almeida – 7 de febrero de 2016.

En sus muchos años de peregrino, Juan pensaba que lo había visto casi todo, pocas cosas y costumbres podrían sorprenderle,

casi no se extrañaba de ninguna de las extravagancias que algunos llegaban a contarle como si le consideraran un novato en esta aventura diaria que es el Camino.

Ahora dedicaba su tiempo a acoger a los peregrinos en algunos de esos lugares que tanto habían significado para él y estando en el albergue que hay junto al templo octogonal de Santa María de Eunate, un día vio acercarse a Eliseo, un peregrino que solicitó acogida en el albergue. Era uno más de los muchos peregrinos a los que daba hospitalidad y seguramente el paso del tiempo hubiera hecho que se borrara de su mente si no llega a ser por la historia que éste le contó cuando se encontraban a la puerta del albergue contemplando las arcadas del templo de las cien puertas.

El peregrino había nacido en las tierras del fin del mundo en las que según la tradición en tiempos lejanos llevó la palabra del Maestro uno de sus discípulos y adoctrinó a los bárbaros pobladores de aquellas tierras.

Como gran parte de sus paisanos se había sentido desde muy pequeño atraído por la mar, primero en las pequeñas embarcaciones que faenaban en las rías gallegas y más tarde en embarcaciones que iban a la pesca de altura, fue desarrollando su destreza en el antiguo arte de la pesca hasta que un día le hicieron una jugosa oferta que no supo ni quiso rechazar. Se enroló en un gran barco de una multinacional de la pesca que durante varios meses faenaba en las aguas más inhóspitas y todo lo que capturaban lo elaboraban a bordo conservándolo en cámaras frigoríficas por lo que se pasaba en ocasiones varios meses sin poner sus pies sobre la tierra.

La embarcación fue adentrándose en capturas en aguas cada vez más frías y su área de pesca se fue ciñendo a los mares que había más al norte hasta llegar a aquellos lugares en los que no podían seguir más adelante ya que el hielo les frenaba su avance.

Estas eran aguas muy traicioneras y en ocasiones las fuertes tempestades que en ellas se desataban eran muy peligrosas por lo que su vida estuvo también muchas veces pendiente de un hilo. Cada vez que regresaba a puerto se sentía afortunado por contar las experiencias de la última salida que habían tenido y trataba de disfrutar de forma muy intensa cada momento que no se encontraba faenando.

El destino quiso que todo esto cambiara. Cuando se encontraban en la pesca del bacalao un día se desató una gran tempestad que fue adquiriendo la forma de galerna y el barco se balanceaba como un muñeco en las garras de un animal. Sin rumbo alguno, estaba a merced de las grandes olas que el fuerte viento producía hasta que una ola le impactó de costado y la hizo zozobrar. Eliseo sabía que aquello era el fin y se dispuso a asumirlo con la mayor tranquilidad posible, se aferró a un gran palo de madera que había salido despedido del barco y esperó que llegara la hora de rendir cuentas al supremo. Las frías aguas que lo rodeaban no tardarían mucho tiempo en bajar la temperatura de su cuerpo hasta que la sangre de sus venas no pudiera seguir circulando y entrara en un profundo sueño del que ya no despertaría más. Pero Eliseo se aferraba a la vida, era tan corta y tan hermosa y tenía aún tantas cosas que ver que no quería que se le escapara tan pronto. Por eso, mientras sentía cómo se iban congelando los órganos vitales de su cuerpo hizo una promesa, si lograba salir de aquella situación, dedicaría el resto de su vida a peregrinar por todos los santuarios que hubiera en el mundo dedicados a la Virgen. Imploró su intercesión a la madre de Dios para que lo sacara de aquella situación en la que se encontraba.

Algunos barcos que había por las cercanías habían recibido la llamada de socorro y se dirigieron a las últimas coordenadas que el banco de Eliseo había emitido por radio dando su posición. Cuando llegaron al lugar del desastre fueron sacando los cuerpos que se iban encontrando y entre ellos izaron el de Eliseo. Según los iban extrayendo del agua comprobaron que todos se encontraban muertos por el efecto de la hipotermia, pero el de Eliseo aún mantenía un pulso muy débil por lo que le condujeron inmediatamente a un cuarto que contaba con una máquina especial para reanimar el cuerpo casi inerte. Eliseo no se enteró de nada ya que había perdido el conocimiento mientras se encontraba en el agua aferrado a la madera y solo lo recobró dos días después cuando la cámara en la que fue introducido cumplió el objetivo para el que había sido diseñada.

Fue en ese momento cuando le dieron la terrible noticia, había sido el único superviviente del naufragio, habían recuperado del agua más cuerpos pero todos se encontraban inertes y el único que se había podido salvar era él. Eliseo pensó que había sido un afortunado, pero también creyó que la Virgen a la que se encomendó había intercedido por él devolviéndole a la vida y dándole una oportunidad para que pudiera conocer todas aquellas cosas que todavía tenía por ver y sobre todo cumplir esa promesa que en el momento de mayor desesperación le había hecho a la Virgen.

Cuando se encontró recuperado, se despidió de todos y comenzaría a saldar su deuda, iría caminando a todos los lugares en los que le dijeran que había un templo dedicado a la memoria de la Virgen. Lo haría caminando sin utilizar ningún ingenio mecánico, solo cuando no hubiera posibilidad de desplazarse caminando por tener que superar una masa de agua, lo haría a bordo de un velero.

De esa forma, comenzó en su Galicia natal y caminaba siempre hacia el oriente, en contra de la dirección y el recorrido del astro rey. De esta forma visitó todos los templos y santuarios de todos los continentes y cuando llegó a los confines del mundo, para pasar al continente americano, se ayudó de los esquimales y por el helado estrecho de Bering llegó a tierras americanas que las recorrió de norte a sur y regresó nuevamente al norte para volver a su origen por lugares diferentes de los que había ido.

Así llevaba caminando más de diez años sin parar, como el personaje al que un día dio vida en el cine Tom Hanks, se encontraba feliz caminando y sentía que no podía parar, ese era su destino y a ello dedicaría su vida. Pero después de diez años, cuando llegó a uno de los últimos santuarios de la Virgen que le quedaban por ver, se sentía cansado y creyó que ya había cumplido con creces la promesa que un día hizo a la madre de Dios, ahora solo deseaba descansar, se iría a las cálidas tierras andaluzas y allí seguiría alabando a su benefactora pero lo haría de otra manera, sin tener que moverse ya más del lugar en el que sin que pasara mucho tiempo esperaría para rendir cuentas al supremo de lo que había sido su vida hasta aquel momento.

Juan no podía creer todo lo que estaba escuchando, se mostraba muy escéptico y desconfiaba de aquello que le parecía una exageración, pero parecía tan real lo que Eliseo le decía que sin llegar a desconfiar del todo, al menos lo pondría en cuarentena. Eliseo se percató de la desconfianza de Juan y hurgó en su mochila buscando una carpeta en la que llevaba numerosos recortes de periódicos de todos los países y en todas las lenguas que certificaban el paso de ese peregrino por sus tierras.

Al día siguiente el peregrino reinició su marcha, aún tenía algunos templos y santuarios que recorrer antes de conseguir su merecido descanso y Juan se quedó en su albergue contemplado al peregrino que seguramente estaba realizando el camino más largo del mundo.

Cuando se quedó solo, Juan se olvidó de todas las dudas que habían pasado por su mente cuando Eliseo le narraba sus aventuras, se sentía satisfecho por haber conocido a uno de los más grandes peregrinos que se habían cruzado con él. Sabía que a partir de ahora ya nada de lo que le contaran podía extrañarle, porque hasta la historia más original que había escuchado, había conseguido conmoverle.