almeida – 19 de febrero de 2015.

            A pesar de su juventud, Daniel no había llegado todavía a los cuarenta, no podía seguir el ritmo de sus amigos, se fatigaba de una forma alarmante lo que le obligó a hacerse unas exhaustivas pruebas en las que le detectaron que tenía una lesión en su corazón.

            Era necesaria una intervención ya que el mal se estaba agravando y cuanto antes lo atajaran, más posibilidades tenía de poder recuperarse y hacer una vida normal.

            Pero cuando vieron las lesiones, los cirujanos se dieron cuenta que aún eran más graves de lo que los análisis habían detectado, no hubo ninguna discrepancia entre los médicos, tal y como estaba de dañado el corazón era necesario un trasplante ya que al ritmo que avanzaba el daño, en poco tiempo dejaríia de funcionar.

            De esa forma, Daniel entró en una lista en la que es necesaria la desgracia de un semejante para seguir teniendo alguna esperanza de vida y pacientemente esperó a ese anónimo donante que pudiera salvar la suya, ya que de lo contrario, no le habían pronosticado más de un año de vida.

            Ajeno a esta circunstancia, a muchos kilómetros de distancia, Ramiro se disponía a coger sus ansiadas vacaciones esas que le permitieran volver una vez más al camino. A lo largo de ese año, todas las fiestas, puentes y horas extras, las había ido acumulando para poder disponer de cuarenta días, quería hacer la vía de la Plata saliendo desde Sevilla y deseaba disfrutar con calma de este nuevo camino para el que había calculado que tendría que emplear entre treinta y cinco y cuarenta días.

            Era un peregrino experimentado, ya había recorrido la mayoría de los caminos durante su mes de vacaciones, pero siempre había soñado con este camino que para él era especial y lo fue retrasando ya que no disponía nunca de más de treinta días de vacaciones, pero ahora era diferente, había llegado a un acuerdo en su trabajo para poder disponer del tiempo necesario para poder cumplir este sueño.

            Había elegido la primavera, era cuando las temperaturas son más agradables y la naturaleza se muestra en todo su esplendor, sabía que si lo recorría como los demás caminos en los meses de verano, las fuertes temperaturas más de un día acabarían pasándole factura y quizá le impidieran completarlo con éxito.

            Como había previsto, el camino estaba resultando especial, todo parecía estar lleno de vida, los campos en los que el cereal ya estaba crecido, todavía las espigas no habían sufrido los efectos del sol y se erguían verdes, también las cepas estaban comenzando a dar pequeños frutos que comenzarían a desarrollarse para hacer las delicias de muchos paladares, hasta los pájaros que comenzaban a ver a sus retoños parecían saludarle a su paso y las crías en los nidos con su piar demandando comida llamaban su atención, todo en el camino era vida que se estaba abriendo en esta época del año en la que el ciclo de la vida parece empezar de nuevo.

            Había planificado bien las etapas que tenía que hacer, eran varios años pensando en este exigente camino, por eso lo había estudiado a conciencia, sabía de la exigencia de algunas etapas y éstas las había puesto en su cuaderno de ruta con letras rojas.

            Algunas etapas que eran especialmente largas, decidió comenzar a caminar una o dos horas antes que amaneciera, de esa forma contaba con tiempo suficiente para llegar al final de la misma y poder ver el lugar en donde iba a descansar, le gustaba una vez que se hubiera acomodado en el albergue visitar todos los lugares de interés de cada población, por eso, ese día, hora y media antes que el sol amaneciera por el este, ya estaba en la puerta del albergue dispuesto a comenzar un nuevo día.

            En esta ocasión el tramo por el que debía caminar, entraba y salía constantemente en la carretera y aunque ésta no estaba siendo muy concurrida por los vehículos, de vez en cuando sentía como alguno pasaba a gran velocidad obligándole a detenerse y quedarse en el arcén mientras el vehículo pasaba.

            Cuando escuchó como un coche se acercaba, hizo lo que el sentido común le decía y se detuvo en el arcén, pero en sentido contrario venia también un camión que obligo al vehículo a hacer una extraña maniobra y el conductor no se percató que había nadie en la carretera y arrollo a Ramiro.

            El impacto fue brutal, el conductor del turismo no se percató de la presencia del peregrino hasta que lo tuvo encima y a pesar de dar un volantazo para tratar de esquivarlo, solo sintió el golpe que le dio con el lateral del vehículo.

            Ramiro se encontraba en la cuneta a una docena de metros de donde se había producido el impacto y cuando fueron a socorrerle no se movía, por lo que llamaron a un servicio de urgencia que acudió en menos de diez minutos.

            Los sanitarios que iban en la ambulancia, trataron de reanimarle, pero viendo que no reaccionaba, le trasladaron urgentemente al hospital más cercano en donde solo pudieron certificar su fallecimiento, ya que el brutal golpe había acabado con su vida.

            Cuando fueron a comprobar los datos del accidentado, en su cartera vieron un carné de donante de órganos y de inmediato se activó el protocolo que se suele aplicar en estos casos.

            Antes de las siete de la mañana, Daniel recibió una llamada, esa llamada que tanto había estado esperando, por fin había llegado y se trasladó de inmediato al hospital donde estaban preparando todo para la intervención.

            No pudo por menos que tratar de imaginar quien había tenido la desgracia para que él siguiera teniendo una esperanza de vida, pero eso no lo iba a saber nunca, era algo que le habían dicho cuando le explicaron el procedimiento que se aplicaba en cada caso de trasplante y ni él ni los familiares del donante sabrían nunca la procedencia o el destino del órgano vital que salvaría una vida.

            Cuando Daniel llegó al hospital, todo estaba ya preparado, solo esperaban a los servicios de urgencia que llegaran con el órgano para proceder a la intervención, por lo que le llevaron al quirófano ya que cada minuto era vital para esos casos.

            La intervención fue todo un éxito y la compatibilidad del órgano con el organismo de Daniel fue perfecta ya que no hubo el menor síntoma de rechazo, todo había salido como a él le habían dicho que iba a ocurrir y también por qué no decirlo, como Daniel esperaba que ocurriera, ya que por más garantías que le daban él no estaba muy convencido que fuera posible aquel milagro y que volviera a ser el de antes.

            Después de la convalecencia habitual en estos casos, Daniel recibió el alta en el hospital, debía seguir al pie de la letra las recomendaciones que le dieron en el hospital y someterse a las revisiones periódicas que se establecen para estas situaciones, pero la evolución que el paciente iba experimentando era muy buena y antes del tiempo que se había establecido, le dieron el alta definitiva para poder hacer una vida normal.

            La vida de Daniel había cambiado, aquel milagro que se había producido y sobre todo la generosidad de un ser anónimo que con su muerte había permitido que él viviera, le hicieron ver las cosas de otra manera, se había vuelto mucho más generoso y comenzaba a preguntarse muchas cosas que antes ni se le hubieran pasado por la imaginación de indagar en terrenos que para él resultaban enigmáticos y desconocidos.

            También se volvió más creyente, ahora frecuentaba la iglesia con alguna asiduidad y se interesaba por esas cosas que en ocasiones superan la comprensión de los mortales.

            En una ocasión cuando se encontraba en la biblioteca de su pueblo, un libro llamó su atención, era sobre las peregrinaciones a Santiago, no sabe cómo, el caso es que su mirada fue a parar a aquel libro y lo cogió para interesarse por su contenido.

            La lectura de aquellas personas que caminaban día tras día buscando una respuesta a las numerosos preguntas que a veces se hacían interesó vivamente a Daniel y esa noche leyó y releyó el contenido de aquel libro y fue tanto lo que le apasionó que al día siguiente volvió de nuevo a la biblioteca y cogió media docena de libros más que trataban sobre el mismo tema.

            Cada libro que leía, tenía la sensación que contenía historias que no eran nuevas para él, sin embargo no recordaba haber leído antes aquel tipo de historias, pero poco a poco fue adquiriendo todo lo que contenía algo sobre el Camino de Santiago y devoraba las páginas con una rapidez asombrosa, además lo que más le extrañaba era que asimilaba enseguida todo lo que estaba leyendo.

            Fue concibiendo la idea de ser él el protagonista de alguna de aquellas historias, pero no se lo quiso decir a nadie, antes de hacerse ilusiones, deseaba saber si él sería capaz también no solo de soñarlas, sino de poder vivirlas.

            Pidió una cita con los especialistas que le habían estado tratando, estos se extrañaron de aquella consulta ya que le habían comentado que a no ser que sintiera alguna molestia, no era necesario volver a pasar por ninguna revisión más, por lo que cuando vieron su expediente entre los que debían atender ese día pensaron que algo no iba bien en el estado de Daniel.

            Éste les tranquilizo enseguida, les dijo que se encontraba muy bien, pero deseaba consultar algo que no sabía cómo empezar, ya que en sí la sola idea de pensar en un esfuerzo tan grande para alguien que está en las condiciones que él se encontraba, era cuanto menos una temeridad.

            Daniel fue contándoles las sensaciones que había tenido desde que fue operado y como su vida había cambiado de una forma drástica interesándose por algunos temas en los cuales antes ni había pensado, después de ir allanando el terreno, ya fue directo al grano y les expuso la necesidad que sentía de ir al camino, había algo que le impulsaba a recorrerlo, no sabía cómo explicarlo, pero sabía que debía hacerlo.

            Los médicos le advirtieron que un esfuerzo como el que él proponía, lo desaconsejaban por completo, no podían arriesgarse a que un sobreesfuerzo diera al traste con todo el avance que había tenido en los últimos meses, además, no le aconsejaban caminar cada día más de quince o veinte kilómetros, pero sin llevar un sobrepeso encima y para hacer el camino era necesario que sus cosas las llevara en una mochila y por mucho que quisiera, ésta no iba a pesar menos de diez kilos lo que era inviable dado su estado.

            Pero Daniel ya había pensado en eso, le había dado tantas vueltas a su idea que no se le escapaba ninguno de los inconvenientes que su sueño tenía y había buscado soluciones para ello. Tenía una amigo que estaba sin trabajo, le pediría que él le acompañara llevando un coche de apoyo en el que llevaría todas sus pertenencias, solo llevaría encima una pequeña mochila con una botella de agua y unas piezas de fruta. Cada día caminaría como máximo 20 kilómetros y si en esa distancia no encontraba ningún lugar donde pasar la noche, quedaría con su amigo en el lugar donde hubieran fijado como límite y le llevaría en coche hasta un lugar donde pudieran dormir y al día siguiente le dejaría de nuevo donde le había recogido y se comprometía a que los días que se encontrara excesivamente cansado, sin tener en cuenta la distancia que hubiera recorrido, llamaría a su amigo para que le fuera a buscar dando ese día por finalizada su jornada.

            Los médicos no pudieron poner ninguna objeción a lo que Daniel le estaba plateando ya que ellos le habían recomendado que era necesario que sin fatigarse, caminara varias horas cada día ya que eso le ayudaría en su total recuperación, por lo que dieron el visto bueno a la propuesta que les estaba haciendo siempre y cuando se comprometiera a llamarles al menos una vez a la semana para informarles de los síntomas que estaba teniendo.

            Una vez que tuvo el visto bueno de los médicos, Daniel ya pudo compartir con los más allegados lo que se disponía a hacer. Al contrario que le ocurrió con los médicos, en esta ocasión sí encontró más reticencias a su proyecto y con algunas personas tuvo que ser especialmente persuasivo para hacerles comprender la necesidad que tenía de llevar a cabo su proyecto, ya que en esos momentos era lo que más necesitaba.

            No era necesario prepararse para esta aventura ya que todos los días como le habían aconsejado los médicos, estaba acostumbrado a caminar al menos tres horas y ahora solo tenía que añadir alguna más pero lo haría con la ilusión de ser porque así era su deseo, no porque se lo hubieran impuesto.

            Le expuso a su amigo Agustín lo que quería hacer, éste al principio se extrañó un poco, pero conocía a Daniel y sabía que era capaz de estas cosas que a nadie se le pasaban por la cabeza. Como se encontraba sin trabajo desde que la fábrica en la que llevaba trabando desde que había dejado la escuela cerró, le parecía una buena idea, de esa forma él también se mantendría ocupado y no estaría pensando constantemente en la situación en la que se encontraba.

            Con toda la información que disponía del camino y sobre todo de la forma de hacerlo, no le resulto nada complicado preparar las cosas que iba a necesitar, aunque tampoco le preocupaba demasiado ya que éstas irían en el coche que iba a llevar Agustín. Decidió equiparse no solo con lo que fuera necesario, sino que pensó en todos los imprevistos que pudieran surgirle y guardó todo lo necesario en tres grandes bolsas, además adquirió también una tienda de campaña por si algún día deseaban dormir al aire libre o no querían moverse del lugar en el que se encontraban.

            Como iba con un vehículo de apoyo y deseaba ser honesto con los demás peregrinos y sobre todo con los hospitaleros  de los albergues en los que se detuviera, guardó en una bolsa todos los informes médicos que le habían ido dando en el hospital y si en algún caso le ponían problemas a Agustín que iba haciendo el camino en coche, se irían a un hotel o dependiendo del lugar en el que se encontraran plantarían la tienda de campaña y dormirían en ella.

            Ahora solo le quedaba elegir el camino que iba a recorrer, tenía especial interés en tres de las rutas que conducen a Santiago y había estudiado en detalle cada una de ellas. El camino Francés era la primera opción que tenía, pero la descartó debido a la masificación de peregrinos que decían que estaba teniendo, otra ruta que le interesaba de manera especial era el camino de la costa, él que procedía de un pueblo del interior deseaba ese contacto con la mar, pero viendo algunos perfiles de las etapas pensó que no sería lo más prudente, por lo que se decantó por la vía de la Plata que pasaba por la provincia en la que él vivía.

            Cuando todo estuvo dispuesto, se pusieron en camino, en lugar de comenzar en Sevilla, pensó que lo haría desde Mérida y el tramo entre Sevilla y Mérida lo haría más adelante y a ser posible solo, sin coche de apoyo, eran únicamente doscientos kilómetros y si la aventura terminaba sin contratiempos, ese tramo sería el siguiente que hiciera, pero en esta ocasión con mochila.

            Tal y como habían planificado, Daniel comenzó a caminar y Agustín se fue con el coche hasta el punto donde habían calculado que habría veinte kilómetros y le esperaría allí, de todas formas estaban en contacto a través del teléfono y cada dos horas Agustín recibía la llamada de su amigo para comentarle como se sentía.

            Habían calculado que emplearía entre cinco o seis horas en recorrer este trayecto y a la hora prevista, Agustín desde lo lejos vio cómo se acercaba su amigo, llegaba algo cansado, pero se encontraba radiante y su rostro transmitía la felicidad que sentía por lo que estaba haciendo.

            El programa que habían establecido estaba funcionando a la perfección y cuando había un pueblo que se encontraba unos kilómetros más allá de los veinte programados, ese día alargaban un poco más la distancia, de la misma forma que si faltaban un par de kilómetros o tres la acortaban.

            Para Daniel estaba siendo una experiencia maravillosa, ser el protagonista de su sueño le estaba transmitiendo una sensación especial a la vez que le proporcionaba unas energías que cada día que pasaba eran superiores al anterior.

            Pero Agustín no estaba disfrutando tanto del camino, al fin y al cabo, cada día para él eran solo quince o veinte minutos que eran los que tardaba en trasladarse desde donde dejaba a Daniel hasta el lugar en el que habían quedado en encontrarse.

            Cuando había alguna población importante, Agustín aprovechaba para hacer algo de turismo y visitar con calma los lugares más interesantes de cada pueblo, pero la mayoría de los días solo pasaban por uno o como mucho dos pueblos que apenas tenían nada que ver y las horas que pasaba solo se le hacían eternas.

            Daniel se percató de ello y le dijo que aprovechara para ver, no solo los pueblos por los que pasaban, sino también los pueblos que había en los alrededores, pero eso era algo que no seducía mucho a su amigo.

            Cuando llevaba una semana caminando, llamó como se había comprometido a los médicos y apenas tuvo que explicarle las sensaciones que estaba teniendo, estos solo con escuchar su voz supieron enseguida que era el mejor tratamiento que podía tener para recuperarse por completo.

            Agustín había estado dándole vueltas a una idea que le había surgido para que los días no fueran tan aburridos como le estaban resultando, pero no le dijo nada a su amigo y Daniel, un día que llevaba más de dos horas caminando vio a lo lejos como alguien venia caminando en sentido contrario al que él lo estaba haciendo, se imaginó que era un peregrino que estaba haciendo el camino de vuelta o algún lugareño que estaba dando un paseo, pero según se fue haciendo más nítida la silueta de aquella persona, pudo reconocer a Agustín que venía caminando a su encuentro.

            Al encontrarse, se fundieron en un abrazo y Agustín le comentó que para que a él no se le hiciera tan pesado cada día, había pensado dejar el vehículo en el lugar donde habían quedado en encontrarse y salir a su encuentro de esa forma harían la mitad del camino untos y disfrutarían el uno de la compañía del otro. A Daniel le pareció una idea estupenda y quedaron en que a partir de entonces lo seguirían haciendo de esa forma, así para los dos cada jornada sería más agradable ya que podrían ir conversando y no se harían tan largos los días.

            Solo en una ocasión, Agustín que tenía más dificultad para ver las flechas que le indicaban el camino por el que debía seguir, no se percató en un cruce del camino correcto y tomó uno que le conducía a otro lugar, ese día se extrañaron cuando pasaron más de tres horas sin encontrarse y cuando se llamaron por teléfono, se percataron que éste se había confundido y Daniel tuvo que esperarle un par de horas ya que la confusión le hizo recorrer más de una docena de kilómetros de los que había previsto.

            Todo estaba saliendo mucho mejor de lo que habían previsto y los dos estaban disfrutando de aquel camino como no se habían podido imaginar cuando lo estuvieron planificando.

            Una mañana, cuando Daniel llevaba recorrida menos de una hora, algo llamó su atención, a poca distancia, en el arcén de la carretera vio un extraño túmulo de piedras, esos hitos que a veces los peregrinos suelen hacer con piedras en los cruces de caminos, pero allí no tenía ningún sentido ya que no había ningún cruce que los peregrinos tuvieran que tener en cuenta, también había algunas florecillas secas que habían cortado en el campo y las habían dejado allí.

            Cuando Daniel se acercó, se detuvo ante aquel improvisado monolito que los peregrinos habían ido construyendo, había una pequeña madera sujeta con unos alambres y en ella ponía “A Ramiro que falleció mientas hacía su camino.24.05.2003” El corazón de Daniel se aceleró de una forma desacostumbrada, esa fecha era la misma en la que le habían trasplantado el corazón de otra persona, aunque nunca le dijeron la procedencia, solo le comentaron que era de alguien que había muerto en un accidente de tráfico. Algo le decía que ese corazón que él tenía en su pecho el que le había dado de nuevo la vida, fue allí donde estuvo a punto de quebrarse. Una sensación extraña le hacía concebir esa idea, estaba convencido que una de esas cosas inexplicables que suelen ocurrir en el camino, se acababa de producir en ese momento.

            Daniel retiró las flores secas y fue cortando las que había en el campo más cercano y mientras las depositaba en aquel túmulo, a la vez que rezaba una oración daba las gracias a aquel desconocido que estaba convencido que con su generosidad había salvado su vida.

            Cogió una de las piedras de aquel hito y la guardo en su bolsillo, la llevaría con el hasta Santiago, ese sería su homenaje a quien no pudo terminar su camino, él lo concluiría por los dos y cuando llegara a su meta, dejaria aquella piedra en algún lugar de la catedral para que permaneciera allí para siempre, de esa forma el generoso peregrino estaría en el lugar al que nunca pudo llegar.

            Ese día Agustín encontró más serio y callado a su amigo que de costumbre y cuando le preguntó el motivo por el que se encontraba de aquella manera, éste le dijo:

            -Cuando comencé esta aventura, solo era una ilusión y un sueño que me había ido formando, hoy me he dado cuenta que es una misión a la que estaba predestinado y ya no voy solo