Han pasado ya más de dos largos años, desde aquel 3 de mayo de 2018, cuando Leticia Rosino Andrés, una joven Tabaresa, llena de vitalidad y de energía, con un futuro muy prometedor por delante para desarrollar todos los proyectos en los que estaba trabajando, tuvo la desgracia de que en su camino se cruzará un desalmado asesino, que de forma agresiva brutal y despiadada, segara un futuro ilusionante que Leticia no pudo ver realizado.

D.A.A. que son las iniciales de este asesino confeso, en pleno uso de sus facultades, conociendo las costumbres de Leticia, y actuando como a veces hacen las alimañas cuando esperan sus presas, esperó ese momento en el que la joven disfrutaba de su tiempo libre, para abordarla por la espalda y de una forma fría y calculada, la agredió por detrás, como sólo pueden hacer quienes no son capaces de afrontar cara a cara y con dignidad la vileza del acto que van a cometer y con una piedra la derribó y después de forzarla, acabó asesinándola.

Ni en los peores relatos que pudieran llegar a imaginarse Edgar Allan Poe, seriamos incapaces de imaginar una situación tan espeluznante como esta, en la que un asesino, con total impunidad, es capaz de arrebatar fríamente la vida de una persona.

Llegó a ser tal la perversión de este asesino, que trató de incriminar del hecho a su progenitor y hasta de forma miserable, participó en la búsqueda de la joven, tratando de infundir ánimo a sus familiares.

Nada puede reparar la pérdida de una vida y la justicia, por muy justa que sea, nunca resarcirá de pérdidas como la de Leticia, porque ella nos fue arrebatada para siempre y sus familiares nunca tendrán el consuelo de la pérdida que han sufrido.

La circunstancia de que este asesino fuera menor de edad, tampoco ayudó a la familia a aliviar la tremenda pena y el dolor que se les había causado, porque un ser consciente del daño que estaba ocasionando y sin mostrar la menor empatía por la víctima, se vio amparado por las leyes que nos hemos otorgado y su crimen al final ha conseguido ser saldado, con tan sólo ocho años de reclusión, algo que a cualquier ser decente y normal nos causa estupor.

Después de estar confinado durante dos años en el centro de menores de Zambrana, el asesino ha llegado a la mayoría de edad y se tenía que decidir sobre su mantenimiento en este centro o que cumpliera el resto de la pena que le queda en un centro penitenciario para adultos.

El juez, después de analizar el caso y escuchar a los representantes de las partes y teniendo en cuenta los informes técnicos del centro de Zambrana, ha optado por recluir a este asesino en una cárcel para que pague el resto de la condena, leve condena, impuesta y que hasta el último minuto del último día, cumpla con su reclusión, el daño que ha podido ocasionar a una familia y sobre todo, que su conducta no vuelva a repetirse, porque en ningún momento ha demostrado ni arrepentimiento, ni empatía, ni tan siquiera se ha percibido un ápice de reinserción en su cruel comportamiento.

Es necesario que tomemos conciencia, que actuaciones como ésta, no se corresponden con el castigo que llega a imponerse. Es necesario que nos pongamos en la situación de la víctima y de su familia, para ver lo injusto que pueden llegar a ser la reparación de algunos comportamientos y el desgarro que pueden llegar a ocasionar y si poniéndonos en esta situación, llegamos a la conclusión que no es justo, debemos luchar para modificarlo, porque el día menos pensado, puede llegar a afectarnos de una forma más directa y entonces lamentaremos no haber luchado para dotarnos de unas leyes, que cuando menos, resulten más justas.