almeida – 1 de agosto de 2014.

Siempre que me encuentro en la catedral de Santiago y estoy ante la urna de plata me hago la misma pregunta, ¿quiénes serán las personas cuyos restos descansan en la urna de plata de aquel sagrado lugar?

Siempre he creído que allí no se encuentran los huesos de uno de los discípulos de Jesucristo, carece del mismo rigor científico que hace mil doscientos años, cuando alguien que encontró una tumba con los restos de tres personas, pudiera afirmar que uno de ellos era el cuerpo de uno de los más amados discípulos que tuvo Jesús.

También, cuando menos, resulta sorprendente que inmediatamente las autoridades eclesiásticas y políticas que en esos momentos había en el reino, se apresuraran a confirmar lo mismo, certificando la autenticidad de los restos que se habían encontrado.

Siempre he creído que aquella fue una de las primeras y mejores labores de mercadotecnia que se diseñaron en la historia y que tuvo mayor repercusión aún de la que esperaban conseguir quienes la idearon.

Todo lo que se fue creando alrededor de esta leyenda no se sostiene con un mínimo rigor científico, ya que las leyendas que han ido surgiendo posteriormente solo pueden ser comprendidas a través de la fe que tienen los que creen en ellas.

Afirmaría que Santiago nunca llegó a estar en la Península, porque no he leído nada que pueda avalar esta teoría; no se puede demostrar con escritos u otras pruebas que  se hayan aportado.

Pero sí he leído en muchas ocasiones a personas más eruditas que yo, que han profundizado en este tema, que más bien se trata de los restos de un hereje llamado Prisciliano, el cual vivió cinco siglos después y sus enseñanzas sí llegaron a contar con cierto seguimiento entre las personas que poblaban aquellas tierras.

Tampoco la Iglesia ha tenido especial interés en confirmar este dato, pues si antes no era posible y tenían que dejarse guiar por las pruebas circunstanciales que se encontraban junto a lo que deseaban analizar, actualmente, sí se cuenta con los medios necesarios para rebatir cualquier tipo de duda que pueda surgir. Basta con hacer una prueba por medio del carbono 14 para asegurar con un rigor científico la fecha exacta de la procedencia de estos restos, aunque es posible que esta prueba ya se haya realizado y como no ha dado los resultados que se deseaban nunca se ha hecho pública y jamás se dará a conocer el resultado.

Pero eso ha de darnos lo mismo, siempre he afirmado que aquellos que hacen el Camino movidos por la fe, cuentan a lo largo de este sendero con suficientes santos de los que sí esta contrastada y documentada su existencia, para que su peregrinación, si se hace por motivos religiosos, sea más que satisfactoria.

Creo que el verdadero milagro de este Camino es lo que ha conseguido crear a lo largo de los siglos, sabiendo recoger toda esa energía positiva que los peregrinos van dejando mientras lo están recorriendo, eso sí que es un milagro que ningún otro santo de la cristiandad ha conseguido hasta ahora.

Lógicamente, estas son unas ideas muy personales, que en alguna ocasión me he atrevido a comentar únicamente con aquellas personas más intimas de las que sé que pueden entender lo que les digo, ya que con ellas puedo razonar algunos de mis pensamientos.

Lo que no me atrevería nunca es a exponerlo a personas que como el Maestro, tienen unas profundas creencias y todo lo que hacen está movido por la fe que tienen en determinadas cosas, porque creo que cuando a alguien le mueve este sentimiento de fe, todo lo demás sobra y no hay razones suficientes que les puedan hacer cambiar de opinión.

Por eso una vez, cuando estaba escuchando al Maestro, me quedé muy sorprendido con la afirmación que me acababa de hacer:

—El Camino es un invento político para frenar la invasión árabe —me dijo.

Era exactamente lo mismo que yo había pensado en alguna ocasión y cuando medité sobre ello, había llegado a esa misma conclusión.

Cuando los árabes entraron en la Península apenas encontraron resistencia y la mancha de su dominio se fue extendiendo por la mayoría del territorio por el que deseaban avanzar.

Solo un pequeño reducto, que por la orografía resultaba inaccesible en la zona norte, se vio liberada de este dominio y fue donde se asentaron los cristianos que se vieron empujados cada vez más al norte para librarse de la dominación musulmana.

Solo había una cosa que podía detener aquel avance y era un ejército que movido por la fe inundara con su presencia los territorios en los que los árabes se habían establecido.

Los pequeños reinos cristianos de esa forma podrían contar con esa ayuda necesaria que les permitiera reconquistar las tierras perdidas y fuera lentamente ejerciendo su control sobre las zonas reconquistadas; primero a través de las armas, luego ocupándolas con personas que profesaran la misma fe y se establecieran en los lugares recuperados.

Fue una tarea muy laboriosa en la que tardaron casi setecientos años en conseguirlo, pero no cabe duda que a quien se le ocurrió esta idea, fue una de las más brillantes que jamás un gobernante había tenido.

Me alegró escuchar estas palabras del Maestro ya que además de nuestra pasión por el Camino, me di cuenta que teníamos bastantes cosas más en común, algunas de las ideas que una vez me habían surgido y que pude llegar a pensar que eran un tanto descabelladas, también eran compartidas por alguien a quien yo tenía un gran respeto y estaba comenzando a admirar cada vez un poco más.