almeida –  28 de septiembre de 2017.

flechas amarillas del camno400

El Camino, es un lugar donde casi todo tiene algún sentido, en él caben todas las cosas que podamos imaginarnos, por muy inverosímiles que estas puedan resultarnos, es y será siempre eterno y la imaginación de quienes los recorren, no tiene límites.

Por eso cuando escuchamos historias que a veces nos resultan increíbles, cuando estamos realizando el Camino las llegamos a dar por verosímiles, incluso ni nos atrevemos a discutirlas, estamos convencidos que en algún momento o en algún lugar han ocurrido, aunque solo sea en la imaginación de algunas personas.

Es frecuente escuchar la magia que desprende el Camino, los espíritus que a veces lo están recorriendo o las apariciones de algunos fantasmas que no han encontrado esa paz que tanto necesitan y siguen deambulando por el lugar en el que en alguna ocasión dejaron este mundo para ir a ese descanso eterno que no pudieron encontrar, porque había algo que les retenía y no les permitía marchar de una forma definitiva.

También yo, en muchas ocasiones me he visto traicionado por mi mente o quizá por mi imaginación no sabiendo llegar a discernir si alguna de las cosas que creo que había vivido lo fueron realmente o solo se trató de un producto más de mi soñadora mente.

Pero en esta ocasión no voy a hablar de esos fantasmas que también los hay en el Camino, voy a tratar de hablar de esos otros que si son reales, porque en más de alguna ocasión he coincidido con ellos y que desgraciadamente cada vez son más frecuentes en el Camino.

Generalmente, entre los peregrinos, siempre hay alguno que destaca o pretende hacerse destacar dándose esa importancia que sólo ellos se atribuyen porque se sienten más peregrinos que los demás y alardean de ello llegando en la mayoría de las ocasiones a hacer el ridículo. Para algunos pueden llegan a ser personas especiales y diferentes, pero para los peregrinos no dejan de ser esos presumidos que hacen bueno el refranero “Dime de que presumes y te diré…………..”

Son ocasiones en las que las palabras sobran y normalmente no te apetece entrar en discusiones vanas, quien no desea escuchar, es porque tampoco tiene nada que aprender o es incapaz de asimilar cualquier enseñanza que le pueda enriquecer.

Me encontraba en una ocasión en uno de esos albergues que son una referencia del Camino, uno de esos oasis que los peregrinos deseamos encontrar y sobre todo disfrutar y aprender de todo lo que pueda aportarnos en cada momento.

El hospitalero, a pesar de su juventud, era una de esas personas que saben cómo tratar a los peregrinos, escuchan siempre que tienen que escuchar y solo suelen hablar cuando tienen alguna cosa interesante que puedan aportar a los demás.

Ese día, habían llegado hasta el albergue una docena de peregrinos, pero había dos que eran diferentes a los demás, no por tratarse de una pareja gay, sino porque eran completamente diferentes y había muy pocas cosas que tuvieran en común.

Lucas, era la primera vez que estaba en el Camino, para él todo era nuevo y sabía ir con los ojos y la mente abierta tratando de asimilarlo todo, la experiencia estaba siendo muy enriquecedora para él. Su compañero Eduardo, era en cambio una persona suficiente, nada de lo que viera le motivaba porque ya lo había visto antes, no en vano decía ser uno de los peregrinos más expertos porque había recorrido más de media docena de veces el Camino y éste tenía para él muy pocos secretos, más bien ninguno, aseguraba saberlo todo sobre él.

Cuando todos los peregrinos se encontraban alrededor de la mesa compartiendo la cena comunitaria que el hospitalero les había preparado, como desde que había llegado hasta allí, Eduardo no cesaba de hablar, daba lecciones incluso a los que cuando le escuchábamos estábamos convencidos de las numerosas meteduras de pata que solía introducir en cada una de las frases que estaba diciendo.

Cuando fue exponiendo sus conocimientos sobre las señales que había en el camino, quiso advertir a los peregrinos más noveles la diferencia que había en las señales cuando se pasaba de la región de Asturias a la de Galicia, Cambiaba el sentido con el que se colocaban los azulejos que reproducían la vieira, en lugar de marcar el Camino hacia la parte en la que las estrías de las conchas se unían, era al revés en Galicia, había que seguir la dirección en la que se encontraban más separadas.

-Es que el camino en Asturias es diferente en todo – aseguró Eduardo – hasta las flechas también son diferentes, ya que en Asturias en muchos sitios en lugar de ser flechas amarillas las que te van marcando el camino, se han pintado flechas azules.

-Azules – dijo uno de los peregrinos – yo no he visto ninguna, todas son amarillas.

-Pues te vas a encontrar en algunos sitios flechas azules que son las que suelen poner en esta comunidad.

El hospitalero que solo intervenía cuando pensaba que era necesario y en aquella ocasión, aquel comentario podía confundir a los peregrinos que se encontraban en el albergue, no pudo por menos que comentar.

-Esas azules que tú dices, no marcan el Camino de Santiago, pueden marcar algún otro camino, pero no el que cada uno de los que estáis aquí debe seguir.

-Eso es porque no lo has visto – aseguró levantando el tono de voz Eduardo – esas flechas azules, las hay y se encuentran en el Camino y en más de una ocasión y a más de un peregrino le han llegado a confundir. A mí la primera vez que las vi me pasó y llegué a perderme.

-No sé dónde las verías – siguió diciendo con calma el hospitalero – pero en el Camino que tenéis por delante no las vais a ver y si las hay son indicando otro camino.

-¡Me lo vas a decir a mí! – exclamó el peregrino fantasma.

-Bueno, precisamente el comentario era para los demás que pueden confundirse con lo que les estás diciendo – volvió a asegurar el hospitalero sin variar el tono de su voz.

-Eso será aquí, en la zona más próxima al albergue que tú conoces, pero en el resto del Camino las flechas son azules – casi llegó a gritar el peregrino fantasma tratando con ello de ser algo más convincente.

-Bueno, yo soy uno de los que suelen repintar el Camino y nunca he tenido un bote de pintura azul, siempre he comprado pintura amarilla y lo que conozco de éste y de otros caminos, no he visto una flecha de un color diferente al que utilizó por vez primera don Elías en la primera flecha que pintó sobre una piedra o un árbol.

-Pues no me lo estoy inventando – afirmó el peregrino fantasma – y no soy un novato en esto, ya que he recorrido el Camino en más de seis ocasiones.

El hospitalero, viendo que el tono de la conversación estaba incrementando los decibelios de una forma importante y su veteranía le decía que a quien no quiere escuchar es absurdo decirle las cosas más de una vez, no quiso echar más leña al fuego, ni tan siquiera diciéndole que en los cerca de cuarenta Caminos que llevaba recorridos, nunca se había encontrado una flecha azul que marcara este sendero.

El peregrino fantasma, trató de sacar nuevos temas de conversación o de adoctrinamiento con sus conocimientos, pero se dio cuenta que la mayoría de los peregrinos apenas le prestaban atención, se habían percatado que en esa ocasión sí que había un fantasma en el albergue.