almeida – 15 de  noviembre de 2016.

sopa de ajo castellana

            Recuerdo una ocasión en la que me encontraba hablando con mi buen amigo Txema. Él es uno de esos peregrinos añejos,

de los que saben disfrutar de cada instante que se encuentran sobre el camino ya que van recorriéndolo sin prisas, saboreando cada uno de los momentos porque sabe que no se va a volver a repetir. Conversábamos sobre esas anécdotas que en ocasiones nos proporciona el camino y que para nosotros ya llegan a ser parte del mismo.

            Txema, en esa ocasión se dirigía a uno de los albergues más tradicionales del camino. Estaba regentado por un viejo cura de pueblo que sabía cómo recibir a los peregrinos a la vieja usanza. Además de proporcionarles un techo bajo el que poder descansar, cuando había agua caliente que no ocurría siempre, los peregrinos podían darse una reconfortante ducha. Lo que nunca faltaba por las noches en la mesa era un plato caliente de sopas de ajo que el viejo cura sabía hacer como nadie, después de prepararlas un día tras otro a lo largo de muchos años.

            Txema disfrutaba conversando con los que de una u otra forma eran parte viva de este camino y el viejo cura llevaba tantos años en él, que para muchos era esa persona sin la cual el camino no llega a comprenderse del todo.

            Estaban sentados en el pequeño habitáculo que hacía las veces de recepción. Ya se conocían de ocasiones anteriores y como Txema no tenía prisa para nada, dejó su mochila en uno de los rincones del cuarto y se puso a conversar con este buen hombre. Después de interesarse por su salud estuvieron hablando de la situación en la que se encontraba el camino y de la afluencia de peregrinos en los últimos meses que parecía haber aumentado, después de un año santo se aprecia un mayor número de peregrinos que van siguiendo la inercia de toda la información con la que han sido bombardeados el año anterior.

            En ese momento, llegó un peregrino, era de mediana edad y daba la impresión de encontrarse fuera de sitio, no solo por la vestimenta que llevaba que le hacía parecer un anuncio publicitario, también su comportamiento inicial llamó la atención del viejo hospitalero y de mi amigo.

            Cuando le tomaron todos los datos y le explicaron las normas que había en aquel albergue, el viejo cura se dispuso a acompañarle hasta el cuarto en el que podía descansar, el recién llegado comentó:

            -¿Y quién nos va a poner unas sopitas de ajo?

            No supo decirme si fue la frase o la forma en la que la dijo, el caso es que mi amigo y el cura se miraron y luego clavaron sus ojos en los del peregrino con una mirada que trataba de decir muchas cosas. Ellos se dieron cuenta enseguida que estaban ante uno de esos personajes que abundan en el camino y que van dando la nota allí por donde pasan.

            Cuando Txema terminó de hablar con el cura y le dejó para que siguiera con sus ocupaciones, subió hasta el cuarto y ocupó una de las literas que encontró libres.

            Según estaba sacando de la mochila las cosas necesarias para ir a darse una ducha, de la puerta del baño salió el peregrino pedante. Llevaba como única vestimenta un calzoncillo muy ajustado y de unos vivos colores que desentonaba en aquel lugar. Vio cómo se acercaba y ocupó la litera contigua a la de Txema. Éste pensó cambiar de sitio para alejarse de él, pero solo quedaban literas altas y Txema se encontraba más a gusto en las bajas.

            Mientras rociaba su cuerpo con abundante desodorante, tanto que llegó a perfumar toda la estancia, el peregrino moviendo de una forma rítmica su cuerpo canturreaba:

            -¿Y quién es él, a que dedica el tiempo libre?…

            Txema se consoló pensando que sería muy poco tiempo el que tendría que aguantar a aquel personaje, después de ducharse saldría a dar una vuelta por el pueblo y le perdería de vista y únicamente estaría a su lado cuando se encontraran durmiendo.

            Ese día, Txema prolongó un poco más que de costumbre su ducha, esperaba que al salir ya se habría librado del peregrino pedante, su sola presencia estaba comenzando a resultarle molesta, algo que nunca antes le había ocurrido en el camino.

            Cuando salió del baño, observó que el peregrino pedante se encontraba dando conversación a dos jóvenes peregrinas que acababan de llegar, eran dos chichas con muy buena presencia y el peregrino estaba tratando de ligar con ellas. Les hablaba de la magia, la esencia y los misterios que encierra el camino y Txema se dio cuenta que no tenía ni idea de lo que estaba hablando ya que confundía las cosas y los lugares y lo único que trataba era de impresionar a las jóvenes.

            Txema se estaba ahogando en aquel cuarto, le mareaba el aroma del perfume que el peregrino se había puesto, le asqueaba su forma de comportarse y le repugnaba su actitud y su comportamiento, necesitaba salir de allí cuanto antes y se vistió lo más deprisa que pudo para llegar cuanto antes a la calle, antes de salir del cuarto volvió de nuevo a escuchar aquel estribillo:

            -¿Y quién es él, a que dedica el tiempo libre?

            Necesitaba con urgencia tomar una cerveza y entró en el bar que estaba al lado del albergue, en una mesa en la que había cuatro peregrinos vio dos sillas libres y se sentó en una de ellas. Comenzó a conversar con los peregrinos y de nuevo volvía a encontrarse en la salsa del camino compartiendo esas vivencias de cada jornada que son una de las esencias de cada día.

            Fueron hablando de esas cosas que tenían en común y de aquellos lugares que para cada uno poseían algo especial, como suele ocurrir en estos casos, el camino había unido de nuevo a personas afines que seguramente comenzarían a formar parte de este nuevo camino.

            -¿Y quién es él, a que dedica el tiempo libre?

            Otra vez el peregrino pedante, esta vez con las dos hermosas peregrinas estaba entrando por la puerta del bar. Txema se levantó de la silla y se disculpó ante sus nuevos compañeros de camino.

            -Perdonarme, pero no aguanto a este tío, me voy a dar un paseo ya que de lo contrario seguramente voy a hacer algo de lo que luego me arrepienta.

            Los peregrinos sonrieron, ya habían notado también su presencia que no pasaba desapercibida en el albergue y comprendieron la reacción de Txema, ellos preferían también estar alejados de estos personajes.

            Fue a dar una vuelta por el pueblo y se detuvo cuando encontró alguna persona de avanzada edad ya que le gustaba conversar con ellos y sobre todo escuchar esas historias que estos solitarios estaban deseosos de contar a los forasteros.

            Cuando llegó la hora de la cena, Txema fue de los primeros en llegar al comedor, quería saber si el cura necesitaba alguna ayuda para poner las cosas sobre la mesa mientras él terminaba de hacer las sopas de ajo.

            -Una ayuda nunca viene mal – dijo el cura – vete poniendo las cucharas y las servilletas y cuando vaya sirviendo los cuencos con las sopas de ajo me ayudas a distribuirlas entre los peregrinos.

            Ese día había al menos treinta personas en el comedor, por fortuna, el peregrino pedante se sentó junto a las jóvenes peregrinas un tanto alejado de donde Txema se encontraba.

            Cuando hubieron servido a todos los peregrinos el cuenco con las sopas de ajo, el viejo cura que presidía la mesa se levantó y bendijo la comida que iban a tomar y a los peregrinos que ese día habían llegado hasta el albergue y les invitó a que se alimentaran con aquel sencillo pero nutritivo plato y quien lo deseara podía repetir.

            -Vamos a ver que nota le damos a esta delicia culinaria – dijo el peregrino pedante.

            Todos le miraron como si en lugar de posar sus ojos sobre él se los clavaran en el cuerpo, allí había varios peregrinos veteranos y como a Txema, la presencia de aquel personaje les estaba resultando muy antipática.

            Durante la cena se fueron formando pequeños grupos que mantenían una conversación muy animada, en todos había una uniformidad en el comportamiento que estaban teniendo en sus conversaciones excepto el peregrino pedante que cada cosa que hacía o decía gesticulaba de una forma exagerada como si de esa forma los argumentos que estaba exponiendo fueran más rotundos y tuvieran más peso.

            Estaba resultando una cena muy amena hasta que cuando al peregrino pedante se le debieron agotar todos los argumentos y las historias que estaba relatando y como si se tratara de un tic, volvió de nuevo a su estribillo favorito:

            -¿Y quién es él, a que dedica el tiempo libre?

            A Txema aquello le resultó no solo inapropiado, también estaba fuera de lugar y ya escuchar aquel estribillo le estaba sacando de sus casillas, por lo que no quiso reprimirse y poniéndose en pie mirando al peregrino pedante le dijo:

            -Él, es el que te ha puesto esos cuernos tan grandes que llevas y no sé a qué dedicara el tiempo libre, pero seguro que no lo emplea en dar por el culo a los demás como tú lo estás haciendo desde que has llegado hasta aquí, porque a la mayoría nos tienes, no te voy a decir hasta donde, por el lugar en el que nos encontramos, pero seguro que te lo imaginas.

            Algunos de los que estaban a la mesa asintieron las palabras que Txema acababa de decir como si las hicieran suyas y otros aplaudieron tímidamente.

            El peregrino pedante debió comprender que estaba fuera de lugar como se estaba comportando ya que se calló y a partir de ese momento no volvió a decir nada y por fin el resto de los peregrinos pudieron disfrutar de una estancia relajada en aquel bendito lugar.