—Me parece que el niño está diciéndome que quiere salir ya, hace unas horas que siento un dolor muy intenso y creo que las contracciones no van a dejar que pase mucho tiempo antes que le veamos.

—¡Pero aquí!, no puedes esperar un poco, no sé que tengo que hacer – murmuró Bernard.

—No te preocupes que yo he visto nacer a más de una criatura, solo hay que dejar que la naturaleza actúe. Vete encendiendo la lumbre para que se vaya el frío que hay aquí y busca a ver si encuentras algún recipiente de metal en el que pongas algo de nieve y se vaya derritiendo a la lumbre.

Bernard buscó en las dos estancias y encontró un recipiente de barro en el que los pastores solían escanciar la leche de las ovejas para hacer queso cuando se pasaban largas jornadas en estas cumbres. Como le había dicho Marie, lo limpió y lo llenó de nieve acercándolo al fuego para que se fuera deshaciendo y calentándose.

—Que puedo hacer yo —dijo Bernard.

—Busca en uno de los baúles unos paños blancos que vamos a necesitar para limpiar al niño. Coge también un cuchillo, el que este más afilado y pon la hoja sobre el fuego para que se desinfecte. Cuando el niño nazca, debes cortar con el cuchillo el cordón umbilical y con el agua y los paños, limpias al niño y lo envuelves en ropa seca que hay en el baúl. Si todo va bien, yo te iré diciendo lo que debes hacer, pero es posible que con el esfuerzo me desmaye y debes actuar como te he dicho, sin preocuparte por mí, en estos momentos lo más importante es el niño.

Hizo todo lo que Marie le había dicho, cogió las cosas y las fue poniendo sobre uno de los baúles para tenerlo a mano. Las brasas hicieron que pronto el acero se pusiera al rojo vivo y cogiéndolo por el mango lo introdujo en la nieve antes de envolverlo en uno de los paños que había preparado.

Las contracciones hacían retorcer de dolor a Marie, trataba de no gritar para no asustar a Bernard, pero cada vez que sentía una punzada emitía un grito seco y prolongado. A pesar de morder una tira de cuero, los dolores que sentía, hacían estremecerse a los dos, hasta que llegó el momento del último esfuerzo en el que la cabeza del niño apareció y como si se hubiera destapado una presa, todo el cuerpo y la placenta salieron expulsados con gran fuerza.

Ese esfuerzo tan grande, hizo que Marie perdiera el conocimiento y aunque Bernard trató de reanimarla, pensó que lo más urgente era atender a su hijo. Como Marie le había dicho, cortó el cordón umbilical haciéndole un pequeño nudo con un trozo de hilo y con los paños humedecidos fue limpiando el sebo mezclado con sangre que había en el cuerpo del recién nacido. Éte al sentir el frió que había en el ambiente rompió a llorar y tomó las primeras bocanadas de aire de forma autónoma, ese aire tan frío y tan puro que había en ese inhóspito lugar en el que se encontraban.

Cuando hubo limpiado al niño, lo envolvió con la ropa que Marie llevaba para esa ocasión y lo cubrió con una manta para que no se escapara el calor de su pequeño y delicado cuerpo.

Entonces fue cuando se preocupó por Marie ya que se había desvanecido y no se recuperaba. Cogió alguno de los paños que le habían sobrado y los introdujo en el recipiente de agua caliente y fue aplicándolos en la frente sudorosa de su esposa hasta que parecieron surtir el efecto deseado y Marie volvió a retomar la consciencia.

—¿Como está el niño, o es una niña? —fue lo primero que susurró.

—No, es un precioso niño que parece que se encuentra bien. ¿Cómo sabías que iba a ser un niño?