almeida – 13 de junio de 2o015.

ampollas

Cuando vi aparecer a aquel peregrino por el fondo de la calle que daba acceso al albergue, me di cuenta enseguida que no iba a llegar muy lejos, era uno de esos candidatos a dejar el camino, una de las apuestas más seguras que podías hacer.

                Caminaba muy lentamente y sentía cada una de las pisadas que tenía que dar para avanzar porque el dolor que sentía, se transmitía en cada una de las partes de su maltrecho cuerpo.

                Me acerqué hasta donde se encontraba y le di la bienvenida mientras le ayudaba a desprenderse de la pesada mochila que llevaba en las espaldas.

                Me presenté y le di algunas palabras de ánimo, al menos para que pudiera llegar con dignidad hasta el albergue, pero si hubiera dispuesto en esos momentos de una silla de ruedas, estoy seguro que se la hubiera ofrecido y él me la hubiera aceptado.

                -Me llamo Onésimo – respondió el peregrino – y agradezco que me quites este suplicio de encima, porque ya no podía más.

                -Tú, en lugar de estar haciendo el camino en una peregrinación, lo que estás haciendo es una penitencia con la mochila que llevas – deberías reducirla al menos a la mitad, de lo contrario, no te doy más de dos días para que vuelvas a casa.

                -¡Eso nunca! – Respondió Onésimo – antes reviento, pero el camino es una promesa que tengo que ver cumplida.

                -Pero una promesa como tú dices, no tienes que mortificarte con un sufrimiento innecesario.

                -Iré aprendiendo, soy un novato en esto, solo llevo dos días caminando, pero estoy convencido que al final acabaré estableciendo una relación con el dolor y lo superaré porque no soy un inútil.

                -Nadie dice que lo seas, lo que no eres es sensato, dices que irás aprendiendo y espero que las condiciones en las que has llegado hoy sea la primera lección que aprendas.

                -Cuando se sentó, mejor dicho se tumbó en la sala de recepción del albergue, al desprenderse de las botas, vi que las plantas de sus pies se encontraban completamente llagadas por unas enormes ampollas.

                -Parece que ya van mejor – dijo observándolas.

                -Pues no quiero imaginarme como estarían antes – le respondí – tienen muy mala pinta y si no las curas bien se irán agrandando y acabaran infectándose y ese es uno de los primeros motivos de abandono. Si quieres después de la ducha, te las curo y te digo como tienes que hacerlo.

                -Esto no es lo peor, ya estoy aprendiendo a convivir con el dolor y puedo soportarlo, lo malo es que me está apareciendo un dolor en las rodillas que cada vez que doy un paso, siento unos pinchazos que me paralizan.

                -Es normal, es la consecuencia de las ampollas – le respondí – como sientes dolor al pisar, lo que haces es cambiar la forma de apoyo y después de hacerlo muchas veces, los tendones de las rodillas se te van inflamando y te sobreviene la tendinitis y eso no es como las ampollas, una tendinitis solo se cura con descanso o abandonando.

                -Descansar no me importa – respondió él – no tengo prisa en llegar, pero abandonar, eso jamás, sé que podré ir afrontando todas las adversidades que se vayan produciendo.

                Dejé que se acomodara en el lugar que le había asignado y le dije que se diera una buena ducha y cuando ya hubiera descansado, saldríamos al patio donde le curaría las heridas y le explicaría como podía hacerlo los siguientes días hasta que se curaran del todo.

                Tenía los pies en unas condiciones terribles, algunas ampollas habían reventado y las que no lo habían hecho se encontraban hinchadas como globos y nada más tocarlas percibía el dolor que sentía el peregrino.

                Desinfecté bien las amollas que ya estaban reventadas y fui extrayendo el líquido de las que se encontraban a punto de reventar introduciendo una aguja con hilo dejando los hilos en los extremos para que drenaran el líquido que pudiera producirse y toda la zona afectada la desinfecte bien con betadine.

                Le propuse que lo mejor, para que las heridas se fueran secando era que las mantuviera todo el tiempo posible al sol, el efecto de los rayos del sol era lo mejor para secar las heridas y por la mañana antes de marcharse le cubriría las ampollas para que él viera como se hacía.

                Cuando pasé mis dedos por sus rodillas, el dolor que sentía, le hacía estremecerse, le apliqué una crema para bajar la inflamación y le dije que aquello iba a ir a más, tenía que irse planteando que si quería seguir caminando debería hacer al menos dos días de reposo y podía quedarse en el albergue si lo deseaba.

                -Puedo afrontarlo, no soy un inútil, soy capaz de conseguirlo, no voy a rendirme al segundo día – protestaba bastante enfadado el peregrino.

                No se trata de eso Onésimo, las cosas no son como siempre queremos que sean y a veces hay que aceptarlas como vienen, personas muy preparadas, que han estado un año preparando el camino, tienen que dejarlo, porque hay algún motivo que no les permite seguir avanzando y por ello no son ni inútiles ni incapaces, más bien son sensatos y saben que ya tendrán otra oportunidad.

                Se pasó el resto de la tarde en el patio, tumbado en un banco meditando, de vez en cuando me acerqué a donde se encontraba para interesarme por su estado y fui dándome cuenta que estaba asimilando el contratiempo que había tenido ya que se interesó por lo que hacíamos en el albergue y me preguntó en reiteradas ocasiones que si él se quedaba dos días no iba a resultar molesto.

                -¿Molesto?, hay más de una escoba y aunque estés cojo, como tú dices no eres un inútil o sea que barrer y fregar ya puedes, así nos echas una mano para terminar antes.

                Parece que mis palabras animaron un poco más de lo que se encontraba a Onésimo que ya no tenía el mal humor que percibí cuando llegó, incluso, se animó a incorporarse a alguno de los grupos que se habían formado en el patio integrándose animadamente en ellos.

                Por la mañana, cuando terminé de preparar los desayunos, me interesé por el estado en el que se encontraba el peregrino y me respondió que ya estaba mejor, que creía que podía seguir caminando porque las curas que le había realizado, le habían recuperado de una forma asombrosa. Yo sabía que no era así porque todavía cojeaba, pero era él quien tenía que decidir lo que iba a hacer, era su camino y solo él y el camino deberían ser los que decidieran hasta dónde podía llegar.

                -Bueno, pues como te dije ayer, vamos a hacer las curas para que puedas continuar caminando.

                Le senté en una silla y fui observando las ampollas que tenían mejor aspecto, pero todavía no estaban curadas del todo, le fui aplicando de nuevo desinfectante y recorté unas bayetas absorbentes que fui poniendo encima de cada una de las ampollas dejando que la parte recortada dejara a la vista la zona afectada y luego lo cubrí con esparadrapo.

                -¡Así es como tienes que hacerlo cada día! – le dije, cuando llegas después de la ducha y antes de comenzar a caminar.

                Coloqué uno de mis dedos sobre la rodilla de Onésimo apretando suavemente sobre la zona afectada y como si hubiera tenido un potente calambrazo se encogió emitiendo un desgarrador grito de dolor.

                -Así no vas a llegar muy lejos, es más – me atreví a aventurarle – no creo ni que termines la jornada de hoy.

                -¿Tan mal lo ves? – me preguntó.

                -Tú eres el que tiene que verlo, a mí no me duele, eres tú quien sabe mejor que nadie como está.

                -¿Igual lo más prudente, es seguir tu consejo y quedarme uno o dos días aquí?

                -Eso depende de ti, pero si me pides consejo, te digo lo mismo que te comenté ayer.

                -Pues, decidido, acepto tu ofrecimiento.

                La decisión, era la más acertada y personalmente, creo que además de venirle muy bien por el reposo que necesitaba, creo que aquellos dos días cambiaron de una forma increíble al peregrino, aprendió a conocer el Camino desde otra perspectiva y en esos dos días, creció como él quería mucho más que en muchos días de camino.

                En todo momento se prestaba para hacer lo que fuera necesario, al principio solo le asigné barrer las estancias del albergue, pero al día siguiente, quiso hacer lo que yo hacía y mientras limpiaba uno de los baños él se ponía con el otro.

                Especialmente, le vi disfrutando cuando llegaban los peregrinos que salía a recibirlos y como hice yo cuando él llego, les ayudaba a desprenderse de sus mochilas y les acompañaba hasta la estancia que se les había asignado a cada uno. Fueron dos días en los que le vi disfrutar como a pocas personas había visto antes y yo me sentía muy a gusto con su compañía.

                Estuvimos reestructurando su mochila, le enseñé un sistema que en una ocasión me había comentado un peregrino y que siempre me había dado un resultado muy bueno. Fuimos colocando todas las cosas haciendo tres montones. En el primero fuimos poniendo todas las cosas imprescindibles, en el segundo las cosas necesarias y en el tercero aquellas cosas que llevamos al camino “por si acaso” y una vez revisado cada montón, guardamos en la mochila las del primero, las cosas necesarias y lo demás lo dejamos en el albergue para cuando él volviera a recogerlas o por si algún peregrino necesitaba algo de aquello podíamos disponer a nuestro criterio de todo lo que dejaba.

                El peso de la mochila se había reducido a la mitad y ahora cuando la cargaba sobre sus hombros y caminaba unos metros notaba la diferencia y comprendió que de esa forma si podía hacer mejor el camino y sus rodillas se resentían menos del peso.

                -Veo que vas creciendo como decías – le comenté – no hay nada como ir ligero de equipaje como decía el poeta para seguir avanzando sin lo superfluo que te impida hacerlo.

                Todas estas enseñanzas las agradecía, porque como él aseguraba, le enriquecían y eso era lo que le permitía crecer, además le servían de gran ayuda para afrontar el reto que se había propuesto y no sentirse un inútil como en ocasiones llegó a pensar.

                El segundo día, llegó un grupo en el que se encontró integrado enseguida con ellos y por la noche me comentó que ya estaba mucho mejor y que al día siguiente reiniciaría el camino con ellos.

                Fue una despedida de esas que se llegan a sentir en el alma, el abrazo con aquel peregrino se prolongó más de lo habitual y la emoción que los dos sentíamos nos impidió decir nada, únicamente, cuando se alejaba creí escuchar un hasta pronto o eso fue lo que me pareció a mí.

                Los dos días siguientes, estuvimos en contacto por teléfono y Onésimo me confesó que se había recuperado milagrosamente, las atenciones que le había dispensado y lo liviano que iba caminando sin notar el peso de la mochila le estaban haciendo recuperarse a pasos agigantados, ahora estaba completamente convencido que lo conseguiría.

                Tres semanas más tarde, recibí una llamada del peregrino, apenas podía comprender lo que me estaba diciendo ya que había un gran jolgorio a su alrededor y la emoción con la que trataba de contarme lo que le estaba sucediendo impedía que pudiera comprender cada una de las palabras, pero sobre todas entendí que había llegado y que lo había conseguido, el sonido de las campanas de la Catedral, certificaba cuanto me estaba diciendo.

                También yo, me sentí feliz por aquella noticia, en varias ocasiones tuve dudas de que pudiera conseguirlo viendo las importantes lesiones que llevaba, pero era una persona muy decidida y también un poco tozuda y enseguida las dudas se disipaban. Sabía que lo conseguiría.

                Dos días después de la llamada, recibí la visita del peregrino, su expresión había cambiado de una forma significativa. Aquella persona malhumorada y dolorida que tres semanas antes llegó al albergue, era ahora una persona que transmitía una felicidad indescriptible, sus ojos tenían un brillo especial y no era necesario que me contara nada porque en aquella expresión pude ver el cambio que en él se había producido.

                Pero Onésimo, estaba deseoso de contarme como había sido su experiencia y no cesaba de hablar. Me dio mil detalles de las personas con las que reinició el camino, con la mayoría de las cuales llegó a Santiago y de todas y cada una de las experiencias que en cada momento había ido sintiendo y sobre todo, estaba tremendamente feliz, el camino le había enseñado muchas cosas y con ellas había ido creciendo.

                No volvió a tener molestias en los pies y cuando alguien que caminaba a su lado sentía los mismos síntomas que él tuvo aquel día, con paciencia le iba aplicando aquellos remedios que yo le había enseñado.

                Me sentía feliz, cuando ves que la labor que estás haciendo sirve a los demás y como en este caso le ayudas a crecer un poco más, esa noche, cuando te acuestas sabes que cada uno de los sueños que van a aparecer en tu mente, serán pensamientos muy agradables porque cuando te sientes satisfecho con lo que has hecho tu conciencia se predispone a que esta situación aparezca.