almeida – 19 de agosto de 2016.

Fui observando cómo palpaba las piedras de la fachada de la iglesia porque me había llamado la atención la forma en la que lo hacía.

Luego acercaba su rostro hasta las centenarias piedras tratando de aspirar su aroma. Cuando se dio la vuelta, me percaté que era ciego. Me quedé inmóvil para no delatar mi presencia, pero le seguí con la mirada y cuando penetró en el interior del templo fui detrás de él.

            Me senté en el último banco y rodeado de penumbra fui observando cómo iba guiándose a través de su tacto. Cuando sus manos tropezaban con alguna talla o con las imágenes que sin ningún orden aparente estaban en la iglesia. Se detenía para que las yemas de sus dedos exploraran todo lo que el artista había querido expresar y lentamente dejaba que los minutos fueran transcurriendo mientras sus dedos recorrían todos los recovecos de cada una de las obras que había en aquel templo.

            Transcurrieron casi dos horas y el chirriar de la puerta de madera de la entrada me hizo volver a la realidad. Un joven con un bordón en la mano y una mochila a su espalda avanzó hasta donde se encontraba la persona a la que observaba en silencio.

            -Debemos continuar el camino – dijo el joven.

            El ciego cogió su brazo y por el pasillo central de la iglesia se dispusieron a salir de allí. Cuando llegaba a mi altura, carraspeé y le dije al invidente:

            -No he podido por menos que observarle, lo llevo haciendo desde antes que entrara en la iglesia.

            -Suponía que había alguien más aquí dentro, cuando accedí, a los pocos minutos sentí cómo la puerta se abría y luego no he vuelto a oírla, pero me imaginé que era alguien que había entrado a rezar.

            -Me ha llamado la atención cómo con sus dedos recorría cada una de las tallas que se encontraba.

            -He perdido la vista, pero he desarrollado otros sentidos, el tacto me permite ver cada obra que voy tocando y hasta consigo percibir el aroma que desprenden, ese que se ha ido acumulando en ella con el paso del tiempo.

            -¿Y hace esto en todos los sitios por los que pasa? – pregunté.

            -No, ahora que estoy recorriendo el camino, mientras mi sobrino que es mi lazarillo y me va describiendo todo lo que ve según vamos caminando, cuando él se detiene a descansar o a comer, me deja en uno de los lugares emblemáticos de esta ruta para que yo pueda contemplarlo con calma dentro de mis limitaciones.

            -Me resulta admirable – comenté – ¿Y recuerda luego cada uno de los lugares en los que ha estado?

            -Casi todo – me dijo – voy recreándome según voy caminando con todas las sensaciones que he tenido, aunque soy consciente que no es lo mismo que para el resto de los peregrinos que pueden captar en su retina todas las maravillas que hay en el camino, en eso, estoy en desventaja con ellos.

            Pensé en ese momento en los cientos de peregrinos que van caminando con la vista fija en el suelo y no la apartan ni tan siquiera cuando pasan junto a estas joyas que hay esparcidas al lado del camino, pero no quise decirle nada, no quería entristecerlo diciéndole cómo algunos desaprovechaban ese sentido que a él le faltaba.

            Desde la puerta de la iglesia, vi cómo se iban alejando, en ese momento pasaban un grupo de jóvenes a los que no pude ver los ojos porque en ningún momento dirigieron su mirada hacia donde yo me encontraba que era la zona más hermosa de aquel templo y ni tan siquiera la contemplaron.