almeida – 6 de septiembre de 2014.

Nada más verles llegar, imaginé que se trataba de esos peregrinos que de vez en cuando se saltan alguna de las etapas y deciden recorrerla en autobús

para que de esa forma no se haga tan duro su camino.

 

Penetraron en la sala de recepción del albergue dos de los integrantes de aquel grupo tan heterogéneo, gentes muy distintas que se habían ido agrupando a lo largo de las etapas del Camino.

Uno de ellos, el que parecía llevar la voz cantante, me dijo que como faltaban dos horas para que abriéramos, se iban a acercar hasta el bar y pedían permiso para dejar allí sus mochilas para evitar ir cargados con ellas.

Aquellas palabras ratificaron un poco más la impresión que me había formado nada más verles en la puerta y durante unos minutos me quede pensando si dejarles que las dejaran en el interior del albergue o que se quedaran en la puerta y mientras decidía lo que hacer, el peregrino me comento:

-Llevo una tendinitis que no me deja caminar con normalidad y una de las que viene tiene problemas de estomago por algo que le ha sentado mal.

Aquella explicación era algo corriente en la gente que trataba de causar lastima en los hospitaleros pero algo me decía que no podía ser insensible a lo que todavía no sabia si era cierto.

-Si os encontráis mal, podéis pasar al albergue y descansar, también si necesitáis alguna cosa, podéis pedirla y en lo que podamos ayudar, para eso estamos.

Fueron a buscar al resto de integrantes del grupo, dos peregrinas que se encontraban ya en el bar del pequeño pueblo.

Según iba registrándoles en el libro de peregrinos fui confirmando lo diferentes que eran los integrantes de aquel grupo que en condiciones normales difícilmente hubieran estado juntos, pero el camino suele ser caprichoso y va haciendo que lo que no vemos a simple vista, él se encargue de mostrárnoslo.

Joan que llevaba la voz cantante, era el que decía tener una tendinitis y le propuse que se aplicara hielo en la zona dolorida y si era necesario, podía quedarse allí los días que fueran necesarios hasta que se recuperara completamente, pero me aseguró que habían formado un grupo amplio, la mayoría de los integrantes del mismo, llegarían dos o tres horas más tarde y no quería separarse de ellos.

Eso ratifico todavía más la impresión inicial que me había formado, pero yo no estaba allí para juzgar a los peregrinos que llegaban, me limitaría a darles acogida y si lo aceptaban algún consejo pero nada más.

María era la mas tímida de este grupo, apenas abrió los labios mientras hacia el registro y se limitaba a responder con monosílabos a cuanto le preguntaba. Era una joven de algún pequeño pueblo castellano y en sus ojos se percibía esa tristeza que arrastran algunos peregrinos, al parecer era la compañera en el camino de Joan.

Frank, era más dicharachero, había nacido en algún país sudamericano aunque su nacionalidad era estadounidense y se mostraba muy seguro de todo lo que hacia y sobre todo de lo que decía.

Por ultimo, Anna, era una hermosa rubia de origen alemán, según me confeso en el escaso castellano que hablaba, era la que se encontraba peor ya que tenia molestias en el estomago por alguna cosa que había ingerido y le había sentado mal o quizá por algún frío que había cogido, no lo sabia bien, pero al ver su cara, me di cuenta que estaba siendo sincera.

Le ofrecí que tomara alguna cosa caliente y se acostara, la proporcione dos mantas para que se tapara bien y si descansaba todo el día podría recuperarse.

Les dejé que prepararan alguna cosa para comer y cuando se encontraban en una mesa que había en el patio, me acerque a ellos para ver como se encontraban, sobre todo la joven alemana que seguía en el cuarto y de la que apenas Frank se separaba preocupándose constantemente por su estado.

Poco a poco fuimos intimando un poco más, sobre todo con la pareja con la que podía comprenderme, de esta forma pude enterarme que Joan era un fotógrafo de las revistas del corazón, se había hecho paparazzi, aunque no habló mucho de su trabajo lo que me hizo comprender que no se sentía muy contento con lo que hacia.

María estaba haciendo el camino para encontrar esas respuestas que todos buscamos en alguna ocasión y a veces en el camino podemos encontrar la vía para llegar a las respuestas. Por lo que vi una vez que se marcharon en una nota que dejó, su vida no había sido nada fácil, arrastraba unos problemas emocionales muy importantes y esperaba que el camino la ayudara a superarlos.

Enseguida se disiparon las reticencias iniciales que había tenido hacia este grupo y me olvide de ellos porque fueron llegando mas peregrinos a los que debía atender ya que la etapa había sido dura y el calor que hacia ese día, aconsejaba que los peregrinos fueran registrados lo más rápido posible para que pudieran ducharse y descansar.

De vez en cuando, según iba instalando a los peregrinos que llegaban me interesaba por Anna que seguía tumbada y tapada completamente. Cuando Frank me pedía alguna infusión para ella, se la proporcionaba de inmediato ya que al parecer le estaban sentando bien a la joven.

En una ocasión que fui a indicar a algunos peregrinos que acababan de llegar donde podían dormir, vi que en la pequeña capilla que había en la parte superior del albergue se había introducido algún peregrino y mire a través de los cristales para ver de quien se trataba.

En el interior, pude ver a Frank, estaba en la postura de loto y parecía encontrarse en trance ya que en ningún momento desvió sus ojos hacia donde yo me encontraba, su meditación era tan profunda que parecía estar dormido, por lo que cerré la puerta y le deje allí con sus reflexiones.

El resto del día, los peregrinos que iban llegando casi consiguieron desbordarnos, multiplicaron por ocho a los que habían llegado la jornada anterior y desbordó todas nuestras previsiones por lo que tuvimos que multiplicarnos para atender las necesidades que todos traían, sobre todo a la hora de preparar la cena, no esperábamos tanta afluencia de peregrinos y fue necesario que aplicáramos todos los sentidos para que no faltara nada.

Observé durante el trajín que tuvimos en la cena, que a Frank no le había pasado por alto las atenciones que habíamos tenido con Anna y se mostraba muy agradecido y sobre todo muy servicial, era consciente de nuestro agobio y en todo momento estuvo pendiente de lo que necesitábamos para echarnos una mano y facilitar en lo posible nuestro trabajo.

Después de la cena, había costumbre en el albergue de reunirnos con todos los peregrinos para hacer unos minutos de reflexión y también se hacía una oración con los peregrinos y hasta Anna que se encontraba mejor, todos fueron esa noche a la pequeña capilla.

Pensando en lo que mi mente había imaginado cuando les vi llegar, esa noche, les hablé de lo injusto que en ocasiones puede ser juzgar a los demás sin tener una base sólida para hacerlo y como no somos lo suficientemente humildes para, en estas ocasiones, dejar que vayamos acumulando todos los elementos de juicio antes de formarnos una opinión de las personas.

No se de cuantas cosas más hable esa noche, el caso es que cuando finalizó ese momento entrañable en el albergue, conseguí que todos se fueran abrazando mostrando de esa forma sus mejores deseos hacia los demás.

Aunque no presté especial atención a ninguno de los peregrinos en concreto que esa noche abarrotaban la pequeña capilla, sí me llamaron la atención ciertos detalles que pude ver en el comportamiento de Frank, no era nada concreto, traté de recordar por la noche si había algo especial en esos comportamientos, pero me parecieron como los que habitualmente se producían cada vez que compartíamos con los peregrinos sus sensaciones del camino en la pequeña capilla.

Cuando llegó ese momento especial que se produce cada mañana en el que vas despidiendo a todos los que has acogido y los sentimientos comienzan a jugar malas pasadas ya que se va mezclando la tristeza de verles marchar con la alegría de comprobar que lo hacen alegres, me di cuenta que el grupo especial que había llegado el día anterior, eran los mas reticentes a marcharse, deseaban prolongar lo mas posible la estancia en aquel lugar en el que se habían sentido tan a gusto y no tenían ninguna prisa por abandonarlo.

Frank, fue colocando de una forma parsimoniosa su mochila, guardaba en el interior cada una de las cosas que llevaba en el camino y como el día presagiaba nubes que podían descargar en cualquier momento, en lugar de cubrir su mochila con una funda especial para ella, puso una chaqueta militar de las que se utilizan en los días fríos y lluviosos y con ella cubrió la mochila, las mangas las fue introduciendo de tal forma que quedara bien sujeta y cuando ya tuvo todo preparado, se dirigió a mi con los brazos extendidos y nos fundimos en un fuerte abrazo.

No dijimos nada, en esos momentos no hace falta porque el abrazo del peregrino lo transmite todo. Sentí que se emocionaba y a pesar de su aparente fortaleza física, se venia un poco abajo y sus ojos se pusieron vidriosos. Aunque trató de articular alguna palabra, percibí que la emoción que sentía le impedía hacerlo. Era innecesario porque la expresión de su cara lo decía todo, mostraba ese agradecimiento de quien ha recibido lo que no esperaba y sobre todo, presentí que su estancia en aquel lugar le había servido para comenzar a sentir el camino que estaba haciendo.

Cuando nos separamos, introdujo su mano en uno de los bolsillos y sacó de él su cartera, estuvo buscando entre los diferentes departamentos y una vez que localizó lo que buscaba, lo copió y extendiendo su mano me lo ofreció:

-Toma, esto es para que lo dejes donde mejor creas que puede estar.

Me entregaba dos documentos, un permiso para conducir vehículos militares y una tarjeta de identificación del ejército americano.

-¿Qué es esto? -le pregunté –son documentos que te harán falta.

-Ya no –dijo él –hasta ahora creía que eran importantes, pero me he dado cuenta que no lo son, hay otras cosas mas importantes en la vida y para tenerlos no necesito esto.

-Pero –traté de decirle.

-Verás, me comentó – mi vida ha sido un completo engaño, siempre he querido demostrar que soy capaz de todo, que no había nada imposible para mí y lo que todavía era peor, no lo necesitaba para mi, era para que los demás lo supieran.

Me alisté a los marines americanos que era la élite del ejercito y cuando ya no podía conseguir más me fui a otras tropas más especializadas finalizando en los tiradores de élite. Quería demostrar lo que podía llegar a ser y sobre todo cuando me preguntaban quien era solo tenia que mostrar la tarjeta que te he entregado, así sabían todos quién era yo.

Pero me he dado cuenta que hay cosas mas importantes en la vida, sobre todo he aprendido que lo esencial es la sencillez y la humildad que he encontrado en este lugar y desde este momento mi objetivo será poder llegar a ser un día tan humilde como lo que he encontrado aquí.

Todas las misiones importantes a las que me he apuntado no tienen la importancia de lo que ahora estoy haciendo, ya no necesito demostrar nada a los demás, ni tan siquiera necesito demostrármelo a mi mismo.

-¿Y que quieres que haga con ello? –le pregunte.

-Seguro que tú sabrás lo que tienes que hacer.

-¿Y cuándo te has dado cuenta, cuando se ha producido este cambio? –le pregunté.

-No sabría decírtelo, ha sido en cualquier y en todos los momentos que he pasado en este lugar, he visto todo lo que se hace aquí y he podido sentir esa felicidad que siempre he estado buscando.

Nos fundimos en un nuevo abrazo y ya no pude verle más los ojos, porque él no quería que le viera llorar y se dio la vuelta y siguió por ese camino que estoy seguro que para el ahora tenia una luz especial, muy diferente a la que veía cuando llegó hasta aquí.

Imaginé que la transformación se había producido mientras meditaba en la pequeña capilla, por lo que una vez que se marcharon todos los peregrinos, subí hasta ella y entre unas vigas en un lugar que no se podía ver, dejé los documentos que me había entregado porque ya nunca mas los iba a necesitar.