almeida –9 de febrero de 2015. c 1114

Una de las virtudes que observo cada vez que voy al camino, es la bondad y la generosidad de la mayoría de las personas con las que me encuentro. Muchas veces suelo afirmar, que el camino sabe extraer lo mejor que cada uno tenemos y lo muestra ante los demás, es esa presentación que hacemos de nosotros mismos, la que permite que los demás nos lleguen a conocer como realmente somos y no como habitualmente solemos comportarnos.

                En varias ocasiones he pensado si esta transformación no puede ser algo ficticio, pero siempre llego a la conclusión que es muy difícil mantener una apariencia diferente a lo que tu eres durante mucho tiempo y lo que resulta más curioso es que siempre sea en el mismo lugar.

                Esta situación la he comentado con algunas personas que también sienten lo mismo y al final hemos llegado a la misma conclusión, el camino consigue transformarnos, pero no haciéndonos otra persona, sino dejando aflorar eso que tenemos en nuestro interior y que generalmente no mostramos en nuestro comportamiento habitual unas veces porque daríamos la sensación de debilidad y en otras ocasiones por miedo a que lo puedan utilizar para hacernos daño y nos ponemos esa coraza que nos hace comportarnos como en realidad, en lo mas profundo de nuestro ser, no somos.

                Siempre que vamos caminando, de forma casi inconsciente, vamos formando grupos afines con los que nos sentimos más a gusto que con los demás peregrinos, muchos de ellos, cuando terminemos nuestro camino, formarán ya parte de nuestras vidas, no importa que hayamos estado una, dos, diez o veinte jornadas juntos, quienes tienen que entrar en nuestra vida lo hacen independientemente del tiempo que hayamos estado caminando juntos.

                Por eso, una de las riquezas tangibles de quien ha sido peregrino, es la cantidad de buenos recuerdos y sobre todo de amigos que conserva en su vida y cuantas más veces hayas realizado el camino, vas viendo que el zurrón de los amigos se va llenando cada vez que regresas a tu casa.

                Siempre que he pensado en la bondad de las personas, había algo que me decía que si quería de verdad encontrarla tenía que pensar en el camino, seguro que allí era donde en alguna ocasión seguro que la había llegado a conocer.

                Después de muchos caminos, también son muchas las personas que han dejado un recuerdo imborrable en mi memoria, generalmente estos son siempre buenos recuerdos, seguramente habrá también alguno malo, pero selectivamente los pocos que haya podido tener, están guardados en uno de esos archivos de la memoria a los que es muy difícil llegar.

                Creo que la primera vez que pensé en esto, fue cuando conocí a un viejo hospitalero, un hombre muy humilde y sencillo pero que encarna a la perfección lo que es la bondad personificada.

                Como en las historias del camino que suelo compartir con otras personas, generalmente peregrinos, suelo huir de los lugares y también de los nombres para que no sean identificados, son gente que no necesitan publicidad y además huyen de ella, en esta ocasión definiré a esta persona como el Maestro, muchos ya sabrán de quien estoy hablando y los que no lo sepan con estas referencias seguro que al final, en el camino acaban encontrándolo y tampoco a ellos quiero romperles esa sorpresa que siempre nos sabe proporcionar el camino.

                El maestro, es uno de esos peregrinos añojos, que no puede vivir apartado del camino y cuando las fuerzas comenzaron a escaparse, aceptó habilitar una vieja casa en la que se diera acogida a los peregrinos y demás transeúntes que circulaban por el camino.

                Para mí, representa todo un espectáculo cada vez que me encuentro en su casa y observo como recibe a los peregrinos, porque aunque esté haciendo lo más importante del mundo, para él lo más importante que puede haber, es siempre el peregrino y deja todo para atenderle.

                Además de interesarse por cómo está haciendo el camino, se preocupa por si tiene alguna lesión, no solo en el cuerpo que esas se pueden remediar fácilmente, también se interesa por las del alma que son más difíciles de ver y sobre todo de curar, pero él sabe hacerlo como nadie.

                También me he encontrado en alguna situación en la que alguien trataba de hacer cosas que iban contra ese espíritu con el que él entendía el camino y he presenciado algunos rapapolvos importantes, pero sin perder en ningún momento la compostura y sin permitir que por su boca saliera una palabra más alta que la otra.

                Creo que nada más verle, ya nos damos cuenta que nos encontramos ante un hombre sencillo y bueno, pero solo con estar un rato a su lado certificamos que de una persona como él no puede salir ningún pensamiento y menos una acción que podamos censurar.

                Únicamente vive para y por el peregrino y durante los años que ha estado en contacto con el camino ha sabido ir asimilando esa energía que suele contener cierta magia y ha sabido convertirla en bondad que es lo que ofrece siempre a los que llegan a su casa.

                Para mí, el Maestro siempre será la bondad personificada y cada vez que piense en esta virtud que tienen muchas personas, la imagen del maestro aparecerá de inmediato en mi mente.