almeida – de julio de 2016.

María se había ido al camino porque se encontraba en un momento de su vida en el que necesitaba pensar y poner en orden ciertas ideas y pensó que unos días en la soledad que en ocasiones ofrece el camino le vendría muy bien para el propósito que tenía.

            Había comenzado a caminar en León y era su primer contacto con esta ruta, por ello y por su interés en observar y asimilar todas las cosas nuevas, cada jornada que estaba caminando le resultaba muy enriquecedora y sobre todo positiva.

            Era una mujer atractiva, por lo que en casi todas las etapas había a su alrededor varios peregrinos que buscaban algo más que compañía, a ella le gustaba sentirse admirada, pero le estaba resultando un tanto agobiante.

            Cuando en una de las etapas coincidió con Andrés y Luisa, se sintió bastante aliviada y se unió a ellos. Estos veteranos peregrinos contaban cerca de ochenta años y varios caminos a sus espaldas, eran unos adorables veteranos con los que María podía conocer muchas cosas nuevas y sobre todo no sentiría tanto el acoso al que se había visto sometida de forma involuntaria algunos días.

            Cada jornada con ellos resultaba especial ya que Andrés más que un compañero peregrino en ocasiones ejercía de padre y en algunas ocasiones hasta consideraba que la mimaba en exceso y así se lo dijo.

            -Es que te ha estado observando algunos días y pensaba que estabas un poco agobiada – dijo Luisa.

            -Pues no sabéis lo que os lo agradezco – comentó Maria – es un placer caminar de forma distendida con vosotros.

            -El placer es nuestro – aseguró Andrés – nos agrada mucho tu compañía.

            Cada día, Andrés la iba poniendo al corriente de lo que iban a ver y cuando no le decía nada y pasaban por algún edificio o un monumento importante de la ruta, con mucha paciencia Andrés le iba contando todos los detalles que él conocía de lo que estaban viendo.

            Era muy satisfactorio lo que estaba experimentando la peregrina y sobre todo se encontraba con una protección que no esperaba encontrar en el camino. Todos los días cuando llegaban al albergue, mientras Luisa hacía la colada de la ropa que había utilizado, Andrés se encargaba de preparar algo para comer.

            Pero había algo que extrañaba a María de sus nuevos compañeros, Luisa cada vez que se duchaba, se ponía un hábito morado con el que permanecía toda la tarde. La primera vez que María lo vio, pensó que se trataba de una prenda cómoda con la que se encontraba a gusto, pero al darse cuenta que siempre era la misma se extrañó y cuando tuvo suficiente confianza con ella, un día que caminaban juntas se atrevió a preguntárselo.

            -He observado que todas las tardes te pones la misma túnica morada, no utilizas otra prenda y me ha extrañado – dijo María.

            -Ese es mi hábito de peregrina – le respondió Luisa – para nosotros el camino es como una penitencia y creo que ese hábito es el más propio para cuando nos encontramos descansando, siempre lo he llevado en todos nuestros caminos.

            -¿Una penitencia? – murmuró María.

            -Si es una promesa que Andrés y yo nos hicimos ciando murió nuestro hijo, ante sus restos, prometimos que todos los años recorreríamos en penitencia el Camino de Santiago.

            -No sabía – susurró María – y tampoco pretendía que ….

            -Me lo imagino, no tenías por qué saberlo y tampoco pasa nada, aunque estas cosas nunca llegan a superarse, ya lo tenemos asumido y lo aceptamos con resignación.

            -Tiene que ser muy doloroso perder a un hijo – dijo María mientras se acordaba del suyo que le esperaba en casa.

            -Es desgarrador, parece que te extraen algo del cuerpo y no quieres ni sabes cómo asumirlo. Nuestro hijo era camionero y tuvo un accidente en el que falleció. Es muy triste pero por su memoria y por su recuerdo debemos seguir adelante y en el Camino hemos aprendido a llevar mejor nuestra carga.

            -¿Y cómo puede aliviarles el camino? – preguntó María.

            -Verás, además de peregrinos, somos hospitaleros en los albergues que hay en el camino. Como estamos jubilados, cuando no nos encontramos caminando, ofrecemos nuestro trabajo en estos lugares y resulta muy gratificante ya que cada vez que recibimos y atendemos a un peregrino es como si estuviéramos atendiendo a nuestro hijo – dijo Luisa dejando caer alguna lágrima.

            -O sea que los que nos atienden en los albergues son personas que lo hacen de una forma desinteresada – se interesó María – parece algo interesante.

            -Así es, pero no todos los albergues están atendidos por voluntarios, en los que estamos parando desde que vienes con nosotros sí, pero hay otros que son negocios o los gestionan personas contratadas por las instituciones que los han instalado.

            Aquella faceta del camino no la conocía María y desde ese momento observó con más atención la labor y los servicios que daban estas personas en los albergues en los que se detenían a descansar.

            Cuando llegaron a Santiago se despidieron con un emotivo abrazo, María aún continuaría caminando unos días más hasta el final de la tierra y allí daría por finalizado su camino.

            Cuando regresó a casa, pensó mucho en todo lo positivo que había obtenido en el camino, en los lugares nuevos que había descubierto y sobre todo en la gente que había conocido, pensó que había sido una idea excelente hacer este camino que le había ayudado tanto.

            Pero en muchas ocasiones también pensó en la labor que tanto reconfortaba a Luisa y cuando tuvo conocimiento de un cursillo de hospitaleros voluntarios se apuntó a el, también quería experimentar esa sensación que se tiene cuando se recibe a un peregrino.

            Cuando María estaba al cargo de un albergue en la meseta castellana, recordaba muchas veces a Luisa, ya que todo cuanto le había dicho la veterana peregrina y hospitalera lo estaba percibiendo de forma muy directa con los peregrinos que acogía en su albergue.

            Un día se encontraba caminando hasta que llegara la hora de abrir el albergue y vio a lo lejos un grupo de cinco peregrinos. Se fue acercando hacía ellos y cuando se encontraba a unos metros, no se lo podía creer, entre ellos estaban Andrés y Luisa a quienes después de darles un sentido abrazo les acompañó hasta su albergue para darles esa hospitalidad con la que ellos la acogieron cuando estaba caminando.

            Esa tarde Luisa también se puso su hábito morado y compartió toda la tarde con María recordando los días que caminaron juntos y sobre todo hablando de la hospitalidad, de esa que por fin había podido ofrecer a una persona que se la merecía casi más que nadie.