almeida – 27 de mayo de 2015.

                Hay caminos que se hacen especialmente largos. Siempre acuden a mi mente los antiguos peregrinos que salían de su casa para llegar a la tumba del Apóstol,

esa, era la verdadera peregrinación. Por eso cuando a veces me encuentro con personas que dicen que no han recorrido el camino entero, no sé realmente a lo que se refieren o esos peregrinos que se sorprenden de que alguien se salga de las rutas marcadas para hacer el camino y vaya por otros lugares que no aparecen en los mapas.

                En esas ocasiones les suelo decir que esto no es algo nuevo porque en la edad media, cuando alguien se disponía a hacer la peregrinación, no contaba con el autobús que les llevaba a Roncesvalles o a cualquier otro punto de los que ahora son habituales para comenzar la peregrinación.

                Recuerdo una ocasión en la que me encontraba cerca de la Costa da Morte en uno de los albergues tradicionales del camino donde llegó Antonio. Era un peregrino que había salido desde su casa dos meses antes, había comenzado a caminar en una playa bañada por el Mediterráneo y desde que comenzó, su sueño era conseguir que sus pies se bañaran en las aguas del Atlántico.

                Su peregrinación había sido muy difícil, la primera parte hasta que llegó al Camino denominado francés, lo difícil cada día no era recorrer la distancia que sus pies le permitieran, la mayoría de las veces, el mayor problema consistía en lograr un techo bajo el que poder cobijarse los días que las inclemencias del tiempo hacían el Camino especialmente complicado.

                Me comentaba Antonio, que un día, sus pies le llevaron hasta un pequeño pueblo de Aragón en el que vivían apenas tres docenas de personas y no había ningún servicio en la pequeña localidad, todas las necesidades que tenían los habitantes de aquel pueblo, se las proporcionaban ellos mismos a través de la huerta o los animales que tenían en los corrales y las cosas que no podían elaborar, semanalmente había algún vehículo de venta ambulante que les abastecía de lo que necesitaran.

                No era un lugar en el que inicialmente Antonio hubiera previsto quedarse, porque sabía que allí no iba a encontrar nada, pero estaba demasiado cansado y sus pies se negaban a seguir avanzando y estaba convencido que sería incapaz de recorrer la decena de kilómetros que le separaban del siguiente pueblo, por lo que decidió quedarse allí, a pesar de la precariedad de aquel lugar.

                Preguntó si el pueblo disponía de algún sitio cubierto en el que poder guarecerse, pero todos le dijeron que no había nada, antes en las viejas escuelas se ofrecía un sitio cubierto para los que pasaban, pero el estado de ruina en el que se encontraban había aconsejado su demolición antes que ocurriera alguna desgracia.

                Antonio vio una pequeña ermita que se encontraba cerrada, pero disponía de un minúsculo pórtico, que aunque no completamente, le podría resguardar un poco de la lluvia que estaba cayendo, allí sería donde podía pasar la noche, no de forma confortable, pero sí un poco más protegido que a la intemperie.

                En estos pueblos pequeños, aunque no se ve a nadie por la calle, las noticias parece que corren como la pólvora y en pocos minutos, la mayor parte del pueblo estaba al corriente que había llegado un peregrino que iba a dormir en el pórtico de la iglesia, el efecto dominó, fue corriendo hasta que todos conocieron la noticia y algunos de forma disimulada con los paraguas salieron a dar un paseo para ver a aquel extraño peregrino.

                Cuando Antonio se encontraba extendiendo la esterilla para que le protegiera lo máximo posible del duro y frío suelo, se acercó un hombre algo mayor que él y se presentó:

                -¡Hola peregrino!, me llamo Ismael y no voy a permitir que pases la noche a la intemperie, acompáñame a mi casa.

                -Soy Antonio, muchas gracias – balbuceó el peregrino.

                Ismael cogió la mochila de Antonio y fueron caminando un centenar de metros hasta una bonita casa de piedra en la que en la puerta se encontraba un vehículo con el motor encendido y dentro había una mujer sentada en el asiento del copiloto que al verles llegar salió del coche y saludo a Antonio.

                -Me llamo Lucia, bienvenido a nuestra casa.

                -Ismael condujo a Antonio hasta el interior y le llevó a un cuarto en el que dejó la mochila, le dijo que no sacara nada de la mochila, que en la habitación había lo que necesitara, si quería alguna manta más podía cogerla de un armario y le dijo donde se encontraba el baño y la cocina con la nevera repleta de cosas, que cogiera lo que necesitara. Ellos cuando se enteraron de su llegada al pueblo salían porque habían quedado con unos amigos que les estaban esperando y no podían demorarse más. Le dejó las llaves de la casa y le dijo que cualquier cosa que necesitara, estaba a su disposición y se marchó.

                Antonio no podía salir de su asombro, un desconocido no solo le lleva a su casa, le deja las llaves de su casa, aquello le resultaba, cuando menos, un tanto extraño y sobre todo muy desconcertante.

                Lo primero que hizo fue darse una buena ducha y como le había dicho su anfitrión, se fue a la nevera donde cogió una hermosa butifarra y se sentó en la mesa mientras saboreaba este manjar.

                La curiosidad hizo que Antonio fuera viendo algunas estancias de aquella casa, después de la cocina, fue hasta el salón donde se encontró numerosos libros relacionados con el Camino de Santiago, recuerdos de los lugares más entrañables del Camino y varias Compostelas enmarcadas a nombre de Ismael y de Lucia, ahora lo comprendía todo, eran peregrinos como él y el Camino les había enseñado a aplicar el significado de hospitalidad y como poca gente, lo aplicaban de una manera impecable.

                Estuvo esperando la llegada de los anfitriones, pero el cansancio hizo que Antonio se quedara profundamente dormido, habían sido muchas las emociones de esa jornada especialmente dura por lo que el sueño se apoderó por completo del peregrino.

                Cuando por la mañana se despertó al alba como acostumbraba a hacer cada día, al encontrarse entre suaves sabanas, pensó que todo había sido producto de un sueño más de esos que frecuentemente se dan en el camino, pero cuando encendió su linterna, pudo darse cuenta que todo era real, aunque el silencio de la casa le hizo dudar que sus anfitriones hubieran regresado.

                Recogió las pocas cosas que esa jornada había utilizado guardándolas en su mochila y se dispuso a salir de aquel lugar de ensueño que el camino había puesto a su lado.

                Se percató que en la cocina estaba la mesa puesta con abundante bollería y pastas y la cafetera estaba llena, solo tenía que conectarla para calentar el café que había en su interior.

                Había una nota encima de la mesa que imaginó enseguida que estaba dirigida a él, por lo que la cogió y leyó lo que ponía.

                “Peregrino, buenos días, sentimos no haber podido acompañarte mientras has estado en nuestra casa, pero teníamos un compromiso adquirido con mucha antelación que no podíamos posponer y anoche regresamos más tarde de lo previsto y ya te encontrabas durmiendo. Como habrás podido ver, también somos peregrinos y es para nosotros un placer haber podido ofrecerte hospitalidad. Somos conscientes que saldrás temprano, por nosotros no te preocupes desayuna y que tengas buen camino. Un abrazo, Ismael”.

                Los ojos de Antonio se humedecieron con algo de emoción y en lugar de desayunar, se sentó esperando que sus anfitriones se levantaran para poder darles un abrazo y compartir al menos unos minutos con estos peregrinos que le habían dado una verdadera lección de hospitalidad.