almeida – 16 de abril dde 2014.

Cuando llegué a Santuario el Maestro no se encontraba allí, me extrañó ya que en pocas ocasiones abandonaba aquel lugar, pero el hospitalero me dijo que había ido al pueblo de al lado para realizar algunas gestiones y que no tardaría mucho en regresar.

Cuando le vi aparecer por la calle, el Maestro me sonrió al verme y nos fundimos en un abrazo, pero detecté que había estado llorando, no era nada extraño pues se emocionaba fácilmente.

Pensé que había ocurrido alguna desgracia que le había afectado personalmente y no me atreví a preguntar, solo cuando nos encontrábamos en la mesa comiendo, nos dijo que acababa de ocurrirle algo maravilloso.

Nos contó una historia que había ocurrido casi un año antes en Santuario, era una de las más hermosas que podía recordar.

Un joven matrimonio llegó haciendo el camino. Sin saber porque, se detuvieron allí, iban sin rumbo fijo y no habían preparado ninguna planificación como hacían la mayoría de los peregrinos.

Marta y Juan parecían muy alegres, se les veía felices, al menos esa era la sensación que al Maestro le dio nada más verlos y raramente se equivocaba en los diagnósticos que hacía.

Como era su costumbre, se interesó por el estado en el que habían llegado los nuevos peregrinos y al ver que se encontraban bien, les acomodó en el cuarto destinado para el descanso de los peregrinos.

Cuando hubieron descansado, por la tarde, se acercó a ellos cuando se encontraban en el patio a la sombra de un árbol, hablaron de una y mil cosas y cuando rompieron el hielo inicial que siempre surge entre las personas que no se han visto nunca, el Maestro se interesó por el motivo que les había llevado a hacer aquel camino.

Juan manifestó que era una ilusión que los dos tenían desde que se conocieron, no había un motivo concreto, sino por todo lo que encierra el camino, del cual habían recibido muchas referencias por todos los lados, fue lo que les animó a dar el paso decisivo y ponerse en camino.

Marta interrumpió a su compañero diciendo que eso no era del todo verdad, había un motivo muy especial pero a Juan le daba algo de vergüenza reconocerlo porque había algunas cosas en las que todavía se mostraba un tanto incrédulo.

Era una pareja muy feliz, lo tenían casi todo en la vida, se querían, tenían un buen trabajo que llenaba gran parte de sus vidas. Ella era maestra en un colegio de enseñanza primaria en Cataluña y él era profesor de historia en un instituto, su posición era muy buena ya que además de trabajar en lo que les gustaba tenían una posición económica holgada; pero les faltaba lo que más deseaban. Llevaban varios años tratando de tener descendencia y todos los intentos habían sido inútiles. No habían querido ir al médico para averiguar el problema por el que ella no podía concebir un hijo, aunque sabían que había métodos y nuevas técnicas que podían ayudarles, pensaban que si les decían que el problema era por uno de ellos, eso podía separarles porque aunque nunca hubiera ningún reproche, siempre quedaría la duda de si el otro lo estaba pensando.

Marta soñaba con ese milagro que la hiciera quedarse embarazada y en alguna ocasión habló de ello con sus amigas más intimas. Una de ellas le dijo que los milagros ya no se producían, que el único lugar que conocía donde se producían cosas milagrosas era en el Camino. Como Marta era muy creyente, se fue obsesionando con esta idea, fue convenciendo a Juan para recorrer juntos ese camino y si no se producía ninguna novedad, siempre tenían la opción de recurrir a la adopción.

El Maestro les dijo que la esperanza era lo último que se perdía y que el Camino no hace milagros, pero hay ocasiones en las que las cosas se ven de una forma diferente, tanto que llegan a parecer hasta milagrosas.

Les habló de la caja de los deseos, donde los peregrinos dejan sus notas para que quienes vienen detrás las lean mientras quien ha dejado escrito su deseo se encuentra caminando hasta llegar a Santiago.

A Marta le pareció una idea excelente y se puso en una mesa para escribir su nota, ese deseo que la había llevado al Camino y la había conducido hasta allí.

Al cabo de unos minutos regresó y extendiendo la mano, mostró una nota al Maestro, era su deseo, quería que él lo leyera esa noche antes de que ellos abandonaran Santuario.

“El camino nos está aportando muchas cosas, espero que su magia nos proporcione esa alegría que falta en nuestras vidas, ese hijo al que poder volcar todo el amor que llevamos dentro y, si no es así, que nos ayude a encontrar ese ser especial que en alguna parte se encuentra esperándonos”

El Maestro se emocionó al leer aquella nota, le parecía cargada de bondad y de humildad. Les dijo que esa noche en lugar de que ellos leyeran otro deseo de algún peregrino que hubiera pasado por allí, cada uno leyera esa nota que Marta había escrito, comenzaría Juan y luego daría paso al resto de los peregrinos y por último Marta sería la que cerrara este momento leyendo su nota.

Cuando ellos se marcharan, haría una excepción y hasta que llegaran a Santiago, sería él quien cerraría el momento de la oración leyendo aquella nota. Esperaba que algún día el deseo que habían dejado escrito lo vieran cumplido.

Cuando Marta comenzó a leer, ponía tanto entusiasmo en cada una de las palabras que decía, que consiguió emocionar a todos los que se encontraban en la pequeña capilla. Cuando terminó, comenzó a sollozar contagiando a Juan, al Maestro y a la mayoría de los que allí se encontraban,

Como todas las mañanas, el Maestro se encontraba en la puerta de Santuario abrazando a todos los que reanudaban el camino, siempre les daba un sentido abrazo, pero ese día el abrazo fue muy especial para Juan y para Marta.

Seis meses después sonó el teléfono, cuando la interlocutora se identificó, el maestro la reconoció al momento, era una voz muy calida que aún recordaba de aquel momento en el que leyó su nota.

Marta le dijo que le llamaba para darle una buena noticia, se había producido el milagro y estaba embarazada, quería que él fuera la primera persona que conociera la noticia porque ella y Juan pensaban que había tenido mucho que ver en aquel acontecimiento.

El Maestro se emocionó y también se ruborizó un poco, apenas podía hablar ya que se le había formado un nudo en la garganta que le impedía hablar con claridad. Les dio la enhorabuena y les bendijo ya que la fe que habían tenido les había ayudado a conseguir lo que tanto añoraban.

Casi un año después volvió a tener noticias de la joven pareja, habían tenido una niña, una preciosa criatura que ahora llenaba cada uno de los minutos de sus días. Un día cuando fuera algo mayor, se la llevarían hasta Santuario para que la conociera.

Juan le pidió al maestro un número de cuenta, quería hacer una aportación económica para el mantenimiento de Santuario, pero el Maestro se negó, le respondió que no tenía que hacer nada pues había hecho con ellos lo que cualquiera haría y lo que habitualmente se hace con cada uno de los peregrinos que llegan a Santuario y necesitan ayuda.

Esa mañana, cuando yo llegué, el Maestro había pasado por correos y había una carta de Juan y de Marta, dentro, además de darle las gracias por todo, había un talón nominativo. Los jóvenes decían en su nota que querían que ese importe se destinase para que en la capilla de Santuario no faltaran nunca velas en esos momentos tan especiales que se celebraban cada noche.

El Maestro les llamó por teléfono para agradecer su detalle y le pusieron al teléfono a la pequeña que apenas contaba veinte días. La criatura rompió a llorar y contagió al Maestro que también lloró de una forma desconsolada y como no podía hablar colgó el teléfono. La media hora larga que estuvo caminando para regresar a Santuario, se la pasó llorando y por eso le vimos con los ojos entumecidos.