El tiempo iba haciendo mella en el cuerpo de Bernard, ya no se sentía tan fuerte como antes y los achaques comenzaban a hacerse notar con alguna frecuencia, en especial cuando los días eran muy fríos o la humedad permanecía en el ambiente durante varios días.

En una ocasión cayó enfermo y estuvo casi una semana postrado en la cama, las fiebres que había en su cuerpo no remitían a pesar de los sabios cuidados de los monjes y en algún momento se llegó a temer lo peor porque estuvo dos noches delirando.

Fue entonces cuando temió que su secreto se marchara con él pues no había confiado a nadie dónde había ocultado la información que le había sido confiada. Su hijo era aún demasiado joven para cargarle con tanta responsabilidad, por lo que decidió hacer un documento para que quién supiera lo que estaba buscando tuviera las pistas necesarias para poder encontrar el gran secreto oculto de la Orden.

En los reinos cristianos, la nobleza seguía manteniendo el poder real y algunos de estos nobles destacaban por su beligerancia con los infieles, Bernard estaba seguro que algún día éstos se agruparían para expulsarles definitivamente de la Península. Si surgiera ese líder que les agrupara a todos, él sería el merecedor de ese poder económico que estaba oculto, de esa forma los bienes guardados se emplearían para un fin que a Bernard le parecía muy digno.

El tiempo iba pasando en la tranquilidad del monasterio y algunos de los monjes que Bernard había conocido cuando él llegó ya habían muerto, también el prior, su amigo Rodrigo, había fallecido meses atrás, era un hombre de avanzada edad que no pudo soportar los rigores de aquel duro invierno.

Algunos monjes propusieron a Bernard para el puesto vacante que había dejado Rodrigo pero éste declinó el ofrecimiento, no deseaba responsabilidades, solo quería que su vida siguiera pasando de forma sencilla y casi anónima. Fue uno de los hijos de Isabel quien asumió la responsabilidad de dirigir el destino de los monjes y a Bernard le gustó la elección, ya que desde que había conocido a aquel joven por el que su madre sentía verdadera pasión le había agradado mucho y pronto entablaron una relación muy cordial.

Bernard de nuevo acudió al scriptorium, buscó entre los recortes de los pergaminos que allí se almacenaban y cogió dos trozos pequeños en los que pondría los mensajes  que dieran la clave para llegar hasta los pergaminos ocultos en la talla del caballero.

En el trozo más grande fue poniendo lo siguiente:

El poder de la Orden siempre ha estado custodiado por el caballero templario, su nombre y la palabra que lo representa es la clave para llegar hasta él.

De forma escueta, en el trozo más pequeño puso:

Busca el secreto entre mis restos.

Ahora solo quedaba guardar bien en lugares estratégicos estos dos pedazos de pergamino. Para ocultar el más grande utilizó el forro de su túnica. Lo descosió y lo extendió con cuidado en el lugar en el que la tela estaba más reforzada. Existía la costumbre en el monasterio de enterrar a los monjes con su túnica como sudario y de esta forma permanecería siempre con él, incluso una vez que le hubieran enterrado. Solo tenía que tener cuidado de que no se mojara el pergamino para lo cual buscó una piel curtida dentro de la cual lo guardó, después la cosió, de esa forma no tenía riesgo de que el pergamino se deteriorara con la lluvia y cada vez que tenía que lavar la túnica, con paciencia, descosía el forro y una vez que ésta se secaba volvía a dejarlo en su sitio.

Para ocultar el trozo más pequeño que conduciría a su poseedor hasta la clave para llegar al caballero, utilizó el gran medallón que un día su señor le regalara. Con la ayuda de los hermanos que tenían conocimientos de la forja de metales, le hizo una funda a través de la que deslizo un cordón de cuero para colgarlo al cuello y en su interior ocultó el pequeño pedazo de pergamino que daba las pistas necesarias para conducir a quien lo leyera al pedazo mayor que había en el forro de su túnica.

Ahora ya no le quedaba más por hacer, solo debía entregar el medallón, que era el primer eslabón de todo el laberinto para llegar a la clave del lugar en el que se encontraban todas las riquezas. La persona que poseyera el medallón debía ser alguien que le inspirara la suficiente confianza como para entregárselo.

Fin del capítulo XLII