lmeida – de noviembre de 2015.

            Pedro, era un peregrino muy curioso, podía pasar perfectamente por un mendigo si no fuera por los numerosos símbolos jacobeos que había en su vestimenta y en la gran mochila que llevaba.

            Le conocí en uno de los bares del pueblo, era el sitio donde más tiempo pasaba cada día, porque le gustaba sentir el contacto de un vaso de vino peleón en la mano antes de rascar su garganta y porque era el lugar en el que podía ir sacando algo para alimentarse ese día ya que sus clientes también solían encontrarse allí.

            He de confesar que la primera impresión que tuve al verle, me resultó muy negativa, le catalogué como a uno de esos vividores del camino que no saben hacer nada y viven o mejor dicho van tirando con el cuento que le echan a la vida y la compasión de los peregrinos.

            Llevaba una barba y un pelo desaliñado, con una largura que delataba que hacía más de seis meses que no habían sido rasurados. Cubría su pelo con un turbante que también llevaba unos meses sin sentir el contacto con el agua y algunos más sin haber visto el jabón. Fumaba constantemente, se liaba unos cigarrillos bastante gruesos que le duraban casi media hora cada uno, ya que mientras hacía su trabajo diario se le apagaba en varias ocasiones y debía encenderlo constantemente.

Cuando hablaba, lo hacía con firmeza, estaba muy seguro de lo que decía y daba la impresión de ser muy conocido por la mayoría de las personas que se encontraban en el bar, incluso por los dueños, pues la familiaridad con la que le trataban delataba una relación antigua.

            Mientras tomé una cerveza, estuve observándolo de reojo. Tenía en sus manos unos pequeños alicates que manejaba con gran soltura. Si ahora tuviera que definirlo, diría que estamos describiendo a un artista. Porque sabía infundir un arte especial a objetos inanimados como son las piedras que hay en los caminos, las convertía en algo hermoso.

            Al día siguiente, volví de nuevo al bar y lo encontré otra vez allí, en esta ocasión él se dirigió hacia donde me encontraba.

            – ¿Eres el hospitalero? – me dijo.

            Asentí con la cabeza antes de responderle.

            Metiendo su mano en una bolsa que llevaba colgando de su hombro, extrajo media docena de piedras y abriendo la mano me dijo:

– Coge una.

Elegí la más amorfa que había, no se trataba de una de esas piedras bonitas que solemos ver en el camino, ésta, era muy irregular y presentaba numerosas aristas en su formación.

– Tu no la has elegido – me dijo – es ella la que te ha elegido a ti.

Aquellas palabras me resultaron un tanto estúpidas, ¿Cómo me va a elegir una piedra?, ella se encontraba allí quieta mientras era mi mano la que se movía y seleccionaba la que quería coger, por eso, de elegirme a mi nada, fui yo quien la escogió.

Mientras me tomaba un café, él se sentó en la mesa en la que se encontraba cuando llegué, dio unas caladas a su cigarrillo que de nuevo se había apagado y con mucha parsimonia lo volvió a encender.

Ahora lo observaba con atención, con mucha habilidad, ayudado de los alicates, fue poniendo alrededor de la piedra un alambre fino y muy moldeable para sujetarla. Luego fue introduciendo un palillo redondo y fino en un bote de pintura amarilla poniendo en ella algunos símbolos jacobeos y una vez que se hubo secado la pintura aplicó un barniz a toda la piedra y por un gancho del alambre que había dejado en la parte superior pasó un cordoncillo de cuero de color negro haciendo un colgante precioso.

Ahora me parecía una obra de arte. Como por arte de magia, un objeto inerte se había convertido en algo bonito y hermoso.

Cuando hubo terminado, se levantó y me lo ofreció, quise compensar con algo material su obsequio, pero lo rechazó argumentando que para los que desinteresadamente nos dedicábamos a cuidar a los peregrinos, era lo menos que podía hacer.

Entonces trate de invitarle a un café pero me dijo que ya era muy tarde para el café, aunque si lo deseaba podía invitarle a un vino, pero del peleón, al fin y al cabo también venía de la misma materia prima que el de calidad, pero era mucho más económico.

Mientras consumíamos lo que habíamos pedido, Pedro me fue contando su vida en el camino, viajaba con su perro y era enormemente feliz porque necesitaba muy poco y cada día obtenía con su arte lo que necesitaba para seguir adelante. Por las noches extendía en pleno campo su tienda de campaña y dormía contemplando las estrellas.

Vivía de lo que le iban dando por los colgantes que realizaba y así era feliz, tremendamente feliz, más que la mayoría de los hipócritas peregrinos que según él recorrían el camino peregrinando pero llevando en la cartera la tarjeta de crédito para no alejarse de las comodidades a las que estaban acostumbrados en su vida diaria.

Caminaba sin prisa, en ocasiones pasaba varios días en el mismo lugar y cuando caminaba procuraba recorrer distancias muy cortas, así no se cansaba nunca ni se estresaba por nada.

Después de varias horas de interesante conversación con este peculiar peregrino, me despedí de él, convencido que el camino volverá a buscar el lugar y el momento en el que podamos volver de nuevo a saludarnos.

Ahora cada vez que veo una piedra, me acuerdo de Pedro y en ocasiones agudizo mi oído para ver si llego a adquirir la sensibilidad de Pedro y consigo algún día escuchar lo que las piedras me dicen.