almeida – 11 de agosto de 2014.

Al Maestro le gustaba observar a los peregrinos que llegaban en grupo hasta Santuario. Aunque no dijeran nada, solo con ver sus reacciones y su comportamiento, enseguida les definía y sabía el lugar que cada uno ocupaba en aquel grupo. Quién llevaba la voz cantante, quién era el más tímido o quién necesitaba más ayuda.

Aquel grupo no era diferente a los demás, estaba formado por un chico y una chica alemanes que hablaban perfectamente castellano y un joven español amigo de ambos.

Los tres vivían en una ciudad andaluza y eran amigos desde hacía algún tiempo. Fue ella la que un día les propuso ir juntos a hacer el Camino ya que lo conocía de anteriores ocasiones en las que lo había recorrido y sabía que iba a fortalecer la amistad que tenían.

Pero muchas veces las cosas no suceden como se planifican, en la semana que llevaban de camino fueron haciéndose muy patentes las grandes diferencias que había entre ellos, los dos jóvenes se fueron alejando cada vez más de ella y cuando llegaron a Santuario, ya era perceptible el malestar que había en aquel grupo; aunque ellos no lo manifestaran abiertamente.

Durante el tiempo que permanecieron en Santuario, los jóvenes apenas hablaron con la chica, ella se sentó en uno de los bancos más alejados del jardín y se pasó allí toda la tarde.

En estas situaciones, aunque el Maestro se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo, no le gustaba intervenir a no ser que el propio interesado lo solicitara. Entonces se convertía en su consejero y siempre acertaba con las recomendaciones que daba.

Por la mañana, observó que los jóvenes comenzaban el Camino sin ella. El Maestro, esperó a que bajaran a desayunar y cuando la joven bajó al comedor, le pidió al Maestro que la dejara quedarse un día más porque no se encontraba muy bien para hacer ese día la etapa.

El Maestro la dijo que no había ningún problema, ella debía hacer su camino y si este le había dicho que tenía que quedarse un día más en Santuario, era una señal a la que tenía que hacer caso.

—No puedo seguir con ellos —explotó la joven.

—Pues díselo, no puedes evadir el problema que ha surgido entre vosotros, abórdalo y verás como te encuentras mejor.

—Tampoco quiero seguir con ellos murmuró.

—Eso es porque tienes que hacer tu camino y en tu camino ellos no se encuentran, debes afrontarlo tu sola y ver que es lo que te va a deparar y que nuevas personas van a entrar en tu vida.

—Pero no puedo decírselo por teléfono, me resulta tan frío que no me encuentro con fuerzas —dijo ella.

—Pues te recomiendo que cojas el autobús, sabes por donde van a pasar y las horas a las que lo van a hacer, les esperas, hablas con ellos y luego regresas en autobús y mañana, cuando ellos se encuentren lejos, reinicias tu camino.

Así lo hizo, al cabo de cinco horas, la joven regresó y le confesó al Maestro que ahora se encontraba mucho mejor. El día que pasó en Santuario se la veía feliz y más animada que el día que llegó. Intercambió con otros peregrinos una conversación que parecía no tener fin.

Cuando el Maestro la vio al día siguiente comenzar de nuevo su camino, sabía que ahora sí estaba haciendo el que a ella le correspondía, ese que le iba a deparar las cosas que le permitirían afrontar todo de una forma muy diferente a ese camino que con mucha ilusión comenzó una semana antes.