almeida –  de septiembre de 2017

Cada vez que me encontraba en un albergue, en esas horas que parecen muertas, pero que son aquellas en las que conseguimos extraer muchas de las esencias de esta ruta.

Me gustaba observar a todos los que se encontraban a mí alrededor para ver las reacciones y sobre todo los comportamientos que tenían porque a través de ellos me iba haciendo una idea de cómo podía ser la persona a la que estaba observando.

            Muchas veces me solía formar una idea equivocada cuando hacía un retrato en mi mente de una persona y luego la conocía un poco mejor, pero la primera impresión no solía fallar y en muchas ocasiones coincidía con esa imagen que ya me había formado.

            Sobre todo observaba a aquellos que se sentaban en la mesa más apartada y se concentraban escribiendo cosas en una libreta que llevaban en su mochila y que cuidaban con mucho mimo. Casi la acariciaban cada vez que dejaban su mente en blanco para pensar lo que iban a recoger los folios que aún se encontraban inmaculados.

            También me gustaba desde que realicé mi primer camino y cada una de las veces que he estado de hospitalero en un albergue dedicar varias horas a recoger todas las sensaciones que he tenido cada día. Al menos las ideas generales que luego desarrollaría con más calma cuando hubiera terminado el camino, si no lo hacía de esa forma acabarían mezclándose en mi memoria con los cientos de sensaciones y recuerdos con los que era obsequiado cada día y luego se iban perdiendo en el olvido si no los recogía de esa forma.

            Había en uno de los extremos del albergue, en la mesa más apartada una joven que llevaba casi dos horas con la pluma en la mano y cada poco tiempo cerraba los ojos como si de esa forma pudiera recordar mejor las cosas antes de recogerlas en su libreta.

            Me llamó la atención, además del tiempo que estaba dedicando a esta tarea, que lo hiciera con una pluma, la mayoría de los peregrinos solían llevar un bolígrafo o un rotulador, pero aquella peregrina llevaba una pluma que era algo incómodo para escribir porque en ocasiones, la tinta se queda fría y no sale por el plumón, otras veces, cuando hace calor da la sensación que se vuelve más fluida emborronando el papel sobre el que se desliza y cuando el cartucho o la carga se termina hay que rellenarla y si se escribe mucho, esta tarea hay que hacerla casi a diario.

            Lo sé por experiencia, también me gusta escribir de esta forma y después de mi primer camino, siempre llevé una pluma para sentir la suavidad de su escritura a pesar de las dificultades que esta tarea representaba cada día.

            Cuando la joven se dio cuenta que estaba siendo observada, se sintió un poco turbada y dejó de escribir. Me sentí culpable de haberla detenido y me acerqué hasta donde ella se encontraba.

            La pedí disculpas por haberla importunado y hacer que se sintiera un poco turbada por mirarla, pero me había llamado la atención y la observaba porque su comportamiento me recordaba mucho al que yo hacía cada vez que estaba en un albergue. Siempre tenía a mano mi libreta y sobre todo mi pluma, algo que no había visto en el resto de los peregrinos que también eran aficionados a escribir.

            Me dio la sensación que mis palabras rompieron esa reticencia inicial y la peregrina me obsequió con una bonita sonrisa a la que traté de responder con la mejor de las mías.

            La joven, me comentó que no concebía cada día en el camino sin recoger todas las sensaciones que éste le estaba aportando, por eso dedicaba mucho tiempo casi al final de cada jornada para recoger en su cuaderno el regalo de cada día.

            Al escuchar aquello, pensé que la joven se había confundido al decirme lo del regalo y traté de corregirla diciéndole:

            -Supongo que habrás querido decir el diario de cada día.

            -¡No! -Respondió ella – para mi este es el libro de mi vida, en él voy recogiendo lo que considero importante que va aconteciendo cada día en mi vida y he llegado a considerar cada día un regalo, por eso cuando escribo, reflejo el regalo de cada día. Doy gracias por lo que la jornada me ha proporcionado y cuando he cerrado esta página de lo que acabo de escribir, a veces pienso en lo que me deparará el día de mañana. Trato de no ir más allá, solo mañana es suficiente para mí, es mi futuro más inmediato y cuando lo voy viviendo, trato de disfrutar de cada uno de los minutos como si fuera a ser el último. De esa manera he llegado a comprender que se disfruta mucho más y se aprecia de una forma diferente cada cosa que hacemos.

            No había pensado nunca en esa manera de ver las cosas, pero la joven no estaba descaminada, cuando vivimos de una forma especialmente intensa cada uno de los instantes los recordamos de una manera muy diferente porque extraemos de ellos todo lo que encierran para nosotros.

            Desde aquella conversación con la joven, cada vez que mi pluma va deslizándose sobre el folio de mi libreta, me viene a la mente cómo reflejaré ese regalo con el que he sido obsequiado ya que como ella, he aprendido a saborear las cosas de una manera muy diferente sacando toda la esencia a cada uno de los instantes de cada jornada.