—¿Y cuándo volviste, no pudiste decirme quién eras?, deseaba tanto tener un padre y he estado tanto tiempo sin él.

—Cuando regresé nuestras vidas aún corrían peligro, es probable que todavía lo sigan corriendo, si llega a oídos de nuestros enemigos que sigo vivo, no dudarán en venir a por mí. Pero eso no me preocupa, solo pueden arrebatarme la vida, pero si saben quién eres tú, entonces me obligarán a revelar secretos que son muy valiosos y no dudarían en utilizar todos los medios imaginables para conseguirlo.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó el joven.

—Seguir como hasta ahora, nada tiene que cambiar, solo quería que supieras tu origen para que a partir de ahora, cuando estemos solos, me preguntes todo lo que desees saber sobre tu infancia, sobre tu familia y sobre todo lo que esté en tu mente esperando una respuesta.

Los dos hombres sintieron la necesidad de abrazarse, lo habían hecho muchas veces ya que Ramiro quería a aquel monje y con frecuencia le daba abrazos, pero éste era diferente, lo hacía a aquel ser a quien siempre había deseado abrazar.

Se pasaron toda la noche hablando; el joven, fiel a su curiosidad, no hacía más que preguntar cosas que siempre había deseado saber y Bernard trataba de responder a todas porque todas las respuestas estaban en su cabeza esperando hacia tiempo salir.

Quitándose el medallón que colgaba de su cuello, se lo mostró a su hijo y le dijo:

—Esto es lo que puedo entregarte de tu familia, es de gran valor, de muchísimo valor, no debes desprenderte nunca de él pues encierra un secreto que quizá un día vengan a reclamarnos a la familia. Si algún día abandonas el monasterio, debes depositarlo siempre a la persona que te inspire más confianza, advirtiéndole del valor que encierra en su interior.

El joven observó el gran medallón y se lo puso a su cuello y estirando la correa, lo giró para ver todo lo que estaba escrito en él.

—Me lo entregó mi señor, el Gran Maestre de la Orden, es el escudo que tenía y ante el cual los nobles llegaban a postrarse. Me obsequió con él trasladándome con este acto todo el poder que en ese momento tenía, ahora es tuyo y tú tienes ese inmenso poder que deberás proteger.

—No comprendo —dijo el joven.

—Le confió el secreto que solo él conocía, al compartirlo con la persona que más quería en el mundo pareció sentirse aliviado. De ahora en adelante su hijo sería el custodio del secreto que hasta ese momento solo Bernard conocía. Le hizo prometer que solo podría revelárselo a quien le inspirara la suficiente confianza como para saber que nunca lo contaría y en caso que lo hiciera, sería a quien él eligiera para que el secreto no se perdiera. Pero si no llegaba a encontrar a esa persona, era preferible que el secreto se fuera con él a la tumba.

La mañana amaneció con un sol radiante, Bernard sacó del talego un pedazo de queso y otro de pan, comieron algo antes de reiniciar la marcha de regreso al monasterio.

Muchos años después, Bernard regresaba en compañía de su hijo a la protección que les ofrecía el monasterio, pero era tan diferente este viaje al que hicieron la primera vez, que parecía que había transcurrido toda una vida, pero en esta ocasión lo hacían cabalgando el uno al lado del otro y los dos orgullosos de hacerlo con la persona que iba a su lado.

Final del libro