Va para dos semanas que se ha declarado un estado de alerta ante la amenaza de un virus que está afectando a una gran parte de la población y es muy posible que acabe extendiéndose de tal forma que en poco tiempo, todo el mundo sienta de cerca la amenaza de ese ser invisible, que ha conseguido atemorizar a toda la población mundial.

            Las medidas que se han ido tomando han sido drásticas casi desde el primer momento, reclusión general para evitar el contagio, algo que es natural y hasta lógico, porque si una persona puede infectar a tres más, en muy pocos días la propagación sería completa.

            Pero siempre hay excepciones, algunos servicios no pueden suprimirse por completo porque resultaría el caos completo. Son necesarios los médicos, las enfermeras, los transportistas, las fuerzas de seguridad, los que sirven y producen alimentos,… así un número determinado de sectores, sin los que la hecatombe sería completa.

            Pero qué ocurre con estas personas que tienen que estar en sus puestos para que todo no se venga abajo, ellos también son humanos y como los demás se encuentran expuestos a ese contagio y a propagarlo.

            Lógicamente, ellos son los que van a contar con unas medidas de protección para que esto no ocurra, para ellos van a ser las medidas de protección disponibles para que no se contagien con las personas que atienden, que sí están infectadas.

            Se protegerán con mascarillas, guantes, y todo lo que sea necesario para que sigan al pie del cañón y como se suele decir, sean los que se encuentran en la primera línea de fuego y cuenten con la mejor de las protecciones para su defensa.

            Pero las medidas de protección que se van a precisar para evitar que se contagien, son limitadas y cada día tienen que ser frecuentemente recambiadas, para evitar que lleven el virus de un lado a otro.

            En un estado tan excepcional como el que se ha implantado, el sentido común nos dice, que una de las medidas que se debían haber implantado desde el primer momento, era ser autosuficiente en todo lo que resulte de primera necesidad y no tener que depender de terceros.

            Contamos con numerosas fabricas y empresas que se dedican a la fabricación y confección de todo tipo de productos y de prendas que precisamos en el día a día y en una situación como ésta, algunos nos preguntamos si lo más sensato, no habría sido asumir la gestión de estas fabricas que en estos momentos son improductivas y haber cambiado el sistema de producción adecuándolo a las necesidades básicas, que tanto necesitamos en estos momentos.

            En lugar de aplicar algo que para muchos es de sentido común, porque Amancio Ortega ha demostrado que se puede hacer y sus fabricas en lugar de confeccionar prendas de moda que ahora son secundarias, las ha transformado para confeccionar lo que ahora es prioritario, protección para los que están en primera línea de riesgo.

            En cambio los que tienen el poder de decisión, han optado por ponerse en manos de los que siempre les han proveído de estos productos y como era de suponer, el lobby que controla esta producción ha puesto sus condiciones y tristemente vemos que cada día cuando los medios de comunicación preguntan que cuándo van a llegar esas cosas tan prioritarias, la respuesta es siempre la misa, está al llegar y en unos días dispondremos de ello y así durante casi dos semanas.

            Mientras los trabajadores de la sanidad, que representan el porcentaje más alto de los infectados por el virus, tienen que estar varios días con una mascarilla porque no se dispone de más y van cayendo uno a uno hasta que llegue ese momento en el que ya no quede nadie para atender y cuidar a los enfermos.

            Y yo mientras tanto, sigo preguntándome ¿en que manos estamos?