en el camino, lo coges y si no, lo dejas ahí para que otro lo utilice.

Esa tarde, el peregrino, buscó a la hospitalera y en el momento que se encontraba en el patio, provocó un encuentro con ella. La explicó que el bordón era un regalo con mucho significado para él, ya que se lo había regalado alguien que le apreciaba mucho, pero en los últimos días, se había dado cuenta que ese cariño había desaparecido y decidió desprenderse de los recuerdos de la persona amada.

-Debes pensar porqué ha vuelto de nuevo a ti, quizá te hayas precipitado en tu actuación y lo que pensabas que había desaparecido, no lo haya hecho del todo, no obstante, ya sabes donde se encuentra y tú eres quien decidirá lo que debes hacer con él.

Alejandro, se pasó toda la tarde en el patio del albergue, se le veía reflexionando y la hospitalera se percató y se fijó en ello y aunque estuvo muy próxima al peregrino, no volvió a intercambiar más palabras con él durante todo el día.

Por la noche, Luisa soñó con el bordón que se había encontrado por la mañana durante el paseo, sabía, que era algo más que una simple vara de avellano, guardaba esa magia que el camino sabe impregnar a las personas y a las cosas que se encuentran sobre él. Si a la mañana siguiente continuaba aun allí, caminaría todos los días con él para ver si se impregnaba de esa esencia y ese misterio que parecía poseer, aunque algo le decía que aún tenía que dar muchas respuestas a su dueño antes que a ella.

Por la mañana, cuando todos los peregrinos fueron al comedor a desayunar, también lo hizo Alejandro y después de haber alimentado su cuerpo, se despidió de las hospitaleras agradeciendo la acogida recibida y también quizá por algo más, eso no se puede explicar, solo se puede percibir en el contenido que suelen encerrar algunos abrazos que se ofrecen en el camino.

Luisa, se fue detrás de él sin que este lo viera, para ver lo que hacía con el bordón. El peregrino se detuvo ante el recipiente que contenía la docena de bordones que los peregrinos habían dejado allí y estiró la mano y saco el suyo, lo cogió con fuerza con su mano derecha y comenzó a caminar apoyándose en él.

La hospitalera, observó como el peregrino se alejaba del albergue haciendo que el sonido de su bordón al golpear en el asfalto se retumbara en toda la calle.

Antes de doblar la esquina, como si sintiera que estaba siendo observado, se dio la vuelta y al ver a Luisa que asomaba su cabeza por la puerta del albergue, levantando la mano en la que llevaba el bordón, gritó:

-¡Gracias!

Luisa, vio como doblaba la esquina y desaparecía, en ese momento supo que ese bordón además de ayudarle en su camino, le ayudaría también al peregrino a encauzar el camino de su vida.