almeida – 08 de julio de 2016.

Ocurrió en un pequeño pueblo asturiano, uno de esos lugares en los que la magia de la antigua hospitalidad que recibieron los peregrinos medievales se sigue conservando intacta.

            En el sencillo y maravilloso albergue donde los peregrinos encontraban ese oasis que buscaban cada jornada, estaba a su cuidado Jorge que más que un hospitalero voluntario, era un hospitalero vocacional que sabía disfrutar cada minuto del día recibiendo a los peregrinos.

            Ese día, llegó una peregrina que era diferente a las demás, no solo por ese aura especial que parece percibirse en algunas personas. Ella ya había llegado hasta Santiago y ahora, como los antiguos peregrinos regresaba caminando hasta su casa. Todavía le quedaban casi dos meses de camino. Vivía en Paris y pensaba llegar al punto de salida de su aventura sin haber tenido que desplazarse de otra forma que no fuera con el impulso que le proporcionaban sus pies.

            La peregrina disfrutó mucho en aquel albergue, ya de por sí el camino era algo muy diferente a todo lo que había experimentado en su larga vida, pero encontrar un lugar como el que ahora se encontraba la hacía regresar al pasado imaginando a aquellos primeros peregrinos que fueron marcando este camino que ahora ella estaba recogiendo y como les ocurrió a ellos, en el lugar en el que la habían acogido, además de recibirla con una enorme sonrisa la obsequiaron con la hospitalidad más pura que se puede encontrar.

            A la mañana siguiente, la peregrina se abrazó a Jorge en la puerta del albergue y emocionada le dijo que había sido un placer haberle conocido y sobre todo no olvidaría jamás la acogida que le había dispensado y los dos sintieron como si un ejército de hormigas recorriera el interior de sus cuerpos.

            Cuando el camino giraba a la derecha y la peregrina se perdió del ángulo de visión de Jorge, éste entró de nuevo al albergue dispuesto a realizar la labor diaria para dejar las instalaciones en condiciones para cuando llegaran los nuevos huéspedes que tenía que recibir hoy.

            Según estaba recogiendo las cosas que había en la mesa donde los peregrinos desayunaron, su mirada se posó en una cuchara grande y antigua que tenía grabado el nombre de Michelle. Era de la peregrina francesa que se la había dejado allí olvidada. Miró por la ventana y la vio ya muy lejos, no podría darle alcance y pensó que si se había quedado allí sería por algún motivo, por lo que la dejó cerca de donde se encontraban las demás y pensó que si la peregrina se daba cuenta de su pérdida regresaría a por ella y en caso contrario igual era su deseo que permaneciera en aquel lugar.

            Por la noche, cuando se disponían a cenar, una peregrina se encargó de poner los cubiertos en la mesa y cuando se sentaron para cenar, Jorge se sentó en el lugar en el que la peregrina había puesto la cuchara que Michelle se había dejado olvidada.

            Decidió no utilizarla, se levantó a por otra y guardó la decorada cuchara en un lugar donde solo él sabría que se encontraba por si la peregrina regresaba a por ella.

            Un año después, llegó hasta el albergue una preciosa joven alemana y al ver a Jorge en la puerta se dirigió hacia él cómo si le conociera de toda la vida.

            -Hola – dijo la peregrina – tú eres Jorge verdad.

            -Sí – afirmó Jorge tratando de recordarla.

            -No nos conocemos, bueno casi es como si te conociera por lo que me han hablado de ti. Te traigo recuerdos de Paris.

            -¿De Paris, de quién? – preguntó el hospitalero.

            -De Michelle – dijo la peregrina – pasó hace un año por aquí y me ha hablado mucho de ti y de tu albergue.

            Al escuchar el nombre vino a la mente de Jorge la peregrina que se había dejado la cucharilla aunque no le dijo nada a la joven.

            -Es tanta la gente que pasa por aquí – se justificó Jorge que a veces no puedes acordarte de todos.

            -De ella seguro que sí, venía haciendo el camino a la inversa y dejó en el albergue una cuchara muy bonita y que representaba un recuerdo muy importante para ella.

            -Ésta – dijo Jorge extendiendo la mano y cogiendo la cuchara del lugar en el que la había dejado.

            -La misma, por los detalles que Michelle me ha dado es como si ya la conociera, como me ha ocurrido contigo – dijo la peregrina.

            -Pues qué casualidad – dijo Jorge.

            -No, – respondió ella – en la vida no hay casualidades, es nuestro destino que está ahí y solo tenemos que cumplir lo que él nos dice.

            -O sea que eres amiga de Michelle – preguntó Jorge.

            -Ahora sí, pero hace dos meses, cuando comencé a caminar no la conocía de nada.

            Entonces la peregrina le propuso contarle cómo el destino la había conducido hasta allí.

            Dos meses antes, había salido desde el pequeño pueblo en el que vivía en el centro de Alemania. Había finalizado sus estudios con unas notas brillantes por el esfuerzo que había estado haciendo todo el año y pensó que la mejor forma de recuperarse del estrés que tenía acumulado era irse caminando hasta Santiago ya que por las referencias de personas que lo habían realizado era la mejor terapia en la que podía pensar.

            Cuando se encontraba en París, después de sellar su credencial en Notre Dame, se acercó hasta ella Michelle que se presentó como peregrina y la invitó a que descansara ese día en su casa, pero todavía no eran las doce y deseaba caminar cuatro o cinco horas más y de esa forma dejaba atrás la gran ciudad.

            Michelle, insistió al menos para invitarla a comer y ella no se pudo negar viendo el interés que tenía por ser amable y hospitalaria con una colega peregrina.

            Cuando le comentó que todavía no tenía decidido el camino que seguiría una vez que hubiera cruzado los Pirineos, Michelle le aconsejó que hiciera el recorrido de la costa y cuando llegara a Oviedo fuera por el camino primitivo ya que era diferente de los demás y le iba a encantar porque se conservaba todavía virgen sin el agobio y la masificación que estaban teniendo otros caminos.

            Se despidieron deseándose buen camino y Michelle le dejó una tarjeta con sus datos por si en los días siguientes necesitaba alguna cosa, no durara en llamarla, para eso estaban los peregrinos que se echan una mano cuando alguien lo necesita.

            Continuó su camino por una carretera muy transitada, caminando entre el monóxido que iban expulsando los vehículos la estaba alejando de la ciudad, lo que suponía un alivio para ella al poder sentir de nuevo la naturaleza que percibía a lo lejos.

            Cuando llevaba caminando tres horas, una nube muy negra y con malas intenciones fue cubriendo todo el cielo y en un momento determinado estalló dejando caer toda la humedad que llevaba dentro. Nunca había visto llover con tanta fuerza y ella se encontraba en medio de la nada. Todavía le quedaban unos kilómetros para llegar al siguiente pueblo por lo que decidió refugiarse en una marquesina del autobús que la protegía del agua.

            Como vio que aún quedaba bastante tiempo para que pasara el siguiente autobús que podía dejarla en un lugar habitado se puso a hacer autostop para ver si algún alma caritativa se detenía y la acercaba hasta un hostal donde poder para esa noche.

            No resultó difícil que el primer coche que pasó se detuviera ante aquella hermosura que solicitaba ayuda. Al tratar de explicarle al conductor la situación en la que se encontraba, éste le dijo que la llevaría donde ella deseara a cambio que le recompensara y aceptara las proposiciones deshonestas que la estaba haciendo.

            Cerró de un portazo la puerta del coche y de nuevo se quedó sola esperando que la lluvia cesara aunque la oscuridad del cielo no la hacía presagiar que esto pudiera ocurrir.

            Entonces pensó en Michelle y la llamó por teléfono, le explicó en la situación que se encontraba y el desagradable encuentro que acababa de tener y después de explicarle dónde se encontraba, le dijo que no se moviera y en quince minutos se acercaba a recogerla.

            Un mercedes se detuvo ante la marquesina y Michelle descendió de el con un amplio paraguas y cogió su mochila que la introdujo en el maletero.

            -Ves – le dijo – tenías que haber aceptado mi invitación, era el destino el que había hecho que nos conociéramos y estaba escrito que esta noche tenías que ser mi huésped.

            -Pues si lo llego a saber antes, lo hubiera aceptado cuando me lo ofreciste y no me hubiera calado como lo estoy ahora.

            La casa de Michelle era una vivienda muy elegante y espaciosa situada en el boulevard Haussmann muy próxima al arco de Triunfo.

            Mientras me di un buen baño, Michelle sacó toda la ropa que llevaba en la mochila y la metió en la lavadora mientras me preparaba una cena exquisita.

            Disfrutamos de una prolongada tertulia fuimos consumiendo dos botellas de Moet y con mucha pasión describía cada palabra y cada recuerdo que tenía, me fue hablando de su camino, cómo había disfrutado recorriéndolo y las sensaciones y experiencias que había tenido.

            Disponía de todo el tiempo del mundo y antes de irse al camino había roto una relación sentimental que mantenía desde hacía ocho años. Su posición era muy desahogada, tenía tres boutiques de moda de pret a porter que le permitían llevar una vida sin privaciones, tanto en lo económico como en el tiempo libre que necesitaba. Por eso disponer de cuatro meses para hacer el camino no representaba ningún problema para ella.

            Cuando dejó los Pirineos, continuó caminando por el camino que denominan francés que parte de Roncesvalles y llega hasta Santiago, pero ella lo prolongó a Fisterra. Aunque para el regreso había decidido hacerlo en avión, fueron tantas las sensaciones buenas que recibía cada día que optó por regresar caminando hasta su casa, pero en lugar de hacerlo por el mismo camino, se adentró por el que la conducía a Oviedo y desde allí por la costa llegaría hasta Irún.

            Fueron muchos los buenos recuerdos que conservaba de su aventura, pero me dijo que había media docena que no se le olvidarían nunca y uno de ellos fue cuando estuvo en este albergue donde conoció la hospitalidad en su estado más puro.

            También me habló de la cuchara que se había dejado olvidada, aunque ella nunca lo achacó al olvido sino que aseguraba que era el destino el que había provocado que se quedara aquí y al encontrarme sabía que ese era el destino, que me hubiera conocido y yo regresara a recogerla para luego entregársela.

            Según escuchaba la historia Jorge no daba crédito a todo lo que la peregrina le estaba narrando y también él pensó en el destino que suele ser inexorable y cuando se manifiesta es siempre por alguna razón.

            La peregrina pudo comprobar como todo lo que le había dicho Michelle sobre aquel lugar era tal y como ella se lo había contado y disfrutó de la hospitalidad que Jorge la ofreció.

            Durante la cena, utilizó la cuchara de Michelle y también durante el desayuno y cuando por la mañana se dispuso a abandonar el albergue, Jorge se la entregó envuelta en una servilleta.

            -Se la das a Michelle con este abrazo que te doy para ella y le dices que espero volver a verla un día en esta casa que también es suya.

            La peregrina antes de girar al final del camino, se dio la vuelta y con la mano le dijo adiós a Jorge mientras le enviaba un beso.