Hay que entender que la gente no emigra porque le da la gana sino porque no quiere morirse en su país. La gente huye triste, ‘cabreada ’, molesta. Lo primero es decirles que ese proceso, que es doloroso y difícil, ojalá lo planearan. Que pensaran de alguna manera cuáles podrían ser las mejores opciones de ese proceso migratorio, que se informen y lo entiendan, que busquen la manera menos
traumática y con menos riesgos de hacerlo.

Quedó atrás toda una vida en Zamora a la que no quería renunciar, pero el destino ya tenía su curso y las cosas no podían retroceder. Las más de dos horas que tarda el viaje de Madrid a Alemania me hacían pensar de cómo era el primer mundo, ese país tan anhelado, ese país que era la esperanza de los que tratábamos de encontrar una estabilidad para la familia. Se me había quitado el apetito y también el cruzar palabra con mi mujer y mis hijos quienes me acompañaron en el viaje, no tenía la fuerza necesaria como para entablar conversación y me limitaba a contestar a lo que era necesario y nada más, tenía la cabeza llena de cosas que me tuvieron abrumado y confundido durante el trayecto.

Una mirada silenciosa y extraña me enseñaba la tristeza en los rostros de los que se despedían de sus hijos, como hace ocho horas cuando nos despedíamos  de Nati. No se podía controlar la nostalgia y el sentimiento de los padres que se alejan de sus seres queridos, contagiando su dolor a los presentes. Lágrimas, abrazos, besos, la última fotografía, consejos, bendiciones, oraciones en familia, algún despistado que se había colado en la fila, carreras de los mal informados, entre otras cosas, se podía mirar en aquel Terminal T1 de Madrid que se convirtió en el escenario surrealista y tan distinto, que en ningún otro sitio lo había podido ver. No podía dormir porque la cabeza empezó a dar vueltas y la preocupación por pasar el control me asustaba cada vez más. La situación era esa y había que seguir
adelante. Ideas, sueños, ilusiones, castillos en el aire, pasaban por mi mente, la intranquilidad me hacía pensar en lo que estaba haciendo, en lo que me esperaba, si en verdad resultaría todo como lo habíamos planeado: ¿Qué encontraré? ¿Cómo será mi impresión de aquel país? ¿Lograré adaptarme? ¿Será como me habían dicho? ¿Encontraré trabajo? ¿Cómo será Alemania en realidad?
¿Cómo estarán los que se quedaron? ¿Lograré pasar el control ? ¿Estoy nervioso? ¿Qué pasará mañana? ¿Seré feliz en ese país? ¿Cambiará mi forma de ser? ¿Triunfaré? ¿Me pasará algo? ¿Me enfermaré? Si no paso ¿qué hago? ¿Cómo será mi vida dentro de cuatro años? ¿Lograré mis sueños? ¿Será un fracaso esto? ¿Me robarán la bolsa de viaje?.  Al llegar ¿qué hago? ¿Me perderé en Alemania? ¿Me perderé en el aeropuerto? ¿Será Alemania como España ? ¿Encontraré algún amigo? ¿Será verdad que conseguiré trabajo? ¿Cómo será Wuppertal?.


Qué es lo primero que voy a hacer? ¿Qué haré con lo que gane? Motivos no faltaron para que la cabeza dé vueltas y me encierre en un laberinto de intranquilidad.


La primera impresión de Wuppertal no fue la que esperaba. ¿Será tal vez la falta de costumbre de
viajar a las grandes ciudades? O ¿será el desconocimiento de esta ciudad, que no conozco y por eso no puedo dar un juicio exacto? –me decía. Era una capital más, sus grandes edificios y anchas avenidas me causaron asombro. El recorrido por una avenida muy ancha que a refilón pude leer en una placa que decía: Gesundheitsstraße evidenció mis inquietudes, me senti perdido una arquitectura nada comparable a la nuestra. Me sentía extraño sin saber dónde estaba, perdido en el primer mundo.


La incomodidad y la adaptación no fueron mis aliados, adaptarme a un nuevo estilo de vida parecía difícil, el cambio de horario en las comidas y rutina diaria me confundía, ya estaba en el primer mundo, y aquí se desayuna a las seis de la mañana, se almuerza a las doce de la Meñodia , se come a las cinco y se va uno a las ocho de la tarde a la cama , cuando el sol está ocultándose, sobre todo en el verano en el que los días se hacen largos. La poca costumbre, en invierno días oscuros y de noche a las cuatro de la tarde con fríos de verdad.


El convivir con otra gente me ponía nervioso, y eso que era el segundo día en Alemania. Al
día siguiente, salimos muy temprano a llamar por teléfono en una cabina, algo me pareció
extraño, eran las siete y media de la mañana y estaban los locales comerciales abiertos, qué raro,
decía, mientras buscábamos una cabina; una española me cuenta que en esta sociedad la
actividad comercial empieza a las siete de la mañana y termina a las seis de la tarde, vaya comodidad, –dije. En España no es así, a las ocho todos empiezan a trabajar y quién sabe hasta qué
hora. Petra nos dijo que nos acompañaría al famoso Kaufland de los pobres. Puesto que ni hablábamos ni entendíamos. Yo no sabía por donde iba la cosa. ¿Qué es eso del Kaufland?  – pregunté a Petra – Así lo llamamos los Españoles que necesitamos ropa y vamos a pedir a Cáritas. Nos levantamos temprano y salimos rumbo al Kaufland de los pobres. Eran las ocho de la mañana y abrieron las puestas de Cáritas, dos señoras Alemanas salieron y nos entregaron un número, lentamente íbamos pasando uno por uno, cuando nos tocó encontramos una especie de bodega con
anaqueles grandes llenos de cartones con ropa, juguetes, zapatos. Cuando nos acercamos al mostrador, aparece por la puerta de la bodega una señora Alemana de unos sesenta años aproximadamente, ojos saltones, de pelo rizado y dice: Un momento. ¿Vosotros qué sois? -Marido y mujer, contestó Petra «si «, ¿qué habéis creído que tenemos ropa de sobra para dar a todos vosotros? Las normas dicen que uno por familia, no puedo creer que cada vez estén viniendo a Alemania más emigración a pedir y pedir, éstos que se multiplican cada vez más, deberían no dejarles venir, cada vez hacéis lo que os da la gana. Se nos caía el mundo, cuando Petra traducía sus palabras nunca pensamos que al tercer día de llegar a Alemania, íbamos a tener ya un contacto de menosprecio a los inmigrantes. A nuestros familiares y amigos no les contamos por lo que hemos pasado, los sufrimientos que hemos vivido. No queremos hacer sufrir a los nuestros y tampoco nos gusta que nos tengan lástima, que se preocupen por nosotros. Nosotros sufrimos ya demasiadas humillaciones, entonces les decimos lo que ellos quieren oír: que la inmigración no es tan difícil, que la adaptación no cuesta tanto, que estamos bien, trabajando bien y ganando bien….También
pasa que varias personas van allá, de vacaciones y mienten; entonces allá piensan que todas las personas que viven en Alemania, vienen a estar detrás de un escritorio, o trabajar con bata blanca sentadas solamente y a ganar un sueldo de 3500 o 4000 euros y en dos, tres o cuatro meses tener un Mercedes o BMW.
«Hier ist mein Zu-hause, aber Spanien ist meine Heimat.“