almeida – 19 de Julio de 2015.

2015 06 07Tabara329

            A Eva le gustaba sentir la llamada del Camino, sabía que siempre llegaba cuando más lo necesitaba y no podía ni quería decir que no y cuando esto ocurría porque era algo a lo que ya se había ido acostumbrando, representaba para ella esa válvula de escape tan necesaria.

            La última vez que había acudido a la llamada que el Camino le hacía, como siempre, disfrutó plenamente cada uno de los días que estuvo recorriéndolo, aunque en esa ocasión le quedó un poso agridulce porque no había podido llegar hasta Santiago y presentar sus respetos al apóstol.

            Era consciente que el Camino representa algo más que llegar, es todo lo que cada día se va percibiendo de esta mágica ruta, pero ese abrazo le había dejado un pequeño vacío en su interior que deseaba llenar cuanto antes.

            Cuando por fin iba a llegar la fecha en la que en compañía de su inseparable hermana Sara recorrería de nuevo este sendero tan especial, algo inesperado hizo que tuviera que alterar sus planes y tuvo que posponer la partida, aunque cuando se depende de más personas, luego resulta complicado compaginar las fechas, pero cuando pudieron disponer de unos días no se lo pensaron y se fueron hasta León que era donde habían finalizado el año anterior.

            Disponían tan solo de diez días a los que restando los dos de viaje, les quedaban solo en ocho jornadas en las que resultaría casi imposible que pudieran completar su peregrinación y si lo hacían les iba a suponer un esfuerzo considerable con jornadas muy largas y sobre todo muy exigentes, porque la orografía en esa parte del Camino resulta siempre más complicada que en otros tramos más suaves.

            Eva caminaba siempre por delante, le gustaba y estaba acostumbrada a hacerlo de esa manera y de vez en cuando se giraba para ver por donde se encontraba su hermana y cuando quería caminar un rato junto a ella o simplemente descansar, la esperaba en cualquier cruce de caminos sentada sobre una piedra y eran esos momentos en los que compartía con ella algunas sensaciones que estaba teniendo.

            Pero Eva sabía que para poder percibir todo lo que el Camino le está aportando, lo mejor es caminar en solitario, en la compañía de uno mismo porque esa es la forma de ir conociéndote un poco mejor y sobre todo, para tener el poso suficiente para ir encontrando todas esas respuestas que nos vamos haciendo a cada instante.

            Se había acostumbrado a caminar de esta forma y nunca se había sentido sola porque de vez en cuando hablaba sobre esas cosas que necesitaba sacar de su interior y cuando algo la divertía se reía como si tratara de contagiar e infundir su ánimo a esa sombra que nunca se separaba de ella.

            Como tenían que hacer distancias muy largas para poder llegar en la fecha prevista, todas las mañanas se levantaban muy pronto y comenzaban a caminar las primeras. Era la única forma de poder llegar y que ese poso que el año anterior les quedó, no volviera a hacer acto de presencia.

            Casi no había amanecido y Eva se disponía a abandonar la calle de aquel pueblo cuando vio una sombra delante de ella y según se acercaba, los gruñidos de un enorme perro la hicieron detenerse en el acto. Tenía la sensación que se le había helado la sangre y no podía moverse, se había quedado petrificada ante aquella amenaza y no sabía cómo reaccionar porque temía que cualquier movimiento que realizara, el perro lo tomara como un gesto de amenaza y se abalanzara sobre ella.

            Solo se le ocurrió pedir al Camino que la ayudara, como ocurrió en aquella ocasión en la que no podía seguir y se encomendó a quien pudiera echarle una mano, en ésta hizo lo mismo y cerró los ojos para ver si la providencia hacía algo por ella ya que tampoco confiaba mucho en la ayuda que pudiera prestarle su hermana que venía por detrás y también se iba a asustar ante aquella amenaza.

            Los peregrinos solemos decir en esos momentos de dificultad, que Santi siempre provee, es la fe que tenemos depositada en aquél al que esperamos encontrar cuando lleguemos a nuestro destino y curiosamente, generalmente suele ocurrir algo inesperado que nos saca de la situación comprometida en la que nos encontramos.

            En esta ocasión la providencia hizo que en aquel momento llegara Ching, un joven coreano que sabía cómo tratar a los animales y fue haciendo que el animal se apartara de la calle y la dejara expedita para que los peregrinos pasaran sin ningún contratiempo.

            Caminaron con el joven durante unos kilómetros, fue abriendo la marcha para garantizar que no volverían a encontrarse con ninguna otra sorpresa, pero el peregrino deseaba empaparse de la cultura de este país tan diferente al suyo y en Astorga dejó a las dos hermanas que siguieran su camino mientras él contemplaba la bonita población.

            Antes de despedirse, Eva en agradecimiento por aquel sencillo, pero para ella heroico gesto, quiso dejarle un recuerdo y le entregó un pin con la cruz de Santiago y se despidieron con un sentido abrazo.

            Los siguientes kilómetros, la mente de Eva fue analizando aquella aparición que había surgido cuando menos se lo esperaba y ratificó su creencia de esas cosas que suele aportarnos el camino cuando más las necesitamos y sin darse cuenta se percató que el joven coreano se encontraba de nuevo caminando a su lado. Fue una extraña aparición porque ella no había sentido que se acercara, pero le agradó.

            Según iban llegando a las poblaciones que ascienden hasta el Irago, el joven aparecía y desaparecía del lado de Eva hasta tal punto que había ocasiones en las que ella no le veía, pero sentía su presencia a su lado. Era aquella sensación que había tenido años antes cuando sabía que alguien caminaba a su lado a pesar que se encontraba sola.

            Dejó que la mente se quedara completamente limpia para tratar de ver con claridad si lo que le estaba ocurriendo era algo real o solo se trataba de un sueño producto de su imaginación. Pero al final se dio cuenta que poco importaba que fuera de una manera o de otra porque en su mente siempre quedaría el recuerdo de ese ángel del camino que apareció en el momento que ella más lo necesitaba, para Eva era tan real que parecía uno de esos sueños que has tenido y lo estás viviendo y esas son las cosas que se van quedando de cada camino y lo convierten en especial.

            Cuando estaban llegando al mágico lugar que un día Gaucelmo convirtió en un oasis para los peregrinos vio que a lo lejos se encontraba su ángel mirando hacia donde ella estaba y con la mano levantada, saludó a la peregrina, era un saludo que parecía una despedida y Eva levantó su mano despidiéndose también de quien el Camino había puesto providencialmente a su lado.

            Sabía que no le iba a volver a ver, pero no le importaba porque estaba convencida que más adelante habría otros peregrinos que seguramente necesitarían la aparición de este ángel del Camino como a ella le había ocurrido en las primeras horas de esa mañana.

            El esfuerzo tan importante que estaban haciendo acabó por pasar factura y su hermana comenzó a sentir molestias en su rodilla y tuvieron que ralentizar el ritmo que llevaban lo que suponía un contratiempo o al menos eso fue lo que a Eva le pareció, aunque más adelante se daría cuenta que nada ocurre por casualidad y aquel contratiempo era algo que les iba a permitir disfrutar de alguna manera muy especial lo que les quedaba del Camino.

            Por vez primera desde que recorría aquel sendero pudo disfrutar de la Cruz de Ferro como nunca antes lo había podido hacer. Este emblemático lugar del Camino siempre se encuentra lleno de peregrinos que se detienen en el túmulo de piedras sin importarles el tiempo que permanecen allí, pero en esta ocasión, Eva y Sara pudieron disfrutar en solitario de la magia que emana en aquel lugar.

            Dejó vagar a su mente para que se imaginara como los espíritus de druidas y ermitaños le daban la bienvenida y la hacían sentir que no se encontraba sola, que estaba acompañada de todos los que habían dejado allí parte de ellos mismos. Se encontraba tan a gusto que se había olvidado de las prisas y de llegar, no podía perderse aquellas sensaciones que estaba recibiendo, resultaría ingrato por su parte no haber disfrutado de todas y cada una de ellas.

            Pero este Camino, la iba a aportar muchas más sensaciones que difícilmente iba a poder asimilar en los pocos días que iba a estar recorriéndolo, pero que estaba convencida que jamás podría llegar a olvidar.

            La ascensión a la cumbre del Cebrero resultó mágica. La espesa niebla que estaba invadiendo parte del Camino la estaba permitiendo sentir la presencia de esas hadas y meigas que pululan por los rincones más inverosímiles y percibía cómo a cada paso que estaba dando para llegar a la cima la iban acompañando en aquel duro ascenso. Hasta cada flecha que veía le estaba resultando distinta a las demás que había visto antes, eran más artísticas y especiales como si una mano divina se hubiera encargado de pintarlas haciendo que tuvieran un halo especial para ella.

            Al llegar a la cumbre, la presencia de quien tanto había hecho por el Camino estuvo más presente que nunca y allí en la pequeña capilla, la peregrina se arrodilló y agradeció los desvelos de quienes con humildad consiguen llegar a ser los más grandes.

            Nunca antes aquella pequeña y perdida aldea había resultado tan hermosa para Eva y sobre todo, tan especial, tanto que hubiera permanecido en aquel lugar el resto de los días que la quedaban de Camino, porque allí el Camino no solo se siente, se va viviendo en cada una de las piedras y en cada árbol que allí se encuentran. Pensó que no hay un lugar que encierre tanta magia como aquel pequeño rincón en todo el Camino.

            Las sensaciones que Eva estaba teniendo, de nuevo le permitieron ver la grandeza de este Camino siempre tan igual, pero a la vez tan distinto y quiso guardar cada una de ellas porque estaba convencida que ya no las volvería a sentir de aquella manera.

            Fueron jornadas largas y difíciles, pero en cada uno de los pasos que fue dando hasta su destino iba empapándose de todo lo que aquel Camino tan especial le tenía reservado y no quiso desaprovechar ni uno solo de los momentos que estuviera sobre él.

            Por fin tenía a su alcance esa meta soñada con la que sueñan todos los peregrinos, aunque para Eva, Compostela se había convertido en ese lugar especial en el que va a encontrarse con alguien a quien aprecia de una forma especial y solo desea estar ante él para agradecer lo que le ha aportado desde la última vez que estuvieron juntos.

            De rodillas, trató de repasar mentalmente todo lo que ese camino le había aportado y la había enriquecido y sobre todo, deseaba agradecer todas las cosas que había recibido desde la última vez que estuvo en aquel lugar.

            Son esos momentos personales y muy íntimos en los que sobran las palabras y vas dejando que sea la mente la que vaya permitiendo que fluya todo lo que tienes en tu interior para que esa energía se quede allí, que impregne cada una de las piedras de la vieja catedral y empape a los que vienen por detrás.

            Cuando abandonas aquel templo, los peregrinos como Eva, no se despiden nunca de este lugar porque son conscientes que pronto habrá una nueva llamada del Camino a la que la mente peregrina no puede ni quiere decir que no a ese nuevo encuentro.