Esther Cid Romero – 20 de agosto de 2016.

                No hace mucho tiempo, o quizás sí, la prodigiosa semilla de una raza milenaria comenzó a gestarse en lugares dispares, algunos tan lejanos que sólo tienen por frontera el mar.

                No hace mucho, o quizás sí, la minúscula grana fue arrastrada por el viento y en agitadas brujas y enérgicas balaburdias llegó hasta aquí, reconociendo desde lo alto la tierra que la acogería para siempre.

                No hace tanto, o quizás sí, cuando apenas tocaron el suelo, vi surgir de ellas los primeros brotes, tiernos y delicados, pero que ya anticipaban con su porte, la fuerza y el orgullo de la sabia que los alimenta.

                No hace tantos años, o puede que sí, correteaban alocadas y felices, con la incansable forma de disfrutar que parece agotarse al crecer. De acá para allá, de la fuente a la plaza, del reloj a la Cañada, en ese rescate nocturno por el que muchos hemos pasado, no hace mucho, o quizás sí.

                Y llegaba un nuevo invierno con fríos y nieblas, nubarrones y lluvias, todos confabulados,  intentando arrasar las pequeñas hojas de sus finos tallos. Pero nada impide que la naturaleza se abra paso y tras los oscuros meses,  llega la cálida luz que promete, si las notas han sido buenas, volver al lugar donde los problemas  no entran nunca, donde lo malo queda “pallá” de Palomillo, donde el tiempo pasa tranquilo, pausado, al mismo ritmo que traía la vacada cuando antaño, cruzaba nuestras calles.

                Y así este verano están aquí de nuevo, como las cigüeñas, como las golondrinas, como las mariposas, como las rosas.

                Unos golpecitos en el hombro. Me giro. Al no reconocer  a la joven, no hago mucho caso. ¡Jolín Esther, que soy yo! El tono tan familiar del reproche y la inteligencia natural que destila su cuerpo entero me dan la pista definitiva. La niña con nombre de selva norteña es ahora tan alta como yo.

                En la mesa del fondo, en la terraza, veo una figura inclinada sobre el móvil. Paso de largo. ¡Hola! Cuando me detengo para comprobar quien me saluda, ella ya ha dado un salto y me planta dos besos.  Mientras  me cuenta que su «ama» está en casa y que su «aita» no llega hasta el 13, yo no puedo dejar de observar sus preciosos ojos y que ahora son más brillantes que nunca.

                ¿Cuántos niños son para cenar? Contando al poner los platos voy repasando los nombres, para no dejarme ninguno. Al llegar al 15, la niña bonita ¿casualidad? me quedo bloqueada, no la recuerdo ¿a caso la conozco? La encantadora timidez de sus años, o los artilugios de dentista que prometen dentadura perfecta, congelan sus labios unos segundos… pero finalmente la fuerza interior que le otorga su noble nombre romano, consigue  mandar al cuerno a la vergüenza y al carajo con el dentista, es su cara al completo la que a carcajadas, me dice… sí, soy yo.

                La piel morena de su madre, la inquietud nerviosa de su padre. Como un ciclón pasa a mi lado diciéndome adiós con la mano. Nada le da miedo, nada se le pone por delante, a todo se atreve.  Eso sí, jamás pierde la elegancia y gracilidad que la disciplina del ballet otorga a sus movimientos.

                Quizá sea el corte de pelo, o puede que ya tocara pero, poco a poco, va desapareciendo el gesto de niña y una belleza serena se asoma a esos ojos oscuros de largas pestañas. ¿A qué hora te acostaste ayer, Esther? A las dos y media. Su respuesta es un desdén con la mano mientras dice: Pues yo tengo 11 y me acosté a las tres. Estás un poco abuela. Claro, como ya te tiñes. Sospecho, que seguirá conservando la gracia socarrona del pequeño roble.

                Vino por detrás en alegre trote de  cervatillo. No reconocí sus suaves brazos alrededor de mi cuello, apenas reconocí su piel blanca como la nieve.  Lo que resultó inconfundible fue su ronca voz al saludarme. Me reconfortó pensar que ese cariñoso abrazo sería diario hasta que acabaran sus vacaciones.

                Y son muchas más. La de nombre de ave pacífica, de eterna sonrisa, la que nació con los acordes de la dulzaina, las hermanas esbeltas de pelo trigo tostado, la que pasa las tardes con los abuelos sin salir del agua, como un delfín, todas las que lucen a la espalda la mochila de moda.

                Es maravilloso además descubrir, que tras ellas comienzan a crecer otras tantas, igual de hermosas, que aseguran ser mayores para ir a la plaza solas, mientras con mohines imploran una ficha más para los hinchables.

                Y dentro de unos días seré testigo de su partida. El curso exige replegar encantos y concentración absoluta. Por favor ¡hacedlo! Estudiad mucho durante el invierno. El año que viene regresaréis  más bonitas, más sabias. Quiero que el intenso color de vuestros pétalos ilumine los rincones y la vida de este pueblo, y la fresca fragancia de vuestra juventud nos embriague a todos al ponerse el sol.  ¡Chicas, Tábara os necesita!

Sois y seréis siempre las preciosas flores de agosto.

                                                                                                            Esther Cid Romero. Agosto 2016