almeida – 15 de diciembre de 2014.

Cuando llegas a lo alto de la loma, ya divisas a tus pies la ciudad de Logroño. Solo tienes que salvar el puente, su­cesor del que levantó el de Quintanaortuño para adentrarte en sus calles. Es casi un paseo en un descenso muy suave que para muchos peregrinos suponen los últimos metros para dar por finalizada la etapa de esa jornada.

Hacia la mitad de esta pequeña cuesta, a la derecha, hay unas humildes casas que en cualquier otro lugar del camino pasarían desapercibidas, pero tienen algo mágico que hacen que nos fijemos en ellas. En medio de las casas hay una hi­guera y junto a ella aún sentimos la presencia de una anciana vestida de negro desde la cabeza a los pies. Las arrugas que surcan su cara delatan el paso de los años que se va quedan­do en las gentes del campo en las que la vejez se acentúa más. Sus pequeños y vivarachos ojos siempre otean el Este para ver la llegada de nuevos peregrinos y sentir que se acer­can. Cuántos miles de peregrinos ha visto descender por esta pequeña cuesta, son muchos años los que Felisa lleva allí sentada viendo pasar a los caminantes. Con su sonrisa les transmite toda la bondad del mundo y hace que esos últimos metros que les separan del cauce del Ebro los pies ya no sientan la fatiga acumulada durante toda la jornada.

En los días más calurosos del año, siempre hay sobre una pequeña mesa de madera junto a la higuera un plato con una docena del fruto jugoso y energético que se ha ido madurando en el árbol hasta que va adquiriendo su máxima dulzura, y la gran concentración de azúcar que contiene representa un gran aporte energético para los fatigados pe­regrinos.

En los meses que la higuera ha dejado de dar fruto, Feli­sa ha ido conservando los higos que no se han consumido y con paciencia y amor ha sabido conseguir que se sequen, manteniendo su aporte energético para seguir ofreciéndose­los a los peregrinos todos los días del año.

Junto a una mesa hay un gran botijo que siempre tiene agua fresca porque Felisa la va reponiendo cada poco tiem­po para que pueda calmar la sed que llevan los peregrinos.

Ella siempre ofrece lo que tiene a los que caminan junto a su casa sin pedir nada a cambio. Alimenta los cuerpos de los peregrinos con el fruto que produce el árbol, calma la sed con el agua fresca de su botijo y reconforta sus almas con el amor que ofrece a quienes tienen la fortuna de parar­se unos minutos con ella y empaparse de la sabiduría que solo dan los años y esa bondad que rezuma en todo lo que dice.

Agradeciendo la generosidad que Felisa ofrece, los pe­regrinos dejan unas monedas junto al plato que contiene los higos. Se la ve tan humilde y desamparada que cualquier ayuda siempre será bien recibida, pero Felisa se muestra feliz y satisfecha solo con poder ser útil a los peregrinos. Sus buenas acciones la han convertido en uno de esos espíritus que mantienen vivo este mágico camino de las estrellas.

Un buen día Felisa también quiso hacer el camino, pero su avanzada edad ya no le permitía caminar junto a los pe­regrinos que pasaban por su casa y decidió irse a un camino más elevado. Ese camino que recorren los elegidos, porque por el sendero que ahora va solo caminan aquellos que se encuentran en un plano superior. Van recorriendo el camino celestial y son esos brillantes puntos que por la noche van señalando el camino para que seamos capaces de poder llegar, en la oscuridad, hasta el campo de las estrellas.

Desde que Felisa se marchó, los peregrinos nos senti­mos un poco huérfanos, porque se nos ha ido la bondad que nos abría las puertas de la capital riojana.

Pero no se ha marchado del todo. Siempre nos quedará su higuera que ahora cuidan su hija y su nieta que también llevan su nombre. Han sabido empaparse de su generosidad y tratan que su memoria no se pierda en el camino, aunque no hace falta que se esfuercen mucho ya que el camino nun­ca olvida a los hijos que se desvivieron para que fuera ese lugar mágico que personas como Felisa han sabido conver­tir.

Cuando pases junto a su higuera, detente unos minutos y sentirás esa presencia que, desde donde se encuentre Feli­sa, sigue impregnando a los peregrinos y estos aún siguen recibiendo el agua y los higos que ella supo ofrecer con tan­to amor.